Un sistema que aún obliga a hacer fila en plena madrugada no es un sistema pensado para la gente. En pleno 2026, cuando gran parte de la vida cotidiana se gestiona desde un teléfono móvil, en Bolivia miles de ciudadanos siguen obligados a llegar antes del amanecer a las puertas de hospitales y policlínicos para obtener una simple ficha médica.
Hombres y mujeres, adultos mayores, personas con discapacidad e incluso pacientes con enfermedades crónicas deben someterse a esperas agotadoras, muchas veces bajo el frío, la lluvia o la inseguridad.
Lo que debería ser un trámite básico se convierte en una prueba de resistencia que, paradójicamente, contradice el sentido mismo del derecho a la salud.La escena se repite en los diferentes seguros del país: aseguran la cobertura, pero no garantizan un acceso digno y moderno al sistema de asignación de citas con especialistas.
Mientras los gobiernos hablan de avances tecnológicos y digitalización de servicios públicos, la salud continúa anclada a prácticas que parecen heredadas de otra época.
La ficha médica, que debería gestionarse en minutos, se transforma en un proceso desgastante que empuja a miles a sacrificar horas de descanso y, en muchos casos, a poner en riesgo su integridad física.
La justificación habitual es la saturación de los servicios y la falta de personal, pero eso no explica por qué aún no se ha implementado una plataforma digital única, interoperable y obligatoria para todos los seguros públicos y de la seguridad social.
Hoy en día, los sistemas de salud del mundo—incluidos los de países de la región con recursos similares—permiten reservar citas médicas desde una aplicación, sin filas ni intermediarios. Bolivia tiene la capacidad tecnológica para hacerlo.
Lo que falta no es infraestructura, sino decisión política, coordinación institucional y voluntad de romper viejos esquemas administrativos.
Digitalizar la obtención de fichas médicas no solo aliviaría el sufrimiento de miles de usuarios; también permitiría una planificación más eficiente, reduciría aglomeraciones, evitaría la especulación y transparentaría la disponibilidad de especialistas. Transformaría un sistema que hoy recompensa al que madruga más, en uno que respeta el tiempo y la dignidad del paciente.
La salud es un derecho, no un sacrificio. Y si la pandemia dejó alguna lección, es que la tecnología puede y debe ser aliada de un sistema sanitario accesible, humano y eficiente. El país no puede seguir postergando esta modernización básica.
