El descenso de la tasa de natalidad en Bolivia ya no es una percepción ni una advertencia aislada de los especialistas: es una realidad estadística que empieza a transformar la estructura social y económica del país. Y Tarija, con su marcada migración juvenil, la crisis económica y el encarecimiento del costo de vida, no es ajena a este fenómeno. Lo que antes eran familias numerosas, hoy son hogares pequeños, parejas que postergan la maternidad o paternidad, y jóvenes que directamente descartan tener hijos.
Los datos del Instituto Nacional de Estadística muestran que la fecundidad en Bolivia cayó de 4,2 hijos por mujer en 1998 a apenas 2,1 en 2023, llegando prácticamente al nivel de reemplazo poblacional. Además, los registros de nacimientos reflejan una disminución sostenida durante los últimos años, con una reducción cercana al 18% entre 2019 y 2025.
La pregunta no es solamente cuántos niños están naciendo menos, sino por qué ocurre este fenómeno. Y las respuestas son múltiples.
La primera razón es económica. Tener hijos en Bolivia se ha vuelto mucho más costoso que hace dos décadas. Alimentación, salud, educación, vivienda y transporte representan cargas difíciles de asumir para familias que viven en un contexto de incertidumbre laboral, inflación encubierta y pérdida de poder adquisitivo. En Tarija, donde el desempleo juvenil y la falta de oportunidades golpean con fuerza, muchos jóvenes simplemente no visualizan un futuro estable para formar una familia.
La segunda causa es cultural y social. Las nuevas generaciones tienen prioridades distintas. Hoy existe mayor acceso a la educación, especialmente para las mujeres, más participación femenina en el mercado laboral y una visión diferente sobre la maternidad. Tener hijos ya no es visto como una obligación social inevitable, sino como una decisión profundamente planificada.
También influye el acceso a métodos anticonceptivos y la reducción de embarazos adolescentes, que en Bolivia disminuyeron significativamente en la última década. Esto, lejos de ser negativo, refleja avances en información, salud reproductiva y autonomía personal.
Sin embargo, el descenso de la natalidad también plantea desafíos serios. Una población que envejece rápidamente implica menos trabajadores activos en el futuro, menor dinamismo económico y más presión sobre los sistemas de salud y jubilación. El propio INE advierte que la población infantil disminuyó considerablemente y que Bolivia atraviesa una transición demográfica acelerada.
La discusión entonces no debería centrarse en obligar o presionar a las familias a tener más hijos, sino en crear condiciones para que quienes deseen formar una familia puedan hacerlo sin miedo al fracaso económico. Ninguna sociedad puede sostenerse sobre la precariedad permanente. No se trata de “producir más habitantes”, sino de garantizar calidad de vida para quienes nacen.
Tenemos q analizar si conviene revertir este proceso. Depende de cómo se entienda la solución. Forzar políticas natalistas sin resolver pobreza, desempleo o falta de vivienda sería irresponsable. Pero tampoco es saludable normalizar un escenario donde cada vez menos jóvenes quieran construir familia porque sienten que el país no ofrece futuro.
