Por: Juan Pablo Arandia Velasquez
En los últimos años, Tarija ha visto surgir un fenómeno peculiar: grupos de jóvenes autodenominados “disciplinados” que adoptan las enseñanzas del célebre y profundamente cuestionable libro (El Club de las 5 AM) de Robin Sharma. A simple vista, parecen promotores del desarrollo personal, de la superación y de la filosofía de vida proactiva. Sin embargo, una mirada filosófica y crítica revela que estos grupos no son más que una versión mercantilizada del pensamiento estoico, una burda caricatura del autocuidado, y un peligroso espejismo para la juventud.
El fetichismo del horario: ritual vacío y simulacro de virtud
El principio fundamental del Club de las 5 AM levantarse temprano como vía al éxito ha sido convertido en una especie de dogma ritualista por estos grupos. Pero despertarse a las 5 AM no es en sí una virtud, como tampoco lo es seguir un horario por imposición externa. Desde la filosofía clásica, particularmente desde Sócrates hasta Kant, la virtud radica en la intención racional, no en la repetición ciega de conductas. Levantarse temprano sin un propósito claro, sin reflexión, sin autoconocimiento, no es disciplina, sino alienación. Esta práctica, vendida como solución universal, ignora la diversidad de contextos personales, sociales y económicos. Es una fórmula vacía que privilegia la forma sobre el contenido. Como diría Kierkegaard, “la repetición sin conciencia es el síntoma de una vida no vivida”.
La distorsión de la realidad: positivismo tóxico y negación del conflicto
Estos grupos promueven un discurso de falsa positividad: “todo se puede con disciplina”, “la pobreza es mental”, “el éxito es cuestión de actitud”. Esta narrativa distorsiona brutalmente la realidad social de Tarija y de Bolivia. No todo se reduce al esfuerzo individual. Hay estructuras de exclusión, desigualdad, discriminación, violencia sistemática, que no desaparecen con afirmaciones motivacionales. Este tipo de pensamiento cae en lo que la filosofía contemporánea, especialmente Byung-Chul Han, ha denunciado como la trampa de la autoexplotación: el sujeto neoliberal se convierte en su propio carcelero, repitiendo mantras de éxito mientras se desmorona por dentro. Esta ideología no libera, oprime. No ilumina, enceguece.
El pseudoestoicismo como maquillaje intelectual
Muchos de estos grupos se autodenominan “estoicos modernos”, pero lo suyo no es estoicismo, sino una parodia superficial. El estoicismo original —de Epicteto, Séneca, Marco Aurelio— es una ética del deber, de la aceptación racional del destino, de la sobriedad emocional. No es una receta para el éxito empresarial ni un eslogan para vender agendas o mentorías. Estos jóvenes han convertido una profunda filosofía de vida en un accesorio de Instagram. Usan frases estoicas como mantras, pero sin comprender su contexto ni su profundidad. Pretenden “controlar lo que depende de uno”, pero su conducta está más cerca del coaching vacío que de la sabiduría milenaria. Como advertía Marco Aurelio: “Muy poco se necesita para llevar una vida feliz; todo está dentro de ti, en tu forma de pensar”. Pero ellos lo reducen a una estrategia de marca personal.
Tarija no necesita más falsos profetas
En un momento donde la juventud necesita pensamiento crítico, compromiso ético y acción comunitaria, estos grupos ofrecen espejismos, atajos, respuestas simples a problemas complejos. Se erigen como líderes, mentores, “despiertos”, cuando en realidad sólo reproducen las lógicas del mercado y la autoexplotación. Tarija no necesita más gurús de cartón, más falsos profetas que predican desde un pedestal de privilegio y descontextualización. Necesitamos pensadores, no replicantes. Necesitamos comunidad, no culto al ego. Como escribió Nietzsche, “no hay hechos eternos, como no hay verdades absolutas”, pero estos grupos se presentan como portadores de la única vía al “éxito”.
El falso sentimiento de superioridad: una élite imaginaria
Uno de los efectos más nocivos de estos grupos es el sentimiento de superioridad que cultivan bajo la apariencia de humildad. Se repiten entre sí frases como “mientras vos estás en tu cama, yo estoy trabajando por mis sueños”, como si madrugar fuese sinónimo automático de virtud, compromiso o sabiduría. Esta mentalidad no busca la mejora personal, sino la validación social mediante la comparación constante. Es una forma de narcisismo disfrazado de disciplina, una autocomplacencia moral que divide el mundo en despiertos y dormidos, en ganadores y fracasados. Pero esta superioridad no nace del conocimiento ni del sacrificio real, sino de una ficción que alimenta el ego mientras ignora las complejidades del mundo real. En vez de inspirar, excluye. En vez de construir comunidad, reproduce jerarquías imaginarias. “Todo poder que no se basa en el conocimiento es tiranía disfrazada”, decía Platón.
La falacia de la utilidad: el hacer por el hacer
Otro pilar problemático del Club de las 5 AM es su obsesión con la utilidad permanente: toda actividad debe ser “productiva”, toda hora debe ser aprovechada, cada momento debe sumar al “éxito”. Esta mentalidad cae en lo que podríamos llamar la falacia de la utilidad: la creencia de que el valor de una acción se mide únicamente por su rendimiento cuantificable. Se desprecia el ocio, la contemplación, el silencio, el descanso. Se olvida que muchas de las ideas más profundas, las obras más trascendentales, nacieron de la pausa, del aburrimiento incluso. La vida humana no puede reducirse a un tablero de eficiencia. Pretender que toda hora tenga un “uso” inmediato es negar la profundidad de la existencia. Es convertir al ser humano en una máquina de tareas, no en un sujeto de sentido. Como defendía Aristóteles en Ética a Nicómaco, la skholé (ocio contemplativo) era condición del pensamiento elevado y de la verdadera libertad.
En conclusión despertar a las 5 AM no es despertar realmente si uno vive dormido en la conciencia, si repite sin pensar, si sigue modelos vacíos. La verdadera revolución no está en la hora en que uno se levanta, sino en la profundidad con la que uno vive. Tarija merece una juventud crítica, despierta de verdad, que cuestione, que piense, que actúe con raíz ética y no con marketing espiritual. Como decía Simone Weil: “La atención es la forma más rara y pura de generosidad”. Lo que necesitamos no es más ruido, sino más conciencia.
