Escribe: Roberto Márquez
Que la salud pública esté en crisis ya no sorprende a nadie en Bolivia, pero el panorama cambia cuando se constata la evidencia física del abandono criminal que sufrió el Hospital Regional San Juan de Dios (HRSJD). La indignación expresada este fin de semana por el ministro Mauricio Zamora ratifica formalmente la histórica denuncia del pueblo chapaco, de su personal de salud: el principal centro médico de Tarija fue víctima de una estrategia sistemática de asfixia, desmantelamiento y absoluto desprecio por la vida humana.
Activada por instructivo directo del presidente constitucional de la República, Rodrigo Paz Pereira, la inspección del ministro junto a la gobernadora Nené Soruco y el director del nosocomio, Dr. Paul Castellanos, representa un quiebre político fundamental para Tarija. Este encuentro entierra de forma definitiva el «peloteo» de competencias y el autismo institucional que marcaron el destructivo abandono del exgobernador próximo pasado. La articulación real entre el Gobierno central, la gestión departamental, los municipios y las organizaciones sociales sepulta esa vieja y perversa fórmula de confrontación que priorizaba el rédito político mientras los pacientes sufrían el colapso en los pasillos.
El velo de aquella gestión se ha caído para revelar una cruda realidad. La narrativa de que el hospital era insalvable y debía ser demolido fue la coartada perfecta para justificar un desahucio planificado. La desidia llegó al extremo de negar fondos para el mantenimiento básico, dejando correr el agua de los baños día y noche sin control, mientras se archivaban respiradores vitales en la UTI y se desmantelaban las áreas de pediatría y neonatología para forzar una mudanza precaria al Materno Infantil. Esto no fue un problema de gestión; fue una muestra de indolencia institucional.
Hemos sido testigos de una misma patología del poder orientada a la destrucción. De la misma forma en que Morales asfixió el sistema de salud pública tras casi dos décadas en el poder y un bloqueo de oxígeno de más de cincuenta días, Montes implementó en Tarija una estrategia de tierra arrasada, sentenciando a muerte al San Juan de Dios por la simple incapacidad de gobernar con empatía ante la enfermedad de su pueblo.
Contra la inercia del desprecio, el rescate del hospital surge hoy como un imperativo técnico y moral. La historia misma desmiente el mito de la ruina irrecuperable: la planta física del nosocomio, ejecutada en los años 80 bajo estándares internacionales de CBI y Trovato Poliequipos, posee una estructura antisísmica de hormigón tan noble que representa un activo patrimonial impagable en la actualidad. La verdad ha quedado al desnudo: las bases del San Juan de Dios siguen intactas. Lo único que colapsó fue la lucidez de una gestión que prefirió dejar taponadas y en el abandono las arterias vitales del centro médico para justificar su desahucio.
Trazada la ruta crítica, el rescate del hospital pasa de las palabras a la obra. El Hospital Materno Infantil asumirá el rol de socio logístico perfecto del San Juan de Dios, abriendo las áreas necesarias para que los técnicos de ambos niveles del Estado inicien las mejoras de fondo. La sustitución de techos, cableados obsoletos y ductos médicos se ejecutará de forma secuencial; una restauración modular que devolverá la dignidad a este patrimonio vivo de los tarijeños, demostrando que se puede reconstruir la salud pública sin necesidad de apagar los motores del nosocomio ni comprometer la vida de su gente.
Al final del día, la gran lección que nos deja este giro de timón es que la historia de un pueblo no se demuele por decreto ni se borra con la desidia de quienes confunden administrar con abandonar. Bolivia no se reconstruye con dinamita ni con la indolencia de una autoridad frente a la pantalla mirando planillas de Excel que ignora la salud y la enfermedad. Se reconstruye con la sinergia democrática manifestada, donde el esfuerzo conjunto entre el Gobierno nacional, la administración departamental y sus profesionales de salud ha sepultado la soberbia. El Hospital San Juan de Dios no es un activo obsoleto en liquidación; es el corazón civil de la capital chapaca. Hoy se queda, se defiende y se reconstruye, porque la dignidad de un pueblo se mide, irremediablemente, por la forma en que sana a sus enfermos y se defiende su patrimonio.
