Tarija enfrenta un problema que durante años fue creciendo casi en silencio y que hoy resulta imposible ignorar: su sistema de circulación vehicular ya no responde a las dimensiones, características y necesidades de una ciudad cuyo parque automotor se ha multiplicado de manera considerable.
El problema se hace particularmente evidente en el casco histórico, donde la propia configuración urbana impone limitaciones difíciles de superar. Las calles angostas, las cuadras cortas y una estructura heredada de la época colonial fueron concebidas para una ciudad completamente distinta a la actual. Pretender que ese mismo entramado soporte, en determinadas horas, el volumen de vehículos que circula por sus calles es una fórmula que inevitablemente conduce a la congestión.
Durante los horarios pico, desplazarse por el centro puede convertirse en una prueba de paciencia. Vehículos particulares, transporte público, motocicletas, taxis, vehículos de carga y unidades destinadas a servicios diversos terminan compitiendo por espacios reducidos. Las intersecciones se saturan, las filas se extienden y cualquier inconveniente puede provocar un efecto dominó que termina afectando varias cuadras.
Pero el problema no pertenece exclusivamente al centro de Tarija. Las principales avenidas también muestran señales de agotamiento. Varios de sus accesos y salidas han quedado pequeños frente al crecimiento urbano y al aumento sostenido del número de vehículos. Lo que antes funcionaba con relativa normalidad hoy comienza a mostrar dificultades para absorber el flujo de circulación, particularmente en las horas de entrada y salida de los establecimientos educativos, oficinas y centros comerciales.
Frente a esta realidad, la discusión no debería limitarse a la necesidad de construir más calles o ampliar avenidas. Tarija necesita pensar su movilidad de una manera diferente. Una ciudad con una importante riqueza patrimonial y con un centro histórico que debe ser preservado no puede resolver sus problemas de tráfico únicamente mediante la apertura de nuevos espacios para los automóviles.
Se requiere una política integral de movilidad urbana que determine, con criterios técnicos, qué calles deben tener circulación en uno u otro sentido, dónde corresponde restringir estacionamientos, cuáles deben ser las vías de mayor capacidad y cómo debe organizarse el transporte público. También resulta necesario revisar la circulación de vehículos pesados, establecer horarios de carga y descarga y analizar mecanismos que permitan descongestionar las zonas más críticas.
El transporte público debe formar parte central de esta discusión. Mientras desplazarse en un vehículo particular continúe siendo, para muchos ciudadanos, la alternativa más práctica, el crecimiento del parque automotor seguirá presionando una infraestructura que tiene límites físicos evidentes. Un sistema público eficiente, ordenado, seguro y previsible puede convertirse en una de las principales herramientas para reducir esa presión.
También corresponde considerar la movilidad peatonal y ciclista. Recuperar espacios para caminar, mejorar las aceras y generar condiciones seguras para otros medios de transporte no significa estar en contra del automóvil. Significa reconocer que una ciudad moderna debe ofrecer diferentes alternativas para desplazarse.
Tarija todavía está a tiempo de evitar que la congestión alcance niveles mucho más difíciles de revertir. Pero para ello hace falta dejar de actuar únicamente cuando aparece un punto conflictivo. Se necesita un diagnóstico completo del tráfico, información actualizada sobre los flujos vehiculares y una planificación que contemple el crecimiento de la ciudad para los próximos años.
Ordenar el tráfico tampoco puede convertirse en una sucesión de medidas aisladas, cambiando sentidos de circulación en determinadas calles o instalando restricciones sin una visión de conjunto. Cada decisión debe formar parte de un plan integral, acompañado por señalización adecuada, educación vial, fiscalización y evaluación permanente de sus resultados.
El centro histórico de Tarija merece especial atención. Su patrimonio urbano no puede ser sacrificado para darle más espacio al automóvil, pero tampoco puede quedar condenado a la congestión permanente. El desafío consiste precisamente en encontrar un equilibrio entre conservación, actividad comercial, movilidad y calidad de vida.
La ciudad ha cambiado y seguirá cambiando. El problema es que su sistema de movilidad no puede permanecer detenido en el pasado. Las autoridades municipales tienen ante sí la responsabilidad de anticiparse a un escenario en el que cada año habrá más vehículos y mayores demandas de circulación.
Tarija necesita discutir seriamente cómo quiere moverse. No se trata solamente de hacer que los vehículos circulen más rápido, sino de conseguir que las personas puedan trasladarse de manera eficiente, segura y ordenada.
La congestión que hoy parece una molestia cotidiana puede convertirse mañana en uno de los principales obstáculos para el desarrollo urbano.
