La violencia y las disputas por dirigir organizaciones que no tienen remuneración económica obligan a preguntarse qué intereses se esconden detrás de tantas ambiciones dirigenciales.Hay algo que merece una profunda reflexión en las permanentes disputas por alcanzar la dirigencia de las juntas vecinales y, particularmente, los cargos provinciales y departamentales de la Federación de Juntas Vecinales. Se trata de organizaciones cuyos cargos son, al menos formalmente, ad honorem, no contemplan salarios ni remuneraciones para quienes las conducen y, supuestamente, tampoco administran grandes recursos económicos. Sin embargo, llegar a sus directivas parece haberse convertido en una ambición capaz de provocar enfrentamientos, insultos e incluso agresiones físicas.La pregunta resulta inevitable: ¿qué hace tan apetecibles estos cargos? ¿Por qué personas que no recibirán un sueldo por ejercer esas funciones están dispuestas a protagonizar semejantes disputas para conseguirlos?La dirigencia vecinal debería ser, ante todo, una expresión genuina de servicio a la comunidad. Una oportunidad para representar las necesidades de los barrios, gestionar obras, exigir servicios básicos, fiscalizar a las autoridades y convertirse en un puente entre los ciudadanos y las instituciones públicas. Nada de esto debería necesitar de peleas ni de demostraciones de fuerza.Pero cuando la disputa por una representación supuestamente honorífica adquiere semejante intensidad, es legítimo preguntarse si detrás de esa ambición existen otras motivaciones. La visibilidad pública, el reconocimiento social, la capacidad de interlocución con autoridades, la influencia política y el acceso a espacios de decisión pueden representar incentivos que van mucho más allá de una remuneración económica.También corresponde preguntarse si todas estas organizaciones manejan sus recursos, sus decisiones y sus relaciones institucionales con la transparencia que la ciudadanía espera. No se trata de acusar sin pruebas, sino de exigir explicaciones y mecanismos de fiscalización que despejen cualquier duda.Las juntas vecinales son demasiado importantes para convertirse en escenarios de confrontación por intereses personales o de grupo. Quien aspire a dirigirlas debería demostrar vocación de servicio, capacidad de gestión y voluntad de trabajar por sus vecinos.Si el objetivo es servir, no debería ser necesario recurrir a los golpes para conseguirlo. Y si la ambición por esos cargos es tan grande, la sociedad tiene todo el derecho de preguntarse por qué.
