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El Dios creador y el hombre libre frente a la naturaleza y el poder sobre ella

Por: Eduardo Claure

La primera promesa que escuchamos de la Biblia acerca del hombre es la de su creación para imagen de Dios. ¿Qué quiso decirse con ello, y qué significa esto hoy? “Creó Dios el hombre a imagen suya; a imagen de Dios le creó” (Gén. 1,27). Eso significa en primer lugar: el hombre es una criatura de Dios, como lo son también todas las demás criaturas. Estas son criaturas al igual que él y junto con él. El no es dios de ellas y, viceversa, ni la “madre naturaleza” ni el “padre estado” son dios de él. Entre Dios y la nada existe el hombre junto con todos los demás seres, como creación del beneplácito divino. Una solidaridad lo abarca a él junto con la naturaleza. Esta fe de la creación posee una fuerza critico-liberadora si se la toma en serio. Los dioses y daimones desaparecen del mundo, al cual se lo asume como creación del Dios trascendente. De este modo se priva también de base de autodivinización del hombre, a la política cesariana, al nacionalismo y al fetichismo armamentista. El hombre divino no existe. El hombre humano no es ni “dios para el hombre” ni “lobo para el hombre”, sino que se sabe criatura del Dios libre a una con las demás criaturas. Al igual que ellas, él ha sido llamado también de lanada a la existencia finita. Eso significa en segundo lugar: de entre todas las criaturas, sólo el hombre es creado y destinado para imagen de Dios en la tierra. La imagen o semejanza es algo que se corresponde y debe corresponderse con Dios mismo. En su semejanza quiere el estar él mismo presente en la tierra. Su semejanza será su representante y actuará en nombre suyo. En su imagen se lo encontrará a él mismo y se experimentará su bondad.
La fe de la creación considera a todo como creación divina, pero al hombre como imagen de Dios. Esto denota la posición privilegiada del hombre en el cosmos. Las cosas y los animales son lo que son. El Hombre, sin embargo, es un espejo de aquello que él teme y ama por encima de todas las cosas. Podrá ser espejo de sus intereses corporales, espejo de su sociedad, espejo de sus propias obras y funciones sociales; pero siempre será un espejo de aquello que ama y teme. Eso es lo que constituye su posición ex – céntrica. El destino del hombre para imagen de Dios indica que lo que el hombre es, no puede aflorar en la factualidad ya existente, sino que la infinita distancia entre el creador y su creación determina también al hombre para una libertad infinita frente a todas las cosas y estructuras finitas, y frente a su propia realidad. La dignidad del hombre consiste en haber sido dignificado con esta correspondencia. Y su miseria consiste en que, desde el momento en que olvide su trasfondo trascendente, tendrá que aguardar o temer de las cosas finitas lo infinito, y de las estructuras terrenas y humanas lo divino. “Aquello en lo que pongas tu corazón, eso será tu Dios”, dijo con razón Lutero en el Gran Catecismo. “Quién se mira a sí mismo, no da luz”, dice un proverbio chino.
La fe en el destino o determinación del hombre para imagen de Dios encuentra su apoyo en la prohibición de imágenes que el antiguo testamento formula. El Hombre no se hará escultura ni imagen alguna de Dios “ni de lo que arriba en los cielos, ni de lo hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra” (Ex 20,4), porque él y sólo él ha de representar la imagen y figura de Dios en la tierra. Según la cosmovisión de las religiones figurativas paganas, el mundo entero guarda un parentesco divino. De ahí que, por todas partes, tanto en la naturaleza como en la historia, exista la posibilidad de abrir una “ventana” hacia lo divino. Porque “todo lo pasajero es tan solo un parecido”. La prohibición veterotestamentaria de fabricar imágenes le quita al hombre esta posibilidad. El mundo es la creación buena de Dios, pero no su imagen. En su destino para imagen de Dios, el hombre no puede dejarse sustituir por ninguna otra cosa. La prohibición de imágenes ampara pues la libertad de Dios frente a su creación, y a la vez también la libertad del hombre frente al mundo.
Con la puesta en práctica de esta distinción entre Dios y mundo, desaparecieron del mundo todos los seres semitrascendentes que habían de mediadores. Únicamente el hombre ha sido llamado para la mediación entre el Dios trascendente y el mundo inmanente. Pero, ¿quién es el hombre? La idea de que el rey es semejanza de Dios e hijo de Dios, siempre ha existido tanto entre los faraones, como en los reyes-soles absolutistas, o entre los dictadores modernos. En la historia de la creación, sin embargo, esta ideología regal pasa en cierto sentido a “democratizarse”. No es un rey sino el hombre, cada hombre y todos los hombres juntamente, quien ha sido destinado para imagen de Dios en la tierra. De nuevo, la fe en este desino y dignidad del hombre tiene una función eminentemente crítica. Prohíbe la divinización del soberano, del caudillo y del genio. Infunde al hombre la libertad de esta misión. Le hace imposible la divinización de su nación, de su pueblo, de su sociedad y de su raza. “No te harás escultura ni imagen alguna”; frase ésta que tiene validez precisamente en lo que respecta a la política plurinacional, de razas, donde tantas veces se dan cita la ambición desmedida, los apetitos más bajos, las injusticias más perversas y la sumisión irresponsabilizada de hordas ignaras.
La idea de semejanza divina significa por fin: “Someted la tierra” (Gen 1, 28). Los hombres dominarán la creación de Dios trabajándola, no explotándola ni destruyéndola. Esta idea fue concebida en una época en que las posibilidades del hombre eran escasas y la naturaleza dominaba incomprensible sobre él. Sólo tras el esclarecimiento científico de la naturaleza y el dominio técnico del mundo, irán los hombres ocupando cada vez más esta posición. Su poder va creciendo casi ilimitadamente. Pero quien adquiere poder, se hace también responsable de uso del poder. La idea de semejanza divina vincula a la libertad frente al mundo con la responsabilidad por un mundo ante la naturaleza, ante la humanidad, ante Dios. El problema hoy día no es ya el de adquirir poder sobre la naturaleza, depredarla y destruirla. Pero usar de este poder en responsabilidad por la naturaleza y por el futuro humano, ése si es el problema del presente, tan frágil en sus equilibrios ambientales, climáticos, ecológicos y toda la biodiversidad. El poder técnico se ha hecho universal y más aún el poder político e ideológico, pero las instancias responsables de los hombres han permanecido en las fronteras de lo racional e irracional, lo hemos comprobado estos dos decenios de proceso de cambio. La idea de la semejanza divina del hombre, del boliviano -reserva moral de la humanidad, que no había sido tal- exige hoy día, por consiguiente, la resuelta superación de las fronteras hipernacionalistas, clasistas y racistas, y la construcción de una sociedad boliviana más humana en la que pueda sentirse esa responsabilidad del poder asumido, por ejemplo, frente a La Madre Tierra, la tal Pachamama, los pueblos indígenas de tierras bajas, valles, tierras altas, de la rica biodiversidad y del pueblo boliviano todo.

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