Eduardo Claure
El “clamor” de distintos sectores productores agropecuarios del oriente, por obtener marco jurídico y aquiescencia gubernamental, por el eufemismo de la “biotecnología”, no tienen conocimiento, o, definitivamente sabiendo, no les interesa en lo mínimo del riesgo al pedir liberar la importación de semillas con genes de especies que jamás se cruzarían en la naturaleza, y contaminan cultivos convencionales o ecológicos, y plantas silvestres emparentadas.
La repercusión de estos nuevos organismos en la naturaleza es totalmente imprevisible. En este contexto técnico existen varios impactos que tienen los transgénicos en el medio ambiente llamados “problemas de la liberación de transgénicos al medio ambiente”, y estos son muchos y variados, pero lo peor de todo es que algunos de estos problemas son imprevisibles, porque se están liberando semillas con genes de especies que no se cruzarían en la naturaleza de forma natural. Una semilla, transgénica o no, no sabe de fronteras.
Experiencias en el cultivo de transgénicos han proporcionado evidencias científicas suficientes que demuestran sus impactos sobre el medio ambiente. Por ejemplo, Francia y Alemania prohíben el cultivo del maíz transgénico que se cultiva en España, por los posibles daños para la salud humana, también por sus graves impactos para el medio ambiente: Daña a la fauna del suelo (microorganismos); Daña a otras especies de insectos beneficiosas; Es imposible prevenir la contaminación genética: no se puede contener el polen transportado por el viento o las abejas. Una vez liberada una planta transgénica, es imposible evitar que contamine a sus equivalentes no transgénicos de su entorno y más allá.
A nivel global se ha comprobado que: Los transgénicos multiplican el uso de herbicidas y otros agrotóxicos, con las consecuencias que esto supone para el medio ambiente y la salud humana; Promueven un modelo de agricultura altamente industrializado que está expandiendo la frontera agrícola en zonas naturales de América Latina; Muchos agricultores de EEUU y Argentina tienen graves problemas de control de malas hierbas, ya que estas se están volviendo resistentes a los herbicidas asociados a los cultivos transgénicos; Algunos cultivos transgénicos transfieren los genes introducidos a plantas silvestres emparentadas, transmitiendo esta modificación genética, lo que afecta gravemente a la biodiversidad y plantea consecuencias imprevisibles de estos nuevos seres liberados al entorno.
Además, los organismos modificados genéticamente se dispersan por el medio ambiente, una semilla, transgénica, no sabe de fronteras y llega hasta donde las abejas, el viento, el agua, los animales, etc., la transporten. Los transgénicos representan un peligro para la biodiversidad por diversas razones, los cultivos transgénicos ponen en peligro la biodiversidad: Incremento del uso de herbicidas y fertilizantes, con sus impactos sobre suelo, agua, flora y fauna; Impacto de los cultivos resistentes a plagas sobre insectos y microorganismos del suelo; Contaminación de especies silvestres; Cambios de uso del suelo (deforestación y desecación de turberas o bofedales) para ganar terrenos para la ganadería y agricultura industrial.
Esto demuestra la relación entre los cultivos transgénicos y la deforestación, por ejemplo, el cultivo de soja transgénica para alimentar la ganadería industrial es responsable de gran parte de la deforestación en América del Sur y obviamente Bolivia: los recientes incendios forestales están sucediendo en Áreas Protegidas.
La superficie de tierras cultivadas con la soja transgénica de la multinacional Monsanto aumenta, mientras que los bosques, riquísimos en biodiversidad, disminuyen notablemente. Demás está decir que esa empresa provee semillas y también, todos los insecticidas, plaguicidas y demás agrotóxicos, que son adquiridos por los mismos productores que siembran y producen vegetales transgénicos: un círculo vicioso depredador y perverso con la rica genética natural de los productos bolivianos: trigo, soya, maíz, caña de azúcar y otros que conforman parte de la rica genética desarrollada desde hace milenios.
Los propios “pachamameros”: interculturales, campesinos e industriales -en su lógica- están, con este pedido, matando a la tal Madre Tierra y echando al tacho la Ley de la Madre Tierra y todo el marco normativo de resguardo, mantenimiento, y uso protegido de nuestros recursos naturales renovables, adjunto a la flora y fauna, que también se ven desprotegidos ante estas acciones, que no se ven así, desde otras regiones del país, que no sea el oriente, lamentablemente.
Los cultivos transgénicos pueden introducir en los alimentos nuevos compuestos que produzcan alergias. Lo grave, sin embargo, es que también pueden producirse reacciones alérgicas a nuevas proteínas procedentes de una especie que no tenga un historial de efectos alergénicos. Hay que tener en cuenta que se están introduciendo en los alimentos proteínas derivadas de bacterias, de virus, de insectos, de ratones y de multitud de otras especies que nunca han formado parte de la alimentación humana. La mayor parte de los cultivos “Mejorados Genéticamente” que se comercializan actualmente llevan genes marcadores de resistencia a los antibióticos, empleados en el proceso de manipulación genética. Se ha demostrado que el ADN y las proteínas pueden resistir el proceso de digestión, permaneciendo intactos en el estómago de los mamíferos, donde conviven con multitud de bacterias, pasando incluso al torrente sanguíneo y a otros órganos del cuerpo. La ingestión de alimentos transgénicos que contienen la enzima que degrada el antibiótico pudiera, en consecuencia, anular la eficacia de un medicamento consumido con la comida. Más preocupante aún es la posibilidad de que los genes marcadores pasen de los alimentos a bacterias presentes en el estómago y en el intestino de las personas (y del ganado), que desarrollarían resistencia a antibióticos valiosos en medicina. La profusa utilización en ingeniería genética de virus, bacterias y plásmidos bacterianos, todos ellos con una gran capacidad de recombinación y de intercambio de material genético con otros microorganismos, y diseñados para atravesar las barreras de las especies, constituye una auténtica bomba de tiempo, pudiendo contribuir a la creación de nuevas enfermedades con enormes riesgos para la salud humana.
Es evidente que el aumento en el uso de herbicidas asociado a los cultivos transgénicos contribuirá a incrementar en los alimentos los residuos de este tipo de productos, que se sabe tienen efectos dañinos para la salud. El glufosinato de amonio está asociado a casos de toxicidad neurológica, respiratoria, gastrointestinal y hematológica, así como a defectos congénitos en seres humanos y mamíferos. La acción en las plantas provoca la acumulación de un nuevo metabolito, cuyos efectos en la cadena alimentaria no se han tenido en cuenta, aunque se sabe que los mamíferos pueden regenerar a partir de este compuesto el herbicida tóxico, que puede tener efectos neurológicos y graves repercusiones en la salud. Se han registrado trastornos de numerosas funciones fisiológicas después de una exposición al glifosato a niveles de uso normales. La exposición al glifosato casi duplicaba el riesgo de aborto espontáneo, y que los hijos de quienes trabajan con glifosato presentaban un elevado índice de trastornos neurológicos y de comportamiento. El Roundup, herbicida de Monsanto cuyas ventas se han disparado con la introducción de los cultivos resistentes y cuyo principal compuesto activo es el glifosato, provoca disfunciones en la división celular, que podrían estar asociadas con algunos tipos de cáncer en seres humanos. La argucia de los productores del oriente de “trabajar por la seguridad alimentaria” y, “que lleguen dólares”, es un crimen, definitivamente.
