Un nuevo hecho de sangre vuelve a encender las alarmas en Tarija. Un joven de 28 años fue víctima de un disparo en la cabeza mientras se encontraba en plena vía pública, en un sector céntrico de esta capital. Las circunstancias que rodean el hecho todavía son materia de investigación y, por el momento, no existe una explicación oficial que permita establecer con certeza las causas ni los responsables.
Sin embargo, más allá de los detalles del caso, existe una preocupación que trasciende a la propia investigación policial: la aparición cada vez más frecuente de hechos violentos que durante mucho tiempo parecían ajenos a la realidad cotidiana de Tarija.
La hipótesis de un posible ajuste de cuentas deberá ser esclarecida por las autoridades competentes. No corresponde adelantar conclusiones ni convertir una sospecha en una verdad. Pero sí corresponde preguntarse qué está ocurriendo en una ciudad que históricamente construyó buena parte de su identidad alrededor de la tranquilidad, la convivencia y una particular forma de entender el buen vivir.
Tarija no puede comenzar a normalizar escenas de violencia que antes provocaban conmoción precisamente porque eran excepcionales. Un disparo en plena calle, y particularmente en un sector céntrico, no es solamente un hecho policial. Es también una señal que debe ser observada con seriedad por quienes tienen la responsabilidad de garantizar la seguridad de la población.
La respuesta no puede limitarse a actuar después de que ocurre una tragedia. Se necesita un análisis profundo de las causas que están favoreciendo la aparición de estos episodios, identificar si existen organizaciones dedicadas a actividades ilícitas, determinar cómo están operando y establecer qué mecanismos de prevención están fallando.
También resulta indispensable fortalecer la coordinación entre la Policía, la Fiscalía, las autoridades municipales y departamentales, además de otras instituciones vinculadas a la seguridad ciudadana. La investigación de cada caso debe llegar hasta sus últimas consecuencias y evitar que los responsables encuentren espacios de impunidad.
Tarija todavía está a tiempo de impedir que la violencia se convierta en parte de su paisaje cotidiano. Para ello se requiere información, prevención, inteligencia policial, presencia efectiva del Estado y, sobre todo, una decisión firme de no permitir que la inseguridad avance silenciosamente.
La muerte de un joven de 28 años en circunstancias violentas debería servir como una llamada de atención. No esperemos a que los casos se multipliquen para reaccionar.
La tranquilidad de Tarija no puede darse por garantizada. Es un patrimonio colectivo que debe ser protegido. Y las autoridades tienen la obligación de actuar ahora, antes de que sea demasiado tarde.
