
Eduardo Claure
Muchos gobernantes llegan al poder con propósitos políticos similares, con una visión instrumental del poder, con la intención de usar su capital político en proyectos o iniciativas de largo plazo. Sin embargo, muchísimos de ellos terminan haciendo lo contrario: acumulan poder como un fin en sí mismo. Las propuestas iniciales se olvidan al momento de jurar y recibir la banda presidencial, la medalla y el bastón. Cambian la biblia por un grito de guerra con el puño en alto. El que tiene poder, asume una visión idealizada de sí mismo: la retroalimentación negativa de los subordinados desaparece y los halagos se vuelven permanentes. Con el tiempo dedica mucho tiempo y esfuerzo en lograr más poder y tiende a usar el que tiene a su disposición en su propio beneficio. Por otra parte, su preocupación es ganar mayor influencia y control, lo que suele confundir sus juicios y apreciaciones. En fin, el poder corrompe. La política que no se hace de cara a la ciudadanía -como se pregona en campaña-, distingue a una sociedad en quiebre, donde los actores políticos se distancian. Pierden el interés por dignificar al tejido social y se convierten en hacedores de retóricas demagógicas, vacías de ideología y carentes de contenido político. Sólo prevalecen sus intereses propios y de grupo. La sociedad se convierte en riesgo a su seguridad. Este estilo de hacer política no apela a principios ideológicos ni de conducción social; la clase política mantiene una enorme distancia de la sociedad; no hay ni identidad ni compromiso; los espacios de comunicación se han roto, y se ha hecho de la prebenda y el castigo, el territorio de un clientelismo absurdo, que, guiado por la promesa mesiánica, impide que el ciudadano sea el rector del Estado. El soberano votó y eso fue suficiente. Así sucedió desde el 2006, los sátrapas, los mini reyes y cortesanas en cargo público, secuestraron a los partidos políticos y a la sociedad; los convirtieron en maquinarias de reproducción insensible de sus apetitos. Sus “liderazgos”, al más puro estilo fascistoide e imperial, trajeron la noche y la oscuridad democrática, sembraron el desánimo y el autoritarismo bajo un sistema de amenazas y recompensas: es la persecución y judicialización de la política y dan paso a la corrupción e impunidad amplia e irrestricta de adláteres y castigo para los “enemigos”. Cuando la política se encuentra en crisis, la sociedad también lo está. Esta dinastía de nuevos clanes políticos, de nuevas castas, enseñaron el rencor y la venganza, el contubernio y el peculado, la movilización beligerante y el bloqueo al grito de “guerra civil”, que ha depuesto a la razón y al Estado Democrático de Derecho avasallando al pueblo, eliminando los derechos humanos, civiles y políticos. Dividieron al país rebautizando la República y oficiando un racismo recalcitrante, mayor que el existente antes de su llegada al poder. ¿Ahora bien, la “oposición” aprendió la lección y recapacitó y emprenderá otra forma de hacer política?
No hay democracia sin partidos políticos, pero, ¿los que tenemos, son la clase de partidos que necesitan los ciudadanos? Desde luego que no. ¿Como reinventarlos? El anquilosamiento de los partidos políticos no sólo estriba en la erosión de su conducción social y por estar secuestrado por sátrapas, mini reyes y cortesanas políticas. El fondo del problema tiene sus raíces en la precaria cultura política del pueblo y sus clases, que padecen la falta de mecanismos para hacer de su participación en la toma de decisiones, un elemento vital para el control de la clase política, de sus acciones, de sus vínculos espurios, de sus males naturales. En este contexto, la nueva forma de hacer política, atrapada en una conducción maniquea y demagógica, trastocó y vulneró a través de la despolitización, la ignorancia de ciertos sectores ciudadanos y movimientos sociales, y principalmente por la desorganización civil provocada por el vandalismo de masas en el “poder”, que han confundido los principios elementales del asociativismo ciudadano libre, al pasar de la lealtad al contubernio, de la concreción a la simulación, del liderazgo al mesianismo, del nacionalismo al fascismo, de la libertad al libertinaje del populismo, de la industrialización y nacionalización de los hidrocarburos a la única industrialización: hoja de coca asesina de la Pachamama, y que conduce a pueblos indígenas de tierras bajas hacia su extinción cultural y ha corrompido a los pueblos de tierras altas y valles, donde han consolidado republiquetas cocaineras inexpugnables. Estas “virtudes”, tiene a la ciudadanía en codependencia, la volvió vasalla de la nueva casta política en el poder que invirtió la ciudadanización de las estructuras políticas, por una institucionalidad de privilegios corruptos, criminales, disfrutando del poder gestado por el “Trauma de 1492”.
En este contexto, la relación entre lo instituyente y lo instituido (conceptos que debieran retomarse a partir de la Constituyente, para distinguir lo que sucedió posteriormente en la distinción entre lo político y la política, que fue asumido por el MAS-IPSP) es un eje que debiera trabajarse, abriendo y replanteando temas clásicos de filosofía política como son la constitución del orden social y político, la legitimidad de la ley, el derecho a la desobediencia, la rebelión y el fundamente ético de lo político, por citar algunos, para repensar en lo que se produjo a partir del ascenso del poder omnímodo, con ese fundamento legítimo del orden político: la soberanía popular, a partir de allí es posible entender las formas corruptas mediante las cuales ese principio se vulneró. Esto sucedió básicamente cuando el aparato institucional se escinde y desentiende del origen (la soberanía popular) que lo funda y confiere legitimidad, de esta manera se fetichiza al pretender invertir la relación con el principio fundante. El resultado es que se produce una doble corrupción, por parte del gobernante que se asume como soberano y por parte de la comunidad política que se lo permite. A esta figura, la clase política opositora, reaccionó muy tarde, o no se animó a hacerlo. ¿Hoy día, las propuestas políticas de alianzas o individuales en carrera, tienen otra moción?
La corrupción del poder sucedió cuando el representante se fetichizó rebautizando la República, dividiendo a la sociedad boliviana, privilegiando a un sector en detrimento del resto, que es cuando los representantes ejercen dominación sobre el pueblo y lo debilitan para obtener beneficios individuales. Esta situación desvió el poder en el proceso de institucionalización hacia el poder de una dominación que atentó contra la legitimidad de origen -el pueblo- y la de fundamento -la vida-. El fetiche fue y es, la inversión del poder que, además, envileció al representante y produjo la dominación en la sociedad a partir de la Voluntad de Poder del partido MAS-IPSP ejercido contra el pueblo. Para esto el tirano requirió del concurso de otras fuerzas contrarias al poder popular como fueron las “potencias imperiales” transnacionales, los socios del ALBA y los Foros de San Pablo y Puebla, además de los organismos internacionales que avalaron ese despotismo, cruel y tirano. Para revertir este cuadro de situación, definitivamente, el pueblo debe recibir propuestas factibles, social y culturalmente aceptadas, pero fundamentalmente, palabras y acciones depuradas -probas-, ejemplos de conducta para con el pueblo. Es así, que el pueblo, quiere construir una nueva relación con nuevas referencias políticas, que al final, no sean, reciclados fetiches. El pueblo boliviano conectado a los sistemas digitales está abierto a recibir nuevas propuestas y liderazgos, pero, también el pueblo de a pie, “desconectado”, el ciudadano del día a día, que, por cuestiones de formación, ocupación y recursos, está “colgado sin acceso a la nube” o no tuvo medios de entender lo sucedido estos 18 años, y que, también necesita una explicación, llana.



