Tarija vuelve a encender las alarmas cada temporada seca. Año tras año, los incendios forestales dejan de ser una amenaza lejana para convertirse en una realidad que golpea comunidades enteras, arrasa con cultivos, pone en riesgo viviendas y, en los casos más graves, cobra vidas. Frente a este panorama repetido, ya no basta con reaccionar cuando el fuego está fuera de control: es momento de invertir de manera sostenida en prevención y educación ciudadana, tanto en la ciudad como en el campo.
La experiencia de las últimas temporadas ha dejado una lección clara: buena parte de los incendios que devastan el departamento no son producto del azar, sino de prácticas humanas que podrían evitarse. Las quemas de pastizales para renovar la tierra, una costumbre arraigada en varias comunidades rurales, la quema de basura sin control y los descuidos en zonas de vegetación seca figuran entre las principales causas que los propios equipos de emergencia han identificado en el terreno. Erradicar estos hábitos exige mucho más que un comunicado de alerta cuando ya arden las colinas.
La concientización debe llegar a dos públicos con realidades distintas. En el área rural, donde la quema de terrenos forma parte de tradiciones productivas heredadas por generaciones, el trabajo educativo debe ofrecer alternativas concretas y viables, no solo prohibiciones. En la zona urbana, en cambio, la tarea pasa por sensibilizar sobre la responsabilidad colectiva frente al fuego: desde una fogata mal apagada hasta una colilla arrojada en un descampado pueden desatar una tragedia.
El costo de no actuar es alto y se mide en algo más que hectáreas quemadas. Cada incendio forestal representa cultivos perdidos, ganado afectado y familias enteras que ven comprometido su sustento agropecuario, columna vertebral de la economía tarijeña. A eso se suma el riesgo directo para comunidades que, en más de una ocasión, han tenido que evacuar viviendas ante el avance de las llamas.
Prevenir cuesta menos que apagar. Las instituciones departamentales, municipales y educativas tienen ante sí la responsabilidad de sostener campañas de concientización durante todo el año, no solo cuando la sequía ya golpea. Solo así Tarija podrá romper el ciclo que, temporada tras temporada, pone en jaque su seguridad, su producción y su gente.
