En estos tiempos en los que todo el mundo anda a las carreras, rodeado de pantallas, notificaciones y ruidos que no paran, la lectura sigue siendo una de esas costumbres que nos sostienen, que nos abrazan y nos recuerdan que no todo está perdido. Leer no es solo agarrar un libro por obligación o por rellenar el tiempo libre, sino abrir una puerta enorme hacia el conocimiento, hacia la imaginación y sobre todo hacia la conexión con uno mismo y con los demás; la lectura es una herramienta vital, no solamente para crecer académicamente, sino también para desarrollarnos como personas, como hijas, hijos, estudiantes, amigas, amigos y miembros de una comunidad que necesita recuperar el hábito de pensar y reflexionar.
María de los Ángeles Alfaro Ibáñez
Cuando recomendamos un libro, no lo hacemos solo por hacer, lo hacemos porque sabemos lo que pasa cuando alguien se permite entrar en una historia, el pensamiento se expande, las ideas se multiplican y la creatividad se despierta; leer nos ayuda a conocer otros mundos, otras culturas, otras formas de ver la vida, nos vuelve más empáticos, más sensibles, más humanos. Y eso, en un contexto como el actual, donde todo es rápido, donde pocos se detienen a escuchar y casi nadie se toma un tiempo para pensar, es verdaderamente valioso.
Pero el hábito de la lectura no nace solo ni por arte de magia, como bien dicen muchos docentes y especialistas, “el hábito de la lectura se crea desde el hogar”. Es decir, las y los estudiantes aprenden por imitación; si un niño, una niña o un adolescente ve a su mamá o a su papá leyendo, ocupando un espacio en su día para dedicarse a un libro es mucho más probable que adopte esa conducta como algo natural; en cambio, si en casa no hay un solo libro a la vista, si no se conversa sobre lecturas o simplemente no existe el hábito, entonces es casi seguro que el estudiante no muestre interés tampoco.
Este punto es clave, porque la formación lectora no es responsabilidad exclusiva de las escuelas, es un trabajo conjunto, un trabajo en familia. Cuando desde pequeños se crece en un ambiente donde la lectura es valorada, respetada y celebrada, se construyen cimientos sólidos para toda la vida, y no hablo solo de tener libros caros o bibliotecas gigantes, sino de abrir espacio para leer juntos, escuchar cuentos, inventar historias y conversar sobre lo leído; eso ya marca una diferencia enorme.
La lectura además cumple otra función esencial, fortalece la escritura que es muy importante, porque al leer aprendemos las reglas ortográficas que son necesarias a lo largo de la vida, es cierto quienes leen con frecuencia no solamente mejoran su ortografía, sino también su forma de expresarse, su vocabulario y su capacidad de argumentar. Es decir, la lectura te enseña a pensar, a ordenar ideas, a comunicarte mejor, y en una sociedad donde gran parte de los conflictos nacen porque no sabemos entendernos, leer es casi una herramienta de paz.
A lo largo de la historia grandes pensadores han resaltado los beneficios de la lectura, afirmando que “la lectura prolonga la vida” y no se referían solo al paso de los años, sino a la profundidad con la que uno vive; quien lee habita muchas vidas, se sumerge en viajes imaginarios, encuentra tranquilidad, felicidad y refugio, por eso la lectura no es un lujo ni un pasatiempo elitista, es un alimento del espíritu, es una manera de generar opinión propia, de formar personalidad, de fortalecer la mente y de darle más sentido a la vida cotidiana.
La lectura no solo incrementa conocimientos, también es una forma de evasión sana, un espacio de ocio que enriquece, un lugar donde se puede soñar, transformar y emocionarse; leer permite confrontarnos con nuestras experiencias, compararlas con las de otros y construir una especie de memoria colectiva que nos ayuda a entender quiénes somos. Cuando una historia nos toca, cuando un personaje nos recuerda a alguien o a nosotros mismos, la lectura deja de ser un acto solitario para convertirse en un puente hacia la vida misma.
Hablar del hábito de la lectura es hablar del desarrollo cognitivo, emocional y social, una persona que lee tiene más herramientas para resolver conflictos, para comunicarse, para tomar decisiones, tiene más mundo interior, más capacidad de crítica, más sensibilidad y en muchos casos, más oportunidades laborales y académicas. Pero, además leer fortalece vínculos. ¿Cuántas veces un libro ha sido el inicio de una amistad? ¿Cuántas conversaciones profundas nacen a partir de una historia compartida? ¿Cuántas relaciones entre madres, padres e hijos se enriquecen gracias a un cuento leído en familia?
Por eso, cuando hablamos de lectura, no hablamos únicamente de una actividad escolar sino de una práctica que debería acompañarnos toda la vida, en el fondo lo que buscamos es que las nuevas generaciones se formen como personas curiosas, reflexivas, críticas, capaces de cuestionar y de imaginar y eso solo se logra si les abrimos la puerta a los libros, si les damos ejemplos reales, si les mostramos que leer también puede ser divertido, relajante, emocionante y hasta terapéutico.
La lectura recreativa en particular tiene un poder especial, no se trata de leer por obligación o por una nota, sino por gusto, por satisfacción. Este tipo de lectura amplía el vocabulario, mejora la comprensión fortalece la imaginación y nos conecta con emociones profundas, leer por gusto es una de las experiencias más enriquecedoras que una persona puede cultivar y es ahí donde las familias y las escuelas debemos trabajar con más fuerza.
Fomentar la lectura significa acompañar, no imponer, significa ofrecer opciones, recomendar historias, escuchar a los jóvenes y entender sus intereses; significa mostrar que hay libros para todos, para quienes aman la aventura, para quienes buscan respuestas, para quienes quieren reír, llorar, aprender o simplemente desconectarse del mundo.
Hoy, más que nunca, necesitamos que la lectura vuelva a ocupar un lugar central en nuestras vidas, no solo para formar estudiantes competentes, sino para construir seres humanos más íntegros, más empáticos y más conscientes. La lectura enriquece, transforma y une, y por eso vale la pena defenderla, promoverla y vivirla todos los días, desde el hogar, desde la escuela y desde cada rincón de nuestra comunidad.
