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La seguridad alimentaria no puede esperar

Por Leidy Karen Merino Soto
leidydu_ms@hotmail.com

Hay problemas que una sociedad puede postergar durante un tiempo, pero que tarde o temprano terminan golpeando la puerta de cada hogar. La seguridad alimentaria es uno de ellos.
En Bolivia, cuando los mercados comienzan a mostrar menos productos, cuando una bolsa de papa, una arroba de arroz, una cebolla o una caja de tomate cuesta cada vez más, la preocupación deja de ser económica y se convierte en una preocupación familiar: ¿podremos seguir comprando los alimentos que necesitamos?
El problema es que el abastecimiento de alimentos no depende únicamente de cuánto se produce en el campo. También depende de que los productos puedan salir de las comunidades, llegar a los centros de consumo y mantenerse disponibles a precios razonables. Un bloqueo de carreteras puede interrumpir esa cadena. La falta de combustible puede dificultar el transporte y encarecer la producción. Una sequía puede reducir las cosechas. Las lluvias excesivas, las heladas u otros fenómenos asociados a la variabilidad climática pueden destruirlas.
Los recientes períodos de desabastecimiento han mostrado la vulnerabilidad de nuestra cadena alimentaria. Un bloqueo, la falta de combustible o el cambio climático golpean directamente al ciudadano: menos alimentos disponibles y precios más altos.

Ante esta realidad, Bolivia debe pasar de la reacción a la prevención.

Una medida concreta es incentivar la producción de alimentos en los propios hogares y comunidades. Los huertos familiares, escolares, vecinales y comunitarios pueden aportar verduras, hortalizas, hierbas y otros productos para el autoconsumo, reduciendo gastos y fortaleciendo la capacidad de las familias para enfrentar períodos de escasez.

Los municipios y gobernaciones podrían promover programas de apoyo con semillas, capacitación, herramientas y pequeños sistemas de riego. También pueden impulsar ferias y mercados locales donde los productores comercialicen directamente sus excedentes. No se trata de reemplazar la agricultura comercial, sino de crear una red complementaria de producción que aumente nuestra capacidad de respuesta.

Pero el esfuerzo debe comenzar también en el campo. El pequeño productor necesita agua, semillas, tecnología, combustible, caminos y mercados. Apoyarlo no es simplemente una política social: es una inversión en la alimentación de todos los bolivianos.

Si el clima está cambiando, Bolivia debe prepararse. Es urgente impulsar una política nacional de almacenamiento y aprovechamiento del agua mediante represas, reservorios, atajados, sistemas de cosecha de lluvia y obras de riego. Estas inversiones deben responder a estudios técnicos y criterios ambientales, pero no pueden seguir postergándose.

No podemos esperar a que llegue una sequía para comenzar a buscar agua. Debemos almacenarla cuando existe y utilizarla cuando hace falta.

También debemos recuperar semillas y variedades agrícolas adaptadas a las condiciones de cada región, fortalecer los conocimientos de nuestros productores y diversificar la producción. Frente al cambio climático, depender de pocos cultivos o de pocas zonas productoras aumenta nuestra vulnerabilidad.

La seguridad alimentaria requiere además reservas estratégicas, información permanente sobre producción y precios, mejores sistemas de distribución y planes de emergencia frente a bloqueos, problemas de combustible o desastres naturales.

Bolivia debe preguntarse qué país quiere ser cuando vuelva a presentarse una crisis: uno que espera alimentos y soluciones, o uno que tiene capacidad para producir, almacenar agua y responder.

Una huerta cultivada hoy puede alimentar mañana. Un reservorio construido hoy puede salvar una cosecha futura. Y un productor apoyado hoy puede garantizar alimentos para una ciudad mañana.

La seguridad alimentaria no se improvisa cuando llega la crisis. Se construye antes: sembrando, almacenando agua, protegiendo al productor y planificando el futuro.

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