Hay momentos en la historia de una región en los que corresponde dejar de lado las diferencias y preguntarse, con absoluta responsabilidad, qué queremos construir para las próximas generaciones. Tarija se encuentra precisamente ante uno de esos momentos.
Durante décadas hemos reclamado integración, mejores carreteras, infraestructura moderna y condiciones para dejar de ser una región aislada de los grandes corredores económicos de Bolivia y de los países vecinos. Sin embargo, cada vez que una obra estratégica comienza a tomar forma aparecen voces que, bajo distintos argumentos, pretenden frenarla, postergarla o convertirla en una interminable disputa.
El túnel en la serranía del Aguaragüe, en el Chaco tarijeño, es hoy el mejor ejemplo.
Se trata de un proyecto largamente anhelado, que puede cambiar sustancialmente la conectividad del Chaco con el resto del departamento y fortalecer la vinculación de Tarija con otros departamentos y con los mercados de Argentina y Paraguay. Después de años de gestiones y expectativas, cuando finalmente parece acercarse a su consolidación, aparecen sus detractores.
Que quede claro: cuestionar una obra no es un delito. Toda infraestructura de esta magnitud debe contar con estudios técnicos, ambientales, económicos y de seguridad. Debe cumplir la ley y garantizar que los impactos sean adecuadamente mitigados. Pero otra cosa muy distinta es utilizar argumentos legítimos como pretexto para impedir que una obra avance.
Tarija ya ha perdido demasiado tiempo en enfrentamientos internos.
Necesitamos discutir las grandes obras con seriedad, no convertirlas en campos de batalla políticos o regionales. El departamento necesita una agenda común que determine cuáles son las infraestructuras imprescindibles para su futuro y que permita defenderlas ante el Gobierno nacional y ante cualquier instancia que corresponda.
El túnel del Aguaragüe debe ser evaluado con transparencia y rigor. Pero si los estudios determinan que es técnica, económica y ambientalmente viable, Tarija debe respaldarlo con firmeza.
No podemos exigir desarrollo y, al mismo tiempo, bloquear las obras que pueden hacerlo posible.
Las generaciones futuras no entenderán que hayamos dejado pasar oportunidades por mezquindades, protagonismos o intereses circunstanciales. Tampoco entenderán que un departamento con enormes potencialidades haya sido incapaz de ponerse de acuerdo sobre sus prioridades.
Tarija necesita una visión de departamento, no una suma de intereses particulares.
El túnel del Aguaragüe puede ser mucho más que una carretera: puede convertirse en un símbolo de nuestra capacidad para superar divisiones y mirar hacia el futuro.
La discusión debe ser técnica. La decisión debe ser responsable. Pero el objetivo debe ser uno solo: que Tarija avance.
