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COYUNTURA – Las venas abiertas del Chaco: Aguarague y El Angosto

Escribe: Roberto Márquez

La geografía suele ensañarse con los pueblos, pero la desidia política suele ser aún más implacable. Durante casi un siglo, la conexión vial entre el valle central de Tarija y la Región Autónoma del Gran Chaco ha sido sinónimo de rutas de la muerte, promesas electorales rotas y una fractura interna que se asemeja más a una frontera que a una división administrativa. Hoy, frente al declive irreversible del modelo rentista del gas, esta vía ya no es un simple anhelo de asfalto: es la condición sine qua non para salvaguardar la unidad departamental y garantizar la supervivencia económica y social de Tarija.

Si las carreteras son las arterias de un territorio, la deficiencia de las rutas tarijeñas está provocando un colapso sistémico. El aislamiento histórico entre el valle y el Chaco no solo encarece los fletes del transporte; ha cavado una fosa de distanciamiento político y social que pone en jaque la integridad departamental. Una Tarija verdaderamente unida exige que sus ciudadanos circulen bajo condiciones de seguridad, rapidez y dignidad. En ese sentido, consolidar la infraestructura hacia el Chaco es la única forma de suturar una herida histórica.

Dentro de este marco geoestratégico, la construcción del Túnel del Aguaragüe se consolida como la prioridad vial del departamento. El proyecto, que contempla una longitud de 1,2 kilómetros entre los puntos neurálgicos de Campo Pajoso y Caraparí, prevé una inversión superior a los 50 millones de dólares. Su propósito es tan elemental como urgente: modernizar el corredor comercial del sur y suprimir de raíz la vulnerabilidad y los siniestros viales que caracterizan al actual paso por la cumbre.

El impacto del Aguaragüe trasciende lo local; es la llave maestra para conectar de forma competitiva a Bolivia —y a Tarija en primera línea— con los mercados de Argentina, Paraguay y Chile. Tras ser declarado prioridad nacional mediante decreto supremo, la Administradora Boliviana de Carreteras (ABC) y el Servicio Nacional de Áreas Protegidas (SERNAP) trabajan contra reloj en la actualización de los estudios técnicos y ambientales. El norte inmediato es obtener la licencia ambiental definitiva, un requisito indispensable para viabilizar el financiamiento internacional, con la mirada puesta en la CAF.

Sin embargo, el desarrollo sostenible y la reactivación económica del departamento demandan soluciones estructurales, no parches aislados que solo dilatan las crisis. Por ello, la mirada estratégica debe volcarse hacia El Angosto de Villa Montes, esa mítica y peligrosa ruta abierta en 1928 que bordea el río Pilcomayo bajo la constante amenaza de fallas geológicas y derrumbes estacionales. En este tramo crítico, la ABC y el Fondo para el Desarrollo y la Cooperación (EDCF) de Corea del Sur evalúan un ambicioso rediseño de 10,5 kilómetros que proyecta resolver la inestabilidad de los taludes mediante la construcción de cuatro túneles y cinco viaductos, requiriendo una inversión estimada de 160 millones de dólares. Ante la magnitud de la obra, el autotransporte y las instituciones locales no exigen un favor, sino un acto de estricta justicia económica: que este proyecto reciba de inmediato el rango de prioridad nacional para blindar su viabilidad presupuestaria.

A este circuito estratégico se suman piezas clave que actúan como verdaderos multiplicadores económicos. El tramo Palos Blancos – Villa Montes funciona como el auténtico cordón umbilical logístico que abastece y conecta la producción del valle central chapaco con las tierras bajas del Chaco. Sin embargo, su relevancia trasciende el intercambio interno: este eje es el cimiento para la consolidación definitiva del Corredor del Sur. Hablamos de una red vial que enlaza de manera directa y fluida los pasos fronterizos hacia Argentina (Yacuiba/Pocitos) y Paraguay (Cañada Oruro/Infante Rivarola), transformando al departamento en un puerto seco neurálgico y una plataforma de exportación obligada hacia el Mercosur. abriendo para Tarija una ventana de competitividad sin precedentes hacia el Atlántico.

En el tablero geoestratégico de nuestra supervivencia, la alianza eterna entre el valle central y la llanura chaqueña es la única fuerza capaz de sustituir la vieja dependencia del gas. Estamos unidos por un destino común: Tarija halla en la frontera chaqueña su proyección continental hacia el Mercosur, y el Chaco abraza en el suelo chapaco el latido de un departamento unido.

Que las tensiones políticas y las promesas de escritorio no confundan nuestro horizonte; la unidad de Tarija no es un concepto teórico, es una verdad material que se grita perforando la indomable roca del Aguaragüe y desafiando con temple de acero los precipicios de El Angosto. Esa conectividad real es la herencia de dignidad que le debemos a las futuras generaciones, la piedra angular de un desarrollo verdaderamente sostenible. Tolerar el abandono de estas rutas es aceptar la fragmentación de nuestra propia alma regional. El tiempo de la postergación se ha terminado. Con la mirada fija en el futuro y la frente en alto, el Chaco y Tarija marchan juntos, porque un pueblo que conoce su valor no se resigna jamás a vivir en las sombras del aislamiento.

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