///YARENTARO, Ecuador — Imagina que tu primer contacto con la cultura occidental fuera con una compañía petrolera.
He intentado imaginármelo desde
que visité Yarentaro, un pueblo indígena waorani de la Amazonía ecuatoriana que se encuentra cerca de unas lucrativas reservas de petróleo.
Los waorani eran cazadores semi-
nómadas cuando llegaron los misio-
neros y las compañías petroleras en
busca de almas y riquezas en las dé-
cadas de 1950 y 1960. Su mundo
cambió rápidamente en las décadas
siguientes, cuando las petroleras ocu-
paron enormes extensiones de su te-
rritorio para perforar. Y, sin embar-
go, siguen esperando tener pleno ac-
ceso a gran parte de lo bueno de la
sociedad occidental, como la medi-
cina y la educación modernas.
Hoy quiero hablarles de Yarentaro
porque la gente de allí tiene que vivir
con las consecuencias de que nuestra
sociedad no reconozca los servicios
medioambientales que la selva tro-
pical de allí, y otros lugares similares,
llevan mucho tiempo prestando gra-
tuitamente.
Me refiero a las nubes de lluvia
que se forman sobre los árboles y que
ayudan a nutrir los cultivos de todo
el continente, al carbono que calienta
el planeta y que los árboles y otras
plantas almacenan mientras crecen,
y al efecto refrigerante del bosque
sobre nuestro planeta. (Es muy pro-
bable que los bosques y sus habitan-
tes hagan mucho más por nosotros
de lo que la ciencia ha descubierto
hasta ahora. Ten en cuenta que hay
miles de especies de árboles que aún
son desconocidas para los científi-
cos).
La comunidad, de unas 90 perso-
nas, que visité en octubre con mis
colegas del Times Catrin Einhorn y
Erin Schaff, está cerca del Parque Na-
cional Yasuní, uno de los lugares con
mayor biodiversidad del planeta.
También está a poca distancia de un
grupo de pozos de una empresa pe-
trolera.
Ana Cupe Tegawani, una mujer
de unos 50 años que es una de las sa-
bias de la comunidad, nos contó a
través de un intérprete que aún re-
cuerda el momento, hace décadas,
en que los misioneros le advirtieron
de que llegaba el petróleo. Recuerda
que fue más o menos en la misma
época en que conoció el azúcar. El
sabor desconocido le disgustó y lo
escupió.
Resulta paradójico que Ecuador
decidiera perforar en la selva para
sacar a su gente de la pobreza, pues
Yarentaro tiene un nivel de vida in-
creíblemente bajo, algo habitual aquí
en la Amazonía, donde se encuentra
la mayor parte del petróleo del país.
Hasta hoy, Yarentaro no tiene sis-
tema de saneamiento y el agua se tie-
ne que extraer de un río cercano.
Hay envoltorios y bolsas de plástico
desparramados en gran parte de la
comunidad, un recordatorio de que
la gente de aquí tenía poco apoyo
para hacer frente a las consecuencias
de nuestro estilo de vida occidental.
Pero lo que más parece dolerles es
la falta de acceso a la educación. La
mayoría de las personas mayores de
20 años, como Ana, no saben hablar
español.
Daniel Huepihue Cahuiya Iteca,
presidente de la comunidad, nos dijo
que quiere que sus hijas estudien, se
preparen y tengan una beca para ir
a la universidad. “Eso es importante
para nosotros”.
Al mismo tiempo, los desafíos de
la selva también pesan sobre Yaren-
taro.
En la región del Yasuní viven dos
grupos indígenas que rechazan el
contacto con la sociedad occidental
y viven en lo que se denomina aisla-
miento voluntario. Los tagaeri y los
taromenane, también llamados pue-
blos no contactados, son seminóma-
das y sobreviven enteramente de la
selva, cazando con lanzas y dardos.
Los activistas con los que habla-
mos dicen que la explotación petro-
lífera y maderera ha avivado los con-
flictos entre este pueblo aislado y
otros grupos, entre ellos, los waorani.
En las dos últimas décadas se han
producido al menos tres masacres.
En 2013, una pareja de ancianos
waorani de Yarentaro fue asesinada
con lanzas por indígenas aislados.
Los habitantes de Yarentaro culpan
de los asesinatos a los yacimientos
petrolíferos cercanos, donde máqui-
nas ensordecedoras retumban día y
noche.
“A los hermanos taromenane no
les gusta el ruido”, dijo Cahuiya, el
líder de la comunidad. “Y echan la
culpa a nosotros”.
Los habitantes de Yarentaro to-
maron represalias y, al parecer, ma-
taron a decenas de integrantes de la
comunidad taromenane. Cahuiya
nos dijo que vive con miedo a otro
ataque.
Sin embargo, la presencia de los
taromenane aquí ha ayudado a la sel-
va, porque ha obligado al gobierno
a proteger su territorio de la explo-
tación petrolera. A pesar de la vio-
lencia, Cahuiya dice que siente el de-
ber de protegerlos. Lo que quiere que
desaparezca ahora es el petróleo.
“La empresa mucho daño ha he-
cho”, dijo. “Nosotros queremos ser
waorani, ser libres para caminar nos-
otros”.
La lucha de Cahuiya representa
un desafío universal: encontrar una
forma de vivir en armonía con la na-
turaleza y prosperar en un mundo
construido sobre riquezas petrole-
ras.
A pesar de los sombríos efectos de
las crisis del clima y de biodiversidad
que ya estamos padeciendo, desde
hace bastante tiempo los ecologistas
no se habían mostrado tan optimis-
tas sobre el futuro como ahora. Re-
cientemente han tomado posesión
en Brasil y Colombia nuevos gobier-
nos que dicen querer encontrar so-
luciones para la selva tropical, y casi
todos los países acaban de aprobar
un amplio acuerdo para proteger la
biodiversidad.
Estos gobiernos se enfrentan a una
pregunta difícil: ¿Cómo arreglar un
sistema financiero que compensa ge-
nerosamente la extracción de petró-
leo mientras no valora una selva que
proporciona servicios esenciales a
todo el planeta?
Nuestra capacidad para adaptar-
nos a las crisis del clima y de biodi-
versidad bien puede depender de que
encontremos la respuesta.
