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Conocerse y reconerse en Jesús

(Con el Redentor todo se robustece, abandonándose en las manos inequívocas
del Padre y a la fibra del Espíritu. Él es el níveo aire de un mundo
viciado, dispuesto a redimirnos con su hacer y a deshacerse de aquellas
túnicas que nos ensombrecen. Nos merecemos, gracias a la providencia
celeste, el parpadeo resplandeciente de la alborada).





I.- NO PECAR DE IGNORANCIA



La luz de Cristo nos bañó de entusiasmo,

nos puso en camino de una gran estrella,

y así nos hizo un porvenir lleno de vida,

concentrado en mil corrientes expresivas,

que nos transfiere a ir unidos a los demás.



Su lozanía nos llama al cultivo del amor,

al encuentro fértil y a la misión del ser,

al servicio fecundo y a la cesión del yo,

a soltar caprichos y a tomar conciencia,

de estar en asistencia para no ausentarse.



Somos el hoy de Dios, el momento justo,

el instante preciso y precioso de vernos,

de observarnos y así lograr reconocernos,

para poder acercarnos al lenguaje divino,

uniendo pausas y pulsos que concuerden.



II.- CON NOSOTROS SIEMPRE



El que nos sana y nos consuela nos ama,

cohabita en todo tiempo y lugar el Señor,

vive y permanece en nosotros cada ciclo;

recubierto de perpetua luz nos revitaliza,

y se hace itinerario en nuestra existencia.



Cada aurora nos estimula a levantarnos,

a marchar hacia un horizonte naciente,

a contraer una orientación de rectitud,

a digerir el abecedario de la esperanza,

acogiendo la paz y recogiendo lo bueno.



El Unigénito del Padre nos dio la savia,

la esencia de fundirse y de experimentar,

su plan de apego para cada ser humano,

lo que nos alaba y eleva como hermanos,

y nos transfigura en eterno cauce de sol.



III.- Y AL FINAL… UN DESEO



Cautivados por ese rostro tan venerado,

que adoramos en la Sagrada Eucaristía,

y reconocemos en la carne del doliente,

con la pujanza fiel del bendito espíritu;

perdiendo el miedo, afrontándolo todo.



Forma parte de la viva transformación,

el deseo de ser aliviado de las tristezas;

sólo hay que impulsar el ánimo orante,

invocar el gozo supremo del encuentro,

a quien es mediador de la nueva unión.



Permanecer en el camino de su pasión,

respirar y vivir bajo ese soplo curativo,

nos limpia y repara de todos los males,

pues Él con su cruz volteó el combate;

tumbó las guerras, haciendo las paces.

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