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El riesgo de soltar el ancla sin flotador

En medio de la incertidumbre económica que atraviesa Bolivia, la posibilidad de que el nuevo gobierno decida liberar el tipo de cambio del dólar estadounidense se asoma como una medida que podría tener consecuencias profundas, tanto en el corto como en el mediano plazo. Sin embargo, hacerlo sin contar con suficientes reservas internacionales ni con un respaldo financiero sólido sería equivalente a soltar el ancla de un barco en medio de una tormenta, sin flotador ni dirección clara.

Durante casi dos décadas, el tipo de cambio fijo ha sido uno de los pilares de estabilidad macroeconómica en Bolivia. Su mantenimiento permitió controlar la inflación y brindar certidumbre a la población y a los sectores productivos. No obstante, esa estabilidad tuvo un costo: un uso intensivo de las reservas internacionales para sostener la oferta de divisas y un creciente desequilibrio entre el valor oficial y el real del dólar en el mercado paralelo.

Liberar el tipo de cambio, en teoría, podría corregir estas distorsiones. Sin embargo, sin reservas suficientes, el país quedaría expuesto a una fuerte devaluación y a un proceso de ajuste doloroso. Los precios de los productos importados —desde los combustibles hasta los alimentos— se dispararían, generando presiones inflacionarias inmediatas. El poder adquisitivo de los salarios caería y la incertidumbre podría desencadenar un proceso especulativo, con fuga hacia activos refugio y una posible contracción del consumo interno.

Además, sin el respaldo de reservas internacionales o de líneas de crédito externo, el Banco Central quedaría prácticamente sin herramientas para contener la volatilidad. En ese escenario, el mercado definiría el valor del dólar según la percepción de riesgo, y esa percepción, en un contexto de debilidad fiscal y desconfianza, podría ser muy negativa. El resultado sería una pérdida de confianza en la moneda nacional y una espiral inflacionaria difícil de revertir.

El desafío para el próximo gobierno no consiste únicamente en decidir si liberar o no el tipo de cambio, sino en crear las condiciones para que una medida de esa magnitud no derive en un colapso financiero. Ello implica reconstruir reservas, negociar financiamiento externo, y sobre todo, devolver credibilidad a la política económica.

Bolivia necesita sincerar su modelo cambiario, pero también necesita hacerlo con responsabilidad. Soltar el ancla sin un plan de flotación sería una apuesta temeraria, que podría hundir no solo la estabilidad de precios, sino también la confianza en el futuro económico del país.

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