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COYUNTURA – EDGAR ÁVILA ECHAZÚ: LA PALABRA COMO DESTINO Y RESISTENCIA

Por: Roberto Márquez

Hay hombres que parecen contener en su biografía el siglo entero que les tocó habitar. Don Edgar Ávila Echazú fue, sin duda, uno de ellos. Este marzo mes que recuerda su partida nos obliga a reflexionar sobre esa estirpe de intelectuales que, lejos de las torres de marfil, supieron mancharse los zapatos con el barro de la historia y la sangre de las luchas sociales.

Hijo de la reforma y la universidad. Nació en 1930 en Tarija y la guerra le pasó por encima rumbo al Chaco – su padre, Federico Ávila, fue otro referente cultural y fundador de la Universidad Juan Misael Saracho – Edgar, se desenvolvió pronto entre el papel y la tinta, escribiendo, versando, investigando y transmitiendo conocimiento, para después saltar a las pinturas.

Desde los días de la Revolución Nacional, donde el cuerpo le reclamó el precio de sus convicciones, hasta su madurez como custodio de la lengua y la historia, su vida fue un ejercicio de coherencia. No se puede entender a la Tarija moderna sin pasar por sus doce volúmenes de investigación histórica; no se puede sentir el alma chapaca sin leer la poesía que brotaba de su «memoria de la tierra».

Formado entre los pinceles de la Academia de Bellas Artes y la pedagogía en su amada Universidad Juan Misael Saracho, Edgar fue un constructor de puentes. Su obra, que empezó a brotar en la década de los 60 con títulos como Habitante fugitivo; Revolución y cultura en Bolivia, ya destilaba ese compromiso social que lo llevaría a fundar, junto a «Motete» Zamora y Federico Escobar Zapata, el PCML, Partido Comunista Marxista Leninista en las minas de Siglo XX. No era una izquierda de salón; era una convicción de valores humanos de dignidad, justicia y libertad que le costó el encierro en la Isla de Coaiti, Viacha y Achocalla tras el golpe de Banzer, y un periplo de exilios por Buenos Aires, Madrid y París.

Lo que hacía a Don Edgar «un hombre dialécticamente formado, no dogmático», Tenía la solvencia para discutir a Conrad y Stevens con Augusto Céspedes en Italia, o para acompañar a su íntimo amigo Jaime Sáenz en las últimas revisiones de El Escalpelo mientras compartían discos de jazz. Esa apertura mental le permitió, años después, ocupar la Silla «C» de la Academia Boliviana de la Lengua con un discurso sobre la creación literaria que aún resuena por su vigencia.

Género Obras Destacadas
Poesía: Habitante fugitivo, Memoria de la tierra, Elegía para Jaime Sáenz.
Novela: Belinos, Cantar en las tinieblas, Ceniza del viento.
Historia: Historia de Tarija (Obra magna de 12 estudios).
Ensayo: Revolución y cultura en Bolivia, Resumen de la literatura boliviana.

Su mirada sobre Tarija era única. No se conformó con la exaltación fácil del «folklorismo» chauvinista, patriotero o nacionalista. Como crítico agudo, prefería la musicalidad de un Alberto Rodo Pantoja o la narrativa de un Sánchez Rosset antes que la repetición de moldes vacíos. Su magna Historia de Tarija (1992) es el resultado de esa pasión por desentrañar quiénes somos, más allá del estereotipo.

Hoy, ese legado de lucidez y humildad permanece en sus hijos e hijas —Diego, Miguel, Ilsen y Guiomar—, y sus nietos quienes hoy continúan la senda de liderazgo y compromiso que Don Edgar sembró con tanto esmero.

Don Edgar se fue aquel lunes de Carnaval de 2022, cerrando un ciclo vital a los 91 años con la misma elegancia con la que escribía sus versos.
Vaya este homenaje al maestro, al compañero, al amigo, al camarada.

Su pluma ya es parte eterna de la tierra que tanto amó. Don Edgar Ávila Echazú vive en cada página de la Historia de Tarija y en cada verso que le dedicó a su tierra. Su vida fue, en sí misma, una obra de arte de resistencia y sabiduría. Su legado monumental sigue guiando a las nuevas generaciones.
Tarija lo abraza en cada libro, en cada verso y en cada rincón de esta tierra chapaca que él tanto amó y dignificó.

¡GLORIA Y HONOR A DON EDGAR ÁVILA ECHAZÚ!

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