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Secreto a voces *Fernando Antonio Ávila Mercado

Las palabras del presidente Luis Arce resonaron con fuerza en el panorama político boliviano: “Todos lo sabíamos”, dijo al referirse a las denuncias de estupro contra Evo Morales mientras era presidente. En una sola frase, el mandatario no sólo admitió el conocimiento de graves delitos cuando era Ministro de Economía y Finanzas Públicas, sino que también reveló una cómplice inacción. Su silencio de años lo deja, inevitablemente, bajo la sombra del encubrimiento.
Las preguntas que resuenan son: ¿Por qué calló? ¿Por qué no denunció en 2020 al asumir la Presidencia? ¿Lo hizo ahora para eliminar a un rival político, movido por la ambición o la culpa? La línea entre la lealtad y la complicidad se difumina en situaciones como esta. La confesada omisión no sólo lo convierte en testigo pasivo, sino en participante indirecto de una estructura de impunidad.
En Bolivia, los secretos a voces son parte de la cotidianidad. No es la primera vez que un alto funcionario admite conocer irregularidades, pero guarda silencio. La administración de Arce también tiene sus propias sombras. Se murmura que uno de sus hijos maneja negocios estatales desde una oficina en el piso 15 de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), donde desfilan empresarios y allegados.
El presidente Arce, según se comenta, tiene ciertas costumbres peculiares. Se dice que, para relajarse, recorre la ciudad en un auto discreto, disfrazado de taxi, y disfruta de un buen vino tarijeño en su despacho de la Casa Grande del Pueblo. Mientras tanto, los rumores apuntan a que un viceministro extorsiona a alcaldes y gobernadores, exigiendo lealtad pública a cambio de favores y desembolsos públicos. Otros secretos, más evidentes, también se cuentan: en la zona sur de La Paz, la Policía de Tránsito recauda de 2.000 a 2.500 bolivianos por cada detenido en controles “rutinarios” para evitar remitirlos al Ministerio Público. El operativo fallido que permitió la fuga de Sebastián Marset no fue casualidad; se asegura que hubo advertencias internas.
El problema con los secretos a voces es que encierran una paradoja: llevan verdades, mentiras y medias verdades que, juntas, terminan pareciendo una mentira. Estos susurros erosionan la confianza ciudadana, pero rara vez llegan a traducirse en justicia. A medida que los rumores crecen, también crece la sensación de impunidad. Es el ciclo repetitivo de la política boliviana: escándalos que estallan, denuncias que se disipan y protagonistas que permanecen en sus cargos.
El fondo de la cuestión es que cuando un servidor público admite que conocía un delito y calló, no sólo demuestra indiferencia, sino que revela su verdadera esencia. Y esa esencia es la de un gobernante tibio o corrupto, alguien que no merece liderar un país. Al final del día, el silencio perpetúa la impunidad y cierra el camino a la transformación genuina.

Mientras los secretos sigan flotando sin consecuencias, Bolivia continuará atrapada en un ciclo donde la verdad es una moneda de cambio y la justicia, un horizonte siempre distante. El desafío radica en romper ese círculo. No basta con denunciar lo evidente; es necesario que la sociedad exija responsabilidad y transparencia. Porque en una democracia, los secretos que no se enfrentan terminan devorando la esperanza de un futuro justo.
*El autor es Abogado

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