InicioEditorialGasolina que cuesta caro… el silencio que también daña

Gasolina que cuesta caro… el silencio que también daña

En Tarija, el transporte público y privado se ha convertido en el termómetro más sensible de una crisis que ya no admite evasivas: la calidad de la gasolina que se comercializa en el país. Lo que comenzó como un murmullo entre choferes por fallas repetidas hoy es una denuncia extendida que golpea motores, bolsillos y confianza. Frente a esta realidad, la pasividad no es una opción. El transporte tarijeño y la sociedad civil están llamados —con urgencia— a tomar posición.

No se trata de percepciones aisladas. Talleres mecánicos reportan un incremento inusual de inyectores obstruidos, bombas dañadas, pérdida de potencia y consumo excesivo. Transportistas de líneas urbanas, taxistas y conductores particulares coinciden en un diagnóstico preocupante: la gasolina no rinde, no cuida los motores y encarece la operación diaria. Cuando el combustible deja de cumplir su función básica, el daño se multiplica en cadena: mantenimiento más frecuente, mayor gasto, tarifas presionadas al alza y un servicio que inevitablemente se deteriora.

En este escenario, la responsabilidad recae en quien monopoliza la importación, distribución y comercialización del carburante: YPFB. El rol estratégico de la empresa estatal exige estándares técnicos rigurosos, controles transparentes y explicaciones claras. Sin embargo, lo que predomina es la ausencia de información verificable y una comunicación que no disipa dudas. Cuando el Estado administra un bien esencial, la opacidad no es un error menor: es una falta que afecta directamente a la economía cotidiana de miles de familias.

El silencio institucional se vuelve más grave cuando no encuentra contrapeso social. El transporte tarijeño, históricamente organizado y con capacidad de movilización, no puede limitarse a la queja informal. Es momento de exigir auditorías independientes de calidad, publicación de fichas técnicas, pruebas de octanaje y trazabilidad del combustible que llega a las estaciones de servicio. No para confrontar por confrontar, sino para defender una herramienta de trabajo que es, además, un insumo estratégico para la región.

La sociedad civil tampoco puede mirar de reojo. Universidades, colegios de ingenieros, asociaciones de consumidores y juntas vecinales tienen la capacidad técnica y moral para acompañar una demanda legítima: gasolina que cumpla normas, cuide los vehículos y no castigue el ingreso de la gente. Callar hoy es aceptar que el costo del problema se traslade al ciudadano común mañana.

Tarija no pide privilegios. Exige calidad, transparencia y responsabilidad. El combustible de mala calidad no solo daña motores; erosiona la confianza pública y profundiza la sensación de indefensión. Tomar posición es un deber cívico.

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