El valle central de Tarija vuelve a enfrentar una época de especial vulnerabilidad frente a los incendios forestales. La vegetación seca, las condiciones propias de la temporada y la presencia de vientos pueden convertir un pequeño foco de calor en un incendio de grandes proporciones. La experiencia reciente debería ser suficiente para comprender que el fuego no concede segundas oportunidades.
Los incendios que han afectado al departamento dejaron daños ambientales, económicos y sociales que no desaparecen cuando las llamas son finalmente controladas. Se pierden áreas de vegetación, se afecta la fauna, se deterioran los suelos y se pone en riesgo la producción agrícola, los viñedos, las viviendas y, sobre todo, la seguridad de las familias que viven en las zonas próximas a los lugares afectados.
Por eso, la principal tarea debe comenzar antes de que aparezca el humo. No se puede esperar que los bomberos, voluntarios y equipos de emergencia actúen cuando el incendio ya ha adquirido grandes dimensiones. Cada foco de calor debe ser considerado una señal de alerta y atendido con rapidez. En materia de incendios, el tiempo es determinante.
La población tiene un papel fundamental. Es necesario evitar la quema de basura, no dejar fogatas encendidas, extremar las precauciones al realizar actividades en áreas rurales y abstenerse de iniciar quemas agrícolas en condiciones de viento o extrema sequedad. Una chispa, una brasa mal apagada o una práctica realizada sin las medidas necesarias puede desencadenar consecuencias que después resultan imposibles de controlar.
También corresponde a las autoridades fortalecer la vigilancia y el monitoreo de las zonas de mayor riesgo. El uso de tecnología, drones, sistemas de detección de focos de calor y puestos estratégicos de observación puede permitir que una emergencia sea identificada en sus primeras etapas. En Tarija ya se plantearon propuestas para incorporar herramientas de este tipo como parte de una estrategia permanente de prevención. (El País Tarija)
La prevención tampoco puede limitarse a los meses de mayor peligro. Debe existir una política sostenida de educación ambiental, mantenimiento de cortafuegos, limpieza de sectores vulnerables, capacitación de comunidades y coordinación entre municipios, Gobernación, bomberos, organizaciones rurales y ciudadanía.
Pero prevenir también significa denunciar. Ante la presencia de humo, fuego o una actividad que pueda representar peligro, la reacción debe ser inmediata. Guardar silencio frente a una conducta irresponsable puede terminar perjudicando a toda una comunidad.
Tarija tiene en su valle central uno de sus principales patrimonios naturales, productivos y turísticos. Protegerlo no es únicamente una obligación de las instituciones públicas: es una responsabilidad colectiva.
No debemos acostumbrarnos a ver el cielo cubierto de humo para recién recordar que el fuego destruye en horas aquello que la naturaleza tardó décadas en construir. La verdadera batalla contra los incendios se gana cuando todavía no existe incendio.
