El año 2024 se presenta como un periodo de retos y tensiones para China, a medida que el país se enfrenta a una serie de desafíos tanto económicos como geopolíticos que podrían afectar su influencia y posición en el escenario mundial en 2025. A medida que el gobierno chino se esfuerza por mantener la estabilidad económica interna, la dinámica internacional se complica, especialmente con el resurgimiento de una política agresiva de Estados Unidos, presagiando un retorno a la confrontación en varios frentes.
Uno de los aspectos más preocupantes para Pekín es la posibilidad de que Donald Trump, al asumir nuevamente la presidencia, implemente una política exterior centrada en adoptar medidas más severas contra China. La amenaza de aranceles del 60% y la continuación de la guerra comercial iniciada durante su mandato anterior son elementos que generan inquietud en la economía china. Las lecciones aprendidas de esa experiencia previa han llevado a las empresas chinas, como Huawei, a diversificar sus mercados y minimizar la dependencia de tecnologías estadounidenses. La estrategia de Pekín incluye también la utilización de medidas de represalia, como la reciente restricción a la exportación de tierras raras, cruciales para diversas industrias tecnológicas y energéticas, lo que coloca a China en una mejor posición para enfrentar una nueva guerra comercial en comparación con 2017.
Además del aspecto comercial, la batalla por el dominio tecnológico se presenta como otro frente crucial. La ambición de China por ser un líder en tecnología, especialmente en el sector de semiconductores, choca con los esfuerzos de Estados Unidos por limitar el acceso chino a tecnologías avanzadas. La lucha no solo se concentra en la producción, sino también en establecer estándares que puedan influir en la infraestructura digital a nivel global. Este «efecto Pekín» podría dotar a China de una ventaja estratégica, similar a la que ha logrado la Unión Europea con su legislación de protección de datos.
En Europa, las tensiones comerciales también están en aumento. La imposición de aranceles de represalia por parte de China, como los aplicados al brandy francés, refleja la creciente complejidad de las relaciones entre Pekín y Bruselas. La posibilidad de un mayor alineamiento entre Estados Unidos y Europa, especialmente en el contexto de la expansión de la OTAN hacia Asia, podría dificultar aún más la situación para China. Sin embargo, el desdén de Trump hacia la UE puede abrir oportunidades para que Pekín busque nuevos socios económicos.
En el ámbito internacional, la relación de China con Rusia se ha vuelto crucial, ya que Moscú se ha convertido en un importante proveedor de recursos naturales y mercados para Beijing. Sin embargo, el apoyo de China a Rusia durante la guerra en Ucrania ha generado tensiones con varios países europeos, que ven a Pekín como un facilitador del conflicto. La posibilidad de un acercamiento entre Washington y Moscú, si la guerra en Ucrania se resuelve, podría complicar aún más la situación para China, que se vería obligada a recalcular sus alianzas estratégicas.
La inestabilidad en Medio Oriente también representa un factor de preocupación para Pekín. La relación de China con países de la región se ha fortalecido en términos de comercio y recursos, pero la posibilidad de un conflicto entre Irán e Israel podría afectar gravemente los suministros de petróleo, vitales para la economía china. A medida que el conflicto sirio se reaviva, aumenta la inquietud sobre los uigures, un grupo étnico con vínculos en Siria que ha sido objeto de represión en China. La participación de estos grupos en el conflicto sirio plantea riesgos adicionales para la seguridad interna de Pekín y su estrategia en la región.
A pesar de estos desafíos, hay indicios de que China está tomando medidas proactivas para mitigar los riesgos que se avecinan. El estudio del régimen de sanciones occidentales contra Rusia puede proporcionar a Pekín herramientas para prepararse para posibles repercusiones en caso de un conflicto por Taiwán. La estrategia futura de China dependerá en gran medida de su capacidad para diversificar sus alianzas y mercados, así como para fortalecer su sector tecnológico y mantener su posición en la economía global.
En resumen, con un panorama internacional cada vez más complejo y la posibilidad de un entorno económico adverso, 2025 se perfila como un año decisivo para China. Las decisiones que tome el liderazgo chino en respuesta a estos retos serán fundamentales para determinar su capacidad de adaptación y supervivencia en un mundo que se mueve hacia una mayor fragmentación geopolítica.
