Walter Chavarría Rivera
Cada 12 de julio, fecha en la que Bolivia recuerda su nacimiento, el país tiene una nueva oportunidad para reconciliarse con una deuda histórica. Porque durante demasiado tiempo Juana Azurduy fue reducida a una nota al pie de página, cuando en realidad fue una de las principales protagonistas de la emancipación sudamericana.
La historia oficial fue escrita, durante siglos, desde una mirada profundamente masculina. En ella abundan generales, presidentes y caudillos, mientras muchas mujeres quedaron relegadas al papel de acompañantes. Juana rompió ese molde. No siguió a los ejércitos: los dirigió, hizo la guerra, conquisto la libertad con el filo de su espada aun sacrificando su propia vida y la de los suyos
Su historia conmueve porque no fue una heroína nacida en la comodidad del poder. Perdió a su esposo, Manuel Ascencio Padilla; sufrió la muerte de varios de sus hijos; conoció el hambre, la persecución y el destierro. Sin embargo, jamás abandonó la causa, siguió cabalgando.
Su grandeza fue reconocida incluso por quienes compartieron el campo de batalla. Manuel Belgrano, impresionado por su valentía, le entregó su espada y la ascendió al grado de Teniente Coronel, un reconocimiento extraordinario para la época. No fue un gesto de cortesía. Fue el reconocimiento de un liderazgo ganado en combate.
Pero Juana Azurduy no luchó sola. Su epopeya forma parte de una inmensa red de guerrillas que mantuvo viva la resistencia en el Alto Perú. Y es precisamente allí donde aparece la estrecha relación con Tarija.
Las montoneras tarijeñas, lideradas por Eustaquio «Moto» Méndez, Francisco Pérez de Uriondo, José María Avilés y otros patriotas, compartían una misma estrategia con las guerrillas de La Laguna organizadas por los Padilla. No existían las fronteras políticas que hoy conocemos; existía una sola causa: impedir que el dominio español sofocara el anhelo de libertad que recorría el sur del continente.
Tarija fue una pieza estratégica de esa resistencia. Sus valles y serranías sirvieron como corredores militares, refugio de patriotas y escenario de innumerables acciones guerrilleras. La historia regional no puede comprenderse sin esa articulación permanente con las fuerzas comandadas por Juana Azurduy. La independencia de Bolivia no fue la obra de una ciudad ni de un ejército regular; fue el resultado de una compleja alianza de pueblos que hicieron de la resistencia una forma de vida.
En sus filas había indígenas, mestizos, criollos y campesinos. Los unía un propósito superior: la libertad. En estos tiempos en que las divisiones políticas, regionales e ideológicas parecen profundizarse, su ejemplo recuerda que las grandes transformaciones nacionales sólo son posibles cuando existe un proyecto común que trasciende los intereses particulares.
No deja de ser una amarga ironía que quien entregó tanto terminara viviendo en la pobreza y muriera prácticamente olvidada. La República por cuya libertad luchó tardó muchas décadas en reconocer plenamente su legado. Ese olvido habla de nuestras propias limitaciones para valorar a quienes hicieron posible nuestra existencia como nación.
Hoy Bolivia comienza a corregir esa injusticia. Su figura ocupa el lugar que merece en la memoria nacional y continental. Sin embargo, el mejor homenaje sigue pendiente.
No basta con colocar flores frente a un monumento ni pronunciar discursos cada aniversario. El verdadero homenaje consiste en rescatar los valores que hicieron posible su gesta: la honestidad, la valentía, el sacrificio, la unidad y el profundo sentido del bien común; ejemplos a conservar.
Tarija tiene una responsabilidad especial en esa tarea. La historia regional está íntimamente ligada a aquella mujer que convirtió la adversidad en fortaleza y la esperanza en una nacion. Honrar a Juana Azurduy también significa reivindicar el papel decisivo que desempeñó el sur del Alto Perú en la independencia de Bolivia y transmitir esa memoria a las nuevas generaciones.
Y pocos ejemplos son tan luminosos como el de aquella mujer que, con un niño en brazos y una espada en la otra mano, desafió al imperio más poderoso de su tiempo para legarnos un país libre.
Mientras Bolivia siga creyendo en la libertad, Juana Azurduy continuará cabalgando sobre nuestra historia. No como una figura del pasado, sino como una conciencia permanente del futuro.
