Bolivia enfrenta una amenaza silenciosa pero potencialmente devastadora: el resurgimiento del sarampión. Una enfermedad que alguna vez estuvo al borde de la erradicación, hoy vuelve a encender las alarmas en el sistema de salud nacional. Esta situación, que podría parecer menor frente a otros desafíos sanitarios o políticos, tiene implicaciones graves para la salud pública y el bienestar de la población, especialmente de los sectores más vulnerables.
El sarampión no es una enfermedad inocente. Es altamente contagiosa, puede propagarse rápidamente en comunidades con baja cobertura de vacunación y, en muchos casos, causa complicaciones severas como neumonía, encefalitis o incluso la muerte. Los niños menores de cinco años y las personas con sistemas inmunológicos debilitados son particularmente susceptibles. En un país como Bolivia, donde muchas comunidades rurales y periurbanas aún enfrentan barreras de acceso a servicios médicos básicos, un brote puede tomar proporciones catastróficas.
Uno de los principales factores que agravan este riesgo es la disminución en las tasas de vacunación. Las interrupciones causadas por la pandemia de COVID-19, el aumento de la desinformación sobre las vacunas y la desconfianza hacia el sistema de salud han generado un caldo de cultivo perfecto para el retorno de enfermedades prevenibles. La cobertura vacunal contra el sarampión, que debería superar el 95% para garantizar inmunidad colectiva, ha caído peligrosamente en varias regiones del país.
Las consecuencias de una epidemia de sarampión no se limitan a lo sanitario. También afectan la economía —por el aumento en la demanda de servicios hospitalarios, ausentismo laboral y escolar— y generan una crisis de confianza en las instituciones públicas. Además, exponen la fragilidad del sistema de salud boliviano, que ya lidia con carencias estructurales, escasez de personal capacitado y recursos limitados.
Frente a esta amenaza, es imprescindible actuar con responsabilidad y urgencia. El Estado debe redoblar esfuerzos para asegurar campañas de vacunación eficaces, con estrategias de comunicación que combatan la desinformación y lleguen a las poblaciones más alejadas. Las autoridades locales, los medios de comunicación y la sociedad civil también tienen un papel crucial en la promoción de una cultura de prevención y cuidado.
Permitir el resurgimiento del sarampión sería un retroceso inaceptable para la salud pública en Bolivia. La historia ya nos enseñó que la prevención, en salud, es siempre más eficaz y menos costosa que la reacción tardía.
