Por: Gonzalo Chávez
La gente me pregunta qué va a pasar con el tipo de cambio por regiones. Solo colocaré Villazon, la paz, Santa cruz y Cochabamba. No se me ofendan los otros departamentos, por el amor de dios. No soy un perro centralista, solo que no hay espacio.
Villazon
En Villazón me preguntan por el tipo de cambio en lugares que ni Dios Padre imaginaría. En la fila para cruzar el puente internacional, mientras todos disimulan que no están mirando cuánto marca el cartel del dólar en La Quiaca, una señora me dice: “Profe, ¿será que hoy conviene cruzar o el dólar está más temperamental que mi suegra?”.
En el mercado Central, que queda detrás de mi escuela Cornelio Saavedra, entre tripas, papa y queso cada vez más argentinos que bolivianos, el casero me jura que él sí sabe el tipo de cambio “del bueno, del que aún no salió en WhatsApp”.
En la vieja estación del tren, frente a mi casa, donde ya no pasa el tren pero pasa el chisme económico, alguien siempre pregunta si el dólar llegará antes que el próximo ferrocarril prometido.
En la fila para comprar choripán y el bife de chorizo argentino, el parrillero me interroga entre humo, grasa y poesía: “Licenciado, ¿sube o baja? Dígame rápido antes de que se me queme la tira”. En el mercado de ropa usada, donde uno encuentra Levi’s originales del 98, las caseras aseguran que el dólar está “más remixado que estos pantalones”.
En la avenida Tumusla, cuando sopla ese viento que levanta faldas, sombreros y expectativas económicas, siempre hay alguien que dice: “Profe, ya que el viento viene del sur, ¿el dólar también?”.
En el control aduanero, mientras revisan un bolsón sospechoso lleno de medias térmicas, el funcionario me lanza el clásico: “¿Y el dólar, cómo anda, pues?”.
En el río que divide y une, mientras la gente cruza con bolsas, chistes y resignación, alguien grita desde la barranca: “¡Gonza! ¡Decime si hoy el dólar está para comprar o para chorar !”.
Y la mejor de todas: en el cementerio viejo, mientras uno visita a los abuelos, un tío siempre aparece, sombrero en mano, y pregunta con absoluta solemnidad: “Profe, ¿será que este año descansa el dólar… o seguimos penando?”.
La Paz
En La Paz me preguntan por el tipo de cambio en los lugares más absurdos: en la cola para comprar gelatina con jaylle en San Pedro; en la grada eléctrica del Hipermaxi de Obrajes que siempre falla justo cuando empieza la consulta macroeconómica; en el mirador Killi Killi, mientras alguien jura que desde ahí se ve la tendencia del paralelo; en la cueva de los murciélagos del Parque del Niño, donde uno quisiera ocultarse del dólar y del mundo;
en la lustrada de zapatos de la Pérez, cuando el lustrabotas me dice que él sí tiene “datos fresquitos”; en la feria del Alto San Pedro, entre anticuchos, salchipapas y teorías especulativas; en la oficina de tránsitos de la Buenos Aires, mientras el policía firma un papel y me pregunta si el boliviano “todavía aguanta”; en el micro 2 de la 6 de Agosto, justo cuando el cobrador grita “¡adelante caserito!” pero quiere saber si debe comprar dólares antes de su almuerzo;
en la cueva del Ekeko del Mercado de las Brujas, donde una caserita me asegura que con tres velas y un sahumerio se arregla la balanza de pagos; en el funicular del Cementerio General, entre flores y pronósticos sombríos; en la fila para el api en la Rodríguez a las 6 de la mañana, cuando una casera me pregunta si el dólar sube más rápido que la temperatura paceña; y en la costurería de la Eloy Salmón, donde mientras ajustan un pantalón imposible me dicen: “Licenciado, ¿será que tengo que ajustar también mis ahorros?”.
Santa Cruz
En Santa Cruz me preguntan por el tipo de cambio en los lugares más insólitos: en la cola para el zonzo con café en el mercado Los Pozos; en la rotonda del Cristo, justo cuando el semáforo se pone en verde y alguien baja la ventana para gritar “¡Profe, el paralelo pa’ cuándo!”; en el Bimodal, entre bultos, llajua y gente jurando que el dólar llegó en flota;
en la carnicería de la Mutualista, mientras el carnicero corta un lomo y asegura que él sí tiene la posta; en el Cambódromo, durante un desfile, cuando de pronto alguien entre las comparsas pregunta si conviene guardar dólares para Carnaval; en la Fraternidad, mientras el parrillero da vuelta un cuadril y me pregunta si el dólar subirá más rápido que el carbón; en la Urbari, durante una caminata matutina, cuando un vecino con su perro me saluda con un “buen día” y un “¿qué tal el tipo de cambio hoy?”;
en el Ventura Mall, justo cuando el ascensor se cierra y alguien mete la mano para preguntar si es buen momento para viajar a Miami; en la feria de las Siete Calles, entre perfumes, cables y milagros electrónicos, porque ahí siempre aseguran que tienen la primicia económica; en el micro 17, mientras el chofer pone música a todo volumen y me mira por el retrovisor esperando que le diga si compra o no compra dólares; y en la fila del masaco en el mercado La Ramada, donde una casera, sin levantar la vista de la olla, sentencia: “Licenciado, ¿el dólar sube o solo nos hace sufrir?”.
Cochabamba
En Cochabamba me preguntan por el tipo de cambio en los lugares más improbables y deliciosamente absurdos: en la fila del silpancho gigante de la Coronilla, donde la casera, sin despeinarse, me pregunta si el dólar va a quedar más aplanado que la carne; en el teleférico del Cristo de la Concordia, cuando la cabina apenas sube y alguien asegura que desde arriba “se ve clarito la tendencia del paralelo”; en la plaza Colón, mientras las palomas rodean y un jubilado me intercepta para decir que el dólar “vuela más que ellas”; en la Feria de la Cancha, entre puestos de celulares, calcetines y teorías económicas caseras, donde todos juran que tienen el dato “más oficial que el oficial”;
en la fila de la chicha en Punata, cuando uno solo quiere refrescarse, pero aparece el compadre preguntando si con el dólar “estamos chupando o nos están chupando”; en el trancón eterno del puente Cobija, cuando el taxista baja la radio para escuchar mi vaticinio como si fuera un oráculo; en el Clon de Cala Cala, donde el peluquero te deja con media ceja cortada mientras pregunta si conviene ahorrar en dólares o en gel; en el Parque del Bom Bom, cuando los niños juegan a la pelota y los papás juegan a pronosticar devaluaciones; en el mercado de Queso Humacha, donde una casera, mientras desgrana el chuño, me dice: “Licenciado, ¿este dólar se va a suavizar o seguirá durito como el mote seco?”; y en el micro H, cuando el cobrador se acerca solo para cobrar… y preguntar si ya es hora de “dolarizar la vida o seguir nomás con fe y api”.
