sábado, mayo 9, 2026
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¿Por qué tantos médicos tratan sus problemas de salud mental en secreto?

Por Seema Jilani

Algunos recuerdos quedan grabados en la psique de los médicos. El sonido del localizador. El regreso a casa medio dormido con los recuerdos nebulosos de un llamado. Los objetos más extraños encontrados en los orificios humanos (una cucaracha en el oído). El mayor número de horas que pasamos despiertos sin interrupción. Traer al mundo a nuestro primer bebé, ver morir a nuestro primer paciente. Todos estos son ritos de paso. He descubierto que es fácil hablar de los recuerdos divertidos, pero los perturbadores son más difíciles. Hasta con los amigos más íntimos contar los momentos más duros se siente como transmitirles una carga.

Mis turnos en la sala de urgencias de pediatría durante mi residencia de tres años fueron para mí un recorrido por todos los estadios de la desolación: una paciente de 15 años necesitaba un kit para casos de violación. Un bebé de 3 años dio positivo en la prueba de metanfetamina, la cual su padre consumía. Un hombre sumergió los pies de su hijo de 6 años en aceite hirviendo. Una vez se me murieron dos niños con seis horas de diferencia. Después de cada muerte, me sequé las lágrimas, tomé el expediente del siguiente paciente y continué con mi consulta. La cultura de la medicina desaconseja a los médicos como yo llorar, dormir o cometer errores. Y lo que es peor, incluso se nos castiga por buscar atención de salud mental.

Incluso antes de la pandemia de COVID-19, los problemas de salud mental eran un riesgo laboral para los médicos. Una revisión sistemática y un metaanálisis publicados en 2015 en la revista especializada The Journal of the American Medical Association descubrieron que, grosso modo, el 29 por ciento de los médicos residentes sufrían depresión o síntomas depresivos. Para contextualizar, de 2013 a 2016, el ocho por ciento de los estadounidenses de 20 años o mayores padecían depresión en un periodo de dos semanas. En un estudio publicado en agosto de 2019, el 16 por ciento de los médicos del pabellón de urgencias cumplían los criterios para un diagnóstico de trastorno de estrés postraumático (TEPT). La pandemia parece haber empeorado las cosas: una encuesta que se llevó a cabo en el otoño de 2020, que se expuso ante la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, sugirió que hasta el 36 por ciento de los médicos en la primera línea de atención padecía TEPT.

Entre los médicos, también hay un alto riesgo de suicidio comparado con muchas otras profesiones. Se calcula que entre 300 y 400 médicos se suicidan en Estados Unidos cada año, alrededor de un médico al día. El año pasado, las autoridades de un hospital en Nueva York confirmaron que dos médicos de su programa de residencia se habían suicidado con pocos meses de diferencia.

Durante su residencia, los médicos no duermen, pasan hambre, se les dice todo el tiempo que no son lo suficientemente buenos y trabajan cien tortuosas horas a la semana, mientras contraen una deuda de seis cifras. Los médicos residentes suelen trabajar los fines de semana y los días festivos, muchas veces con solo cuatro días de descanso al mes. En términos generales, la normativa del Consejo de Acreditación para la Educación Médica de Postgrado no permite que los médicos residentes trabajen más de 80 horas a la semana en promedio en un periodo de cuatro semanas, pero algunos residentes sienten que deben mentir en sus hojas de asistencia para evitar el escrutinio.

En la despiadada cultura de la enseñanza médica, está bien visto avergonzar a los estudiantes en público; a la práctica de interrogar a los residentes o a los estudiantes de medicina con preguntas rápidas delante de sus colegas y pacientes le dicen “padrotear”.

A pesar de las experiencias agotadoras, la profesión médica suele estigmatizar a los médicos que buscan atención en materia de salud mental y la obstaculiza. Hasta la primavera pasada, las juntas médicas de 37 territorios y estados de Estados Unidos formulaban preguntas que podrían exigir a un médico que busca obtener la licencia para practicar medicina que notifique cualquier tratamiento o enfermedad de salud mental. Estas preguntas pueden ser invasivas y demasiado generales.

Marcar esas casillas podría parecer un riesgo para todo lo que hemos trabajado durante años. Puede causar que la junta médica revise el historial médico personal, que se realicen pruebas psiquiátricas y de consumo de drogas y que incluso se revise, suspenda o revoque la licencia médica, todo ello con el pretexto de determinar nuestra competencia profesional. Las preguntas tienen un efecto escalofriante en los médicos. En un artículo de 2017, alrededor del 40 por ciento de los médicos dijeron estar renuentes a buscar atención de salud mental porque les preocupaba que se pudiera poner en riesgo sus posibilidades de obtener o renovar su licencia médica. En una encuesta de 2016 entre doctoras, casi la mitad dijo que creía que cumplía los criterios de una enfermedad mental, pero evitaba buscar atención médica, en parte por miedo a las juntas que otorgan o retiran licencias.
Cuando los médicos se arman de valor para buscar ayuda, es posible que tengan que hacerlo en el mismo hospital donde trabajan, donde pueden ser reconocidos por pacientes y colegas.

Glen Gabbard, profesor clínico de psiquiatría de la Escuela de Medicina Baylor, ha dedicado buena parte de su carrera a tratar médicos. Explicó por qué a sus pacientes médicos les cuesta admitir que necesitan atención: “Se supone que debes saber todo en una crisis que pone en riesgo la vida. No puedes dudar”, explicó.

Gabbard señaló que una de las maneras en que los médicos piden ayuda es a través de una consulta rápida fuera del consultorio. Un amigo puede detenerte en la cafetería del hospital y pedirte una receta rápida de Prozac. Los médicos no solo somos los peores pacientes, además solemos tener poco tiempo y a veces les damos a nuestros colegas una pésima atención. Según Gabbard, estas consultas en ocasión son apresuradas, y algunos psiquiatras tienden a confiar en los conocimientos médicos de sus colegas.

Todo esto ha contribuido a crear una especie de mercado clandestino de atención médica de salud mental. Hay una regla no escrita: si hay que buscar atención de salud mental, hay que ser discretos. Busca un terapeuta fuera de tu ciudad que documente solo lo mínimo en tu historial, paga solo en efectivo y no dejes que se lo cobren a tu compañía de seguros. Asegúrate de no dejar ningún rastro.

A medida que nos adentramos en el tercer año de la pandemia y nos acercamos al millón de estadounidenses muertos, es hora de que el sistema sanitario estadounidense reconozca las consecuencias para sus médicos y lo que les debe. Los dos últimos años se han caracterizado por ataques violentos contra los profesionales de la salud, acompañados de jornadas laborales extenuantes, pacientes más enfermos, pagos limitados de primas de riesgos laborales y sacrificios familiares. Una encuesta realizada en el segundo semestre de 2020 reveló que alrededor de uno de cada cinco médicos estaba considerando abandonar la práctica en un plazo de dos años. Quizá lo más triste es que los médicos que solemos perder son justo los que necesitamos: los amables que quieres que tomen de la mano a tu madre, los atentos y meticulosos que te llaman en su día libre.

El remedio más rápido y sencillo para este problema es eliminar las preguntas sobre la salud mental del médico de las solicitudes de licencia estatal y de los formularios de acreditación de los hospitales. Esto requeriría un cambio de paradigma fundamental para la comunidad médica. Otras soluciones incluyen más tiempo libre para los médicos, políticas integrales de licencia por paternidad y una remuneración adecuada por riesgo laboral.

Un antiguo colega me aconsejó no escribir este ensayo. Siento que me sudan las palmas de las manos mientras lo hago. Pero prefiero ser la doctora que lo confiesa todo en lugar de la que ahoga los recuerdos de los niños muertos en botellas de bourbon o jeringas de fentanilo. Este ensayo no es valiente; es insensato, pero necesario. Es hora de que todos aceptemos que los médicos somos dignos de la misma compasión que les damos a nuestros pacientes.

Nosotros, como médicos, somos testigos de los momentos más amargos y gloriosos de la humanidad, por lo que es natural que nos sintamos profundamente conmovidos y a veces consternados por ello. Reconocer esta vulnerabilidad no es una debilidad. Me hace mejor doctora. Es lo que me permite sostener la mano de un paciente bajo la luz fluorescente de un hospital estéril a medianoche o quitarle a un bebé con dulzura la sangre coagulada de un mechón de pelo.

No tengo todas las respuestas, pero no puedo seguir viendo sufrir a mis colegas. Que los médicos se atrevan a mostrar su humanidad debe estar por encima de la frialdad e indiferencia de los formularios de una institución médica.

Publicado en The New York Times



Bolsonaro dijo que su ‘especialidad es matar’. Ha cumplido

Por Vanessa Barbara

Ha sido fiel a su palabra. En poco más de tres años en el cargo, Bolsonaro ha liderado un gobierno caracterizado por su desprecio a la vida humana. Están, de manera más inmediata, las 660.000 muertes por COVID-19, una cifra que convierte a Brasil en el segundo país con el mayor número de víctimas en el mundo, solo después de Estados Unidos. Durante la pandemia, obstruyó el distanciamiento social, saboteó el uso de mascarillas y desautorizó la vacunación. Dijo que “no cometió un solo error durante la pandemia”. Así que tenemos que asumir que todo salió según lo planeado.

También están las armas. Una serie de decretos presidenciales que flexibilizaron los controles de armas han abierto las esclusas. El año pasado, la policía federal emitió 204.300 nuevas licencias de armas, un aumento del 300 por ciento con respecto a 2018. Los permisos otorgados por el ejército a cazadores y coleccionistas aumentaron un 340 por ciento. El país, que registró la mayor cantidad de homicidios en el mundo en 2021, está inundado de armas de fuego.

Y luego está el planeta. La deforestación en la Amazonía ha alcanzado su tasa más alta en 15 años, en buena medida, como consecuencia de la avidez del presidente de desmantelar y desfinanciar las agencias ambientales. Y como no ha sido suficiente, ahora Bolsonaro intenta impulsar cinco proyectos de ley que eliminarán los derechos de los pueblos indígenas, abrirán la Amazonía a la especulación desenfrenada y que van a provocar un daño inconmensurable al planeta.

Con la atención del mundo puesta en la guerra en Ucrania y a seis meses de una elección presidencial que está en camino de perder, Bolsonaro tiene prisa por usar su poder. Y parece decidido a traer muerte y devastación al mundo.

Es difícil elegir al peor de la serie de proyectos de ley, que los activistas llaman el Paquete de ¿la? Destrucción. Pero comencemos con el que intenta revocar los reclamos territoriales de las comunidades indígenas. Al establecer una fecha —el 5 de octubre de 1988, día en el que se promulgó la Constitución de Brasil— en la cual las personas de las comunidades indígenas debían ocupar físicamente sus tierras, el proyecto de ley despoja de manera permanente a quienes ya habían sido expulsados de sus hogares ancestrales. Algunos expertos dicen que alrededor de 70.000 personas indígenas, casi el 8 por ciento de la población indígena, podrían resultar afectadas.

Otro proyecto de ley intenta abrir las tierras de las comunidades indígenas a la minería. Temerariamente, Bolsonaro ha dicho que la guerra en Ucrania es una “buena oportunidad para nosotros”. Con el acceso suspendido de fertilizantes desde Rusia, según esta lógica, Brasil debe acelerar los esfuerzos para volverse autosuficiente. Pero la mayor parte del potasio del país —uno de los principales componentes de los fertilizantes y del que Brasil tiene reservas grandes— no está en tierras indígenas. Es una excusa poco convincente y característica de la persona que visitó a Vladimir Putin una semana antes de la invasión de Ucrania y se jactó de haber evitado la guerra.

La minería en estas áreas, aunque está prohibida por la Constitución, no ha dejado de suceder. Las operaciones mineras ilícitas, sobre todo desde balsas y dragas ancladas en ríos, alcanzaron un récord en 2020. Los efectos sobre los pueblos indígenas son funestos. En 2021, seis de cada 10 personas en tres poblados de la comunidad munduruku presentaron niveles inseguros de mercurio, que se usa en el proceso de extracción de oro y luego se libera, al tiempo que contamina las vías fluviales y los peces. El 15 por ciento de los niños menores de nueve años presentaron síntomas neurológicos relacionados con envenenamiento por mercurio.

Quienes se dedican a la minería de oro —de entre los cuales se calcula que hay 20.000 trabajando ilegalmente en tierras yanomami— plantean un problema especial. Aparentemente envalentonados por el presidente, han intensificado los ataques contra las comunidades locales: incendian casas y amenazan y asesinan a miembros de los pueblos indígenas. En mayo, después de que los mineros abrieran fuego con armas automáticas desde lanchas, dos niños yanomami entraron en pánico, cayeron a un río y se ahogaron.

Hace unas décadas, Bolsonaro se lamentó de que el cuerpo de caballería brasileña no hubiera sido tan eficiente “como el estadounidense, que en el pasado exterminó a los indígenas”. Sin duda, estos dos proyectos de ley, que también legalizarían la tala, la agricultura industrial, la exploración petrolera, las represas hidroeléctricas y otros proyectos en tierras de comunidades indígenas sin siquiera tener que pedir el consentimiento de sus habitantes, son, para él, una especie de enmienda legislativa. Se tratan de una arremetida apabullante y sostenida a la vida de los pueblos indígenas.

Eso, por sí solo, sería atroz. Pero no son todas las leyes planeadas. Un tercer proyecto legislativo está enfocado en flexibilizar los requisitos de licencia ambiental para una decena de actividades económicas, como la minería y la agricultura, y un cuarto planea considera otorgar amnistías a los acaparadores de tierras y madereros ilegales en la Amazonía. El último de los cinco proyectos de ley tiene como objetivo hacer menos duras las regulaciones sobre el uso de pesticidas, algo en lo que el gobierno de Bolsonaro —que ha registrado 1467 pesticidas, muchos de ellos compuestos con ingredientes muy peligrosos— parece estar particularmente interesado.

En conjunto, estos proyectos de ley acelerarán de manera significativa la destrucción de la Amazonía. La selva tropical más grande del mundo, que ya emite más dióxido de carbono del que puede absorber, podría alcanzar un punto de no retorno y convertirse en una sabana. Eso liberaría gases de efecto invernadero en cantidades importantes, interrumpiría los ciclos del agua a nivel regional y quizás global y reduciría sustancialmente nuestra capacidad para capturar las emisiones de carbono. El cambio climático se aceleraría a un ritmo todavía mayor. Sera un desastre.

Aun así, es probable que Bolsonaro se salga con la suya. Aunque miles de personas han tomado las calles en una señal de disidencia vistosa, parece que en el Congreso de Brasil hay suficiente apoyo como para aprobar estas propuestas de ley, impulsadas por el cabildeo de la poderosa industria agrícola. Es probable que solo sea cuestión de tiempo para que sean ley.

Sin embargo, en cierto modo, Bolsonaro ni siquiera necesita el respaldo de la ley. Después de todo, en el campo de la muerte y la destrucción ya tiene resultados sobresalientes

Publicado en The New York Times