El ajuste inevitable
Escribe: Roberto Márquez
Durante casi dos décadas, el país fue gobernado bajo los postulados del llamado Socialismo del Siglo XXI. Evo Morales como líder político y Luis Arce Catacora como responsable de la conducción económica administraron la mayor bonanza de ingresos de la historia nacional. Esa coyuntura excepcional ofrecía una oportunidad irrepetible para diversificar la economía, fortalecer las reservas y preparar al Estado para el fin del ciclo favorable. Nada de eso ocurrió.
La historia económica de Bolivia recordará los últimos veinte años como la era de la gran simulación. Mientras el circulo Evo Morales-Luis Arce dilapidaba la mayor bonanza de nuestra historia, se construía un relato del «milagro» que hoy, ante la crudeza de las cifras, se revela como un simple proceso de liquidación de nuestros recursos. Las recientes medidas adoptadas por el Gobierno Democrático de Rodrigo Paz no son el origen de la crisis, sino el torniquete de emergencia para salvar a un paciente que fue entregado en terapia intensiva.
Es necesario que la ciudadanía comprenda la magnitud del daño heredado. Durante casi dos décadas, el país no fue gobernado con criterios de sostenibilidad, sino con una lógica de «clientelismo energético». El subsidio a los
hidrocarburos —esa bomba de tiempo que finalmente explotó— no fue una política social, sino un mecanismo para comprar una paz social ficticia mientras el Estado se desangraba.
Y El exministro y expresidente Luis Arce Catacora, presentado por años como el «cerebro» del modelo, resultó ser el administrador de un dispendio y despilfarro sistemáticos. Se prefirió quemar miles de millones de dólares en sostener precios irreales antes que invertir en exploración petrolera o diversificación productiva. El resultado es el país que recibió la administración de Paz: sin reservas, con una matriz energética agotada y una economía basada en la mentira.
El valor de la verdad económica: El ajuste que hoy implementa el presidente Rodrigo Paz es, ante todo, un acto de honestidad política. Es comprensible la angustia de las familias ante el alza de precios, pero la alternativa era el abismo. Sostener la ficción económica por unos meses más nos habría conducido a un escenario de hiperinflación y desabastecimiento total, similar al de las peores crisis que ha vivido Bolivia y la región sudamericana.
Bolivia no necesita más consignas ideológicas; necesita responsabilidad fiscal. El verdadero «neoliberalismo» —en su peor acepción de irresponsabilidad— fue el del MAS: usar el dinero de todos para financiar una campaña política eterna, hipotecando el futuro de las próximas generaciones.
Resulta imprescindible no diluir responsabilidades. Morales y Arce Catacora no son actores ajenos a esta crisis. Son responsables centrales de un “modelo social comunitario” que priorizó el consumo inmediato sobre la sostenibilidad, el subsidio sobre la inversión productiva y el relato político sobre la previsión económica. Gobernaron con recursos extraordinarios y dejaron un Estado vulnerable.
Mirar hacia adelante sin negar el pasado
El ajuste no debe idealizarse. No es popular ni suficiente por sí solo. Pero negarlo o revertirlo sería insistir en un camino que ya demostró su fracaso. El verdadero daño no está en sincerar precios, sino en haber sostenido durante demasiado tiempo una ficción económica.
Bolivia necesita hoy menos consignas y más responsabilidad. Menos cuento y más honestidad. La estabilidad no se construye con negación ni con subsidios insostenibles, sino con decisiones difíciles asumidas a tiempo.
El debate de fondo no es si el ajuste duele. Es: ¿por qué se dejó llegar a este punto cuando todavía había margen para hacerlo de otra manera?. Esa pregunta sigue pendiente y no puede ser ignorada.
Bolivia no enfrenta hoy una crisis coyuntural. Enfrenta las consecuencias de veinte años de populismo económico, despilfarro sistemático y negación deliberada de la realidad.
Las medidas económicas recientes no son el origen del problema. Son el resultado final de un modelo que se sostuvo sobre la falsedad y la ficción, el gasto sin respaldo y la manipulación política del bolsillo ciudadano. El llamado Socialismo del Siglo XXI, administrado por Evo Morales y ejecutado técnicamente por Luis Arce Catacora, no fue un proyecto de desarrollo, fue un proyecto de consumo, de dispendio, dilapidación financiada por una bonanza irrepetible y despilfarrada.
Nunca hubo “milagro económico”. Hubo precios internacionales altos, una chequera abundante y una dirigencia incapaz —deshonesta— que prefirió comprar lealtades antes que construir sostenibilidad.
El subsidio a los combustibles fue la expresión más grotesca de ese fracaso: miles de millones de dólares quemados literalmente para sostener un precio ficticio, mientras el contrabando florecía y el Estado se vaciaba. No era política social; era clientelismo energético.
Los bolivianos hemos constatado que el populismo masista no elimina costos. Los esconde, los posterga y luego los entrega como una bomba de tiempo al siguiente gobierno o a la siguiente generación. Aquí queda expuesto otro mito del Socialismo del Siglo XXI: que toda corrección es neoliberal. Falso. Lo verdaderamente neoliberal fue usar al Estado Plurinacional como caja política sin responsabilidad fiscal, hipotecando el futuro de los bolivianos y bolivianas para sostener el presente.
Bolivia no necesita más mentiras. Necesita verdades; responsabilidad y firmeza.
