El «Vino por Metro»
por Sergio Blumes
En su libro: La Nueva Mesopotamia del Vino, el economista y viticultor Jesús Romero recoge, revitalizándolas, un centenar de leyendas acerca de los héroes del pasado y los seres mitológicos que informan a la cultura y a la historia del Valle de la Concepción, algunas que datan de tiempos tan lejanos como la odisea de Sinchi Tumpa -reseñada en un anterior artículo-, cuando el cacique churumata introduce en la región los secretos acerca del cultivo de la vid luego de profanar un templo de la antigua Mesopotamia. El autor de la obra argumenta que dichos relatos no son meras «ficciones» sino, antes bien, profundas enseñanzas en que se revelan facetas ocultas del universo y de la vida humana:
«Los mitos y las leyendas -leemos en el prólogo- eran interpretaciones altamente imaginativas del mundo en un tiempo en que las ciencias no habían absorbido las demás áreas de conocimiento, al que podía accederse mediante saberes no condicionados por las exigencias del método científico, en particular la de supeditar la validez de las conclusiones a la corroboración empírica. La realidad era contemplada por aquellos relatos desde un punto de vista poético, que integraba los acontecimientos presentes y el pasado, moldeándoles en manera tal de satisfacer las necesidades de la fantasía y las aspiraciones del corazón. Han sido las leyendas y los mitos que han sondeado las simas de nuestro mundo antes que las ciencias, desplegando, cuando bien se les interpretaba, algunos de sus misterios. Trataban de eventos faustos o trágicos animados en torno a un pequeños grupo de personajes imaginarios o semihistóricos, y eran en general relatos procedentes de un extenso cuerpo de tradiciones que arrojaban luz sobre la mentalidad y el carácter de la época que las produjo.
«Los mejores narradores, tanto en su forma escrita como oral, logran hacer que lo que cuentan parezcan sucesos reales, posean o no alguna base histórica o sean netos productos de la imaginación. En cualquier caso, una característica común a todos ellos es la simplicidad en la expresión, relativamente despojada de los artificios retóricos que hallamos en otros géneros. Es en buena medida debido a esta “precariedad” de las formas y el tratamiento narrativo que, creemos, en la mayor parte del mundo desarrollado el gusto por las leyendas hubiese ido declinando en favor de una literatura más “sofisticada”. En las naciones andinas, por el contrario, el interés se ha mantenido vivo, en parte gracias a la labor de antropólogos, investigadores sociales, etnógrafos y otros estudiosos del folclor nativo, pero también porque esa simplicidad refleja la visión del mundo de los pueblos indígenas en que se halla inscrita.»
La tradición del «Vino por Metro» -tema de las presentes líneas- debe su origen a una antigua leyenda guaraní, que Romero transcribe con una rápida pincelada:
«El dios Ñamandú, el temible dueño de los aires, el señor de las cosechas, afiló un tallo de bambú, y tras atravesar la Cordillera de Sama lo arrojó sobre la tierra labrantía, sobre la fértil tierra valluna. Al instante brotó en este lugar un arbusto, luego otro, y uno más, y en pocas horas se extendía por la altiplanicie un frondoso parral cargado de negras uvas. El anciano, el impasible Quipildor, merodeaba este lugar, y, admirado de lo que veían sus cansados ojos, se acercó a observar los racimos del óptimo fruto que pendían de las ramas. Mientras esto hacía apareció ante él un pequeño y extraño ser de largos cabellos, de pelaje hirsuto, vestido con un poncho de alpaca de alegres colores. Y le dijo al anciano, que no volvía de su asombro, que de ese fruto se obtenía una bebida sagrada, la cual liberaba a los hombres de sus miserias y les daba salud. El impasible, el incrédulo Quipildor le preguntó qué historia venía a contarle. Por toda respuesta el duendecillo se puso a macerar el fruto con sus pies, saltando sobre él en una danza gozosa hasta obtener una buena cantidad de mosto. Luego de destilarlo en una tinaja de madera imploró a los cielos calladamente; en breves minutos el zumo había fermentado. Entonces habló y dijo: “¡Oh noble anciano! ¿Quieres probar la dulzura de las cosas? ¡Bebe un poco de este vino y nuestro Padre grande te concederá un deseo!” Tras ello, recogiendo el tallo de bambú que había arrojado Ñamandú, lo introdujo en la tinaja y diole a beber el preciado líquido. Y el viejo, el desastrado Quipildor, sorbió del tallo y sus ojos chispearon, y su rostro resplandecía de felicidad.»
Fue así como, apunta el compilador, se instauró en el Valle la tradición de beber el vino de una tinaja a través de un tallo de bambú, la cual perduraría desde el siglo XVIII a.C. (tan pronto como comienzan a desarrollarse aquí los primeros viñedos) hasta finales del XVI d.C., cuando las autoridades eclesiásticas asentadas en el Valle Central hubieron de prohibirla obedeciendo un edicto del Santo Oficio que la juzgaba «contraria a la norma teológica y a los principios morales de la fe católica».
Ha sido recién a finales del pasado siglo que la tradición de los antiguos pobladores fue restaurada bajo el impulso creativo de don Jesús, quien la adaptó a los nuevos tiempos reforzando algunas de sus connotaciones y asignándole otras nuevas. El rudimentario tallo de bambú fue sustituido por el «vinómetro», una suerte de ready-made aborigen consistente en una damajuana protegida por una cobija de mimbre y una caja de madera chapaca, un largo trozo de manguera -el «medidor»- y adosada a esta una cañita dorada que se inserta por el pico del recipiente, y que debe su brillo -aduce el inventor- al polvo de oro que la reviste, el cual es extraído en la molienda con la autorización de los duendes que administran el «Valle D’Vino».
La primera ceremonia, un 13 de mayo de 1999, atrajo inmediatamente la atención preocupada de los enólogos, quienes consideraron las modificaciones «revulsivas de los hábitos ancestrales en la degustación del vino», pero igualmente el interés del pueblo seglar, que, menos prejuicioso y mejor dispuesto a las novedades, no tardaría en descubrir los beneficios espirituales de la «práctica pagana». Han sido ellos, los habitantes del Valle, quienes se han movilizado para hacer posible el resurgimiento de un ritual que, remozado a capricho del estro poético del Duchamp de la región, se celebra cada año en sus bodegas bajo el nombre de «Vino por Metro» (denominación que aquel, por rendir honores al apellido, alterna con la de «Romería del Valle»).
Exactamente un año después de aquella ceremonia inaugural se realizó espontáneamente la primera procesión hacia el «Valle D’Vino», que, desde entonces, y bajo los auspicios de la alcaldía del municipio, es punto de confluencia de quienes acuden aquí desde otros departamentos, e incluso, habiéndose propagado la noticia a través de los medios de comunicación, de lugares tan impredecibles como Alemania y Líbano. Periodistas y sociólogos tarijeños que han venido a observar el evento estiman que estas manifestaciones llegarán a ser en breve plazo tan nutridas como aquellas que convoca en el mes de agosto la popularísima Virgen de Chaguaya.
Por mi parte, luego de un mes en lo que llama él su «teatro de operaciones», cada vez que don Jesús me hace su interlocutor me impongo el «alerta». Su destreza en el arte de pasar por ciertas historias que en boca de otros se nos harían inverosímiles, obliga exigir al máximo las facultades de la razón para sustraerse a la fuerza persuasiva de sus anécdotas (de otro modo, es de adivinar, se caería tan candorosamente en las sugestiones de su narrativa como Shahriar en las de Scheherazade). Estando así prevenido, cuando me refirió algunas del «Vino por Metro» el talento del fabulador no logró doblegarme. Sí lo haría, no obstante mis cautelas, la lectura de una carpeta que dejó en mis manos, donde los participantes consignan sus experiencias, a cuál más insólita, como la de un paceño que luego de beber dos metros de vino se armó de valor para proponerle matrimonio a su amiga (el párroco de la localidad estaba presente y ofició ipso facto la improvisada ceremonia). Transcribo, para botón de muestra, el testimonio de un viajante de comercio, el santafesino Marcelo Iriarte (recogido por el diario Clarín en diciembre de 2010):
«Los 46 años de mi vida han trascurrido entre penas y dolores; torturado por la angustia, deploraba mi destino y anhelaba un cambio radical. Ello acaba de suceder de una manera, diría yo, milagrosa. Durante un viaje al norte del país, el azar y una imprevista compañera de ruta, que hacía autostop a la salida de un pueblo de Salta, me condujeron hasta el Valle de la Concepción. Fue ella quien me convenció de prolongar el viaje hasta el “Valle D’Vino”, asegurándome que aquí iba a comenzar una nueva vida. Aunque no le creí una palabra, accedí a llevarla. Perdido ya en aquella “feria de maravillas” me sumé al grupo de inocentes. Y… ¡oh sorpresa! Tan pronto el creador del “vinómetro” me hizo tomar unos tragos de la manguera sentí que mi alma se colmaba de un sentimiento desconocido. Era una alegría inexplicable. No entendía nada, y, por cierto, no me interesaba entender qué estaba sucediendo. Solo lloraba de felicidad.»
Otros muchos testimonios que leí fueron limando mis resistencias. Conforme a ellos, los deseos que se piden en aquellas venturosas reuniones son invariablemente atendidos, si no de manera inmediata -el caso de Iriarte- con el correr de los días. El agnóstico que queda en mí aguarda, entre ansioso e inquieto, el próximo 13 de mayo para asistir al evento como testigo presencial; la otra parte, ya bastante corrompida por don Jesús y sus historias, hace votos a los duendes del lugar para que dispensen sus escrúpulos y hagan receptivo su propio deseo de ser arrastrado a ese mundo en que las fantasías se vuelven realidad.
