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21 de marzo Día Internacional de los Bosques, como lo evocaremos el 2025, el 2030 y MAS…?

Eduardo Claure

La Asamblea General de las Naciones Unidas, mediante una resolución de diciembre de 2012, declaró el 21 de marzo de cada año Día Internacional de los Bosques. Bolivia está suscrita a esa resolución, así como a 300 acuerdos, convenios – desde la década de los 80- y otros en materia de recursos naturales renovables, biodiversidad, flora, fauna, agua, suelo, pueblos indígenas y un sinfín de temas alusivos.

La CPE y dieciséis leyes vigentes, tienen bloques normativos específicos de relación directa con esta área de las ciencias biológicas, antropológicas, sociales, económicas, políticas y otras, además de una elefantiásica institución del poder ejecutivo que tiene una estructura enmarañada, difusa, inoperante, de sobreposiciones y desinteligencias entre sí -que a la luz de los incendios forestales y de pastizales que se suceden con más y más superficies, el año 2019 fueron 5.000.000 de has y este 2024, pasan las 6.000.000 de has.-, que resultan inoperantes por incapacidad propia y por las directrices políticas que se percibe y denuncian, provienen de acuerdos espurios, criminales, ecocidas, entre el ejecutivo y una parte del agro poder, avasalladores, interculturales, cocaleros, traficantes del mercado negro de tierras (tal como denuncian los pueblos indígenas de tierras bajas, medios, RR.SS., investigadores, ONGs, Fundaciones, columnistas, y cuando no, políticos de toda laya), lo que hace de esta arquitectura institucional una entidad inútil: un lastre hiper burocrático cómplice.

Hay un principio que dice: “Bosques sanos equivalen a personas sanas”. Los bosques proporcionan beneficios para la salud, como aire fresco, alimentos nutritivos, agua limpia y espacio para el esparcimiento. En todo el mundo, cerca de mil millones de personas dependen en alguna medida de los alimentos forestales, como la caza, insectos comestibles, pescados, productos vegetales, setas/hongos, plantas medicinales, material de vivienda para sus pobladores, sus tejidos y otros que hacen a su economía y cultura.

Alrededor de 1.400 millones de personas tanto de áreas urbanas como rurales utilizan aún energía basada en la madera para cocinar, y se calcula que 1.200 millones de personas dependen de sistemas de agrosilvicultura.

Cuando se produce un desastre, se pierde una cosecha, animales o se destruye las herramientas que disminuyen drásticamente el empleo, los bosques actúan como red de seguridad que proporcionan alimentos e ingresos a las comunidades afectadas.

Los bosques también ayudan a adaptarnos al cambio climático, el calentamiento global y a mitigarlo, y constituyen el hábitat de la inmensa mayoría de especies flora y fauna, tal como son nuestros bosques que tienen la biodiversidad más rica y variada del planeta. Germoplasmas nativos que se pierden cada año más y más, y con ello posibilidades para la farmacopea tradicional y tecnológica, de disponer material nativo para su industrialización farmacéutica. Sin embargo, cada año el mundo pierde 15 millones de hectáreas de bosque (el equivalente aproximado a la superficie de la República de Corea, o al doble de la superficie de Costa Rica) por la deforestación.

La degradación del suelo afecta a casi 2.000 millones de hectáreas, una superficie mayor a la de Sudamérica, y esto tiene múltiples efectos adversos. La pérdida de bosques y la degradación son la causa de la emisión de grandes cantidades de gases que generan el calentamiento mundial, y al menos el 15 % de las especies forestales y el 20 % de las especies animales sufren actualmente un riesgo extremo de extinción.

Solo la degradación afecta al bienestar de 3.200 millones de personas y cuesta más del 10 % del producto bruto mundial en pérdida de servicios de ecosistemas.
Ante los recientes ecocidios, alguna autoridad ha mencionado que se generarán acciones de restauración de bosques. Obviamente, los damnificados directos e indirectos, no aceptan esas declaraciones, pues la deforestación incendiaria habilitará tierras para ser entregada a sus conmilitones que no aplicarán aquellas “políticas” de recuperación de áreas boscosas.

La plantación es una técnica útil de restauración forestal que persigue restablecer una cubierta vegetal estable. Sin embargo, la restauración ecológica -que es lo que debiera realizarse- da un paso más allá e incluye un amplio conjunto de medidas con el fin de la recuperación de un ecosistema degradado cada año como sucede en nuestro caso. Esas declaraciones de autoridades despistadas e ignorantes en el tema de alta especialidad, son estropicios conceptuales, no solamente gramaticales o de exabruptos casuales, sino de ignaros. Bestialidad total.

En el caso de los bosques, la restauración se ha entendido tradicionalmente como una reforestación: la mayoría de los proyectos de restauración son meras plantaciones de árboles, y muchas veces de una única especie. Esta «vieja receta» no sirve si queremos recuperar un ecosistema sano, diverso, que cumpla sus funciones ecológicas y que pueda adaptarse mejor frente a impactos como los incendios o el cambio climático.

La restauración ecológica trata de ayudar a la naturaleza a regenerarse por sí misma de un modo integral: la meta debe ser recuperar ecosistemas sanos, que alberguen biodiversidad y vuelvan a ofrecer sus vitales servicios y recursos a la sociedad. Con la restauración ecológica se persigue: 1) Recuperar las funciones de los bosques para que vuelvan a ofrecer recursos, agua y aire de calidad, protección frente a inundaciones y que cumplan su función de ayudar a regular el clima; 2) Crear bosques autóctonos de diferentes especies y edades, apostando por la biodiversidad y la variedad de hábitats; 3) Potenciar la diversidad en los usos de los bosques como base de la actividad económica en zonas o áreas de su influencia, es decir comunidades indígenas, sus TIOCs, Áreas Protegidas Naturales y humedales o sitios RAMSAR; 4) Generar un paisaje diverso y rentable para resistir a los impactos futuros: cambio climático e incendios.

El ingrediente fundamental es pensar, antes de actuar, qué paisajes y ecosistemas queremos construir de cara al futuro, y hacerlo con la participación de las personas de la zona que conocen, viven y trabajan en estos sus territorios. Muchas iniciativas que persiguen precisamente este objetivo están en marcha en todo el mundo, la mayoría implementando un enfoque para la restauración de los bosques y paisajes que apunta a recuperar la funcionalidad ecológica de los paisajes deforestados o degradados y mejorar el bienestar de las personas.

Sin embargo, existe una creciente preocupación de que algunas de las más ambiciosas de estas iniciativas probablemente no logren los objetivos interconectados de secuestro de carbono, recuperación de la biodiversidad y medios de vida sostenibles porque sus objetivos podrían ser demasiado limitados y las metas tan elevadas que son irreales cuando las insuficiencias de un “gobierno restaurador” son, como en nuestro caso patéticos por su complicidad con el perverso mal de los incendios forestales y pastizales que ponen en riesgo de recuperación en los próximos 50 a 100 años: un bosque no se recupera de la noche a la mañana o lo que dura una gestión política de gobierno.

Estos elementos técnico científicos desconocidos para los operadores gubernamentales del MAS-IPSP, resumen una tragedia insalvable para los bosques bolivianos, las Áreas Protegidas Naturales, Santuarios Naturales y Reservas de Ecosistemas que aún quedan, y con ellos, los pueblos indígenas de tierras bajas, condenadas a su extinción, junto con su hábitat, por la ignorancia de un gobierno insensible a la destrucción que socapan, fomentan, con una complicidad denunciada de la mano de sectores productivos, militantes, inmobiliarias, avasalladores, cocaleros y campesinos de tierras altas, quienes masticando coca, fanatizan que así honran a la tal Pachamama, a la Madre Tierra.

En este contexto, ¿cómo recordaremos los próximos Días Internacionales de los Bosques, el 2025, el 2030 y MAS…?

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