InicioOpiniónAgonía política azul, parabién, pero peligrosa

Agonía política azul, parabién, pero peligrosa

Eduardo Claure

El sistema político tiene como objetivo mantener la unidad del cuerpo político. Es decir, la unidad de la diferencia política. Esto, en términos concretos y modernos, significa legitimar las operaciones del Estado, tal como ha sucedido estos casi veinte años.

Los representantes, en toda su diversidad, son la unidad del cuerpo político, y lo que sus operaciones buscan es mantener los mínimos indispensables de dicha unidad y tratar de darle dirección, siendo largamente discutido cuál debería ser esa dirección: nunca le dieron a Bolivia un norte, un proyecto país.

Esta deliberación pública, y los partidos y facciones que genera, son parte de la acción aglutinadora: nación que delibera unida, permanece unida, pero, esto no ha sucedido después de recuperada la democracia. ¿No es acaso esta idea la que llevó al MAS-IPSP, y a otros ingenuos a aceptar en la Asamblea Constituyente espacios de privilegios -racistas- en la vigente CPE, que preveía cuotas indígenas originarias campesinas en la ALP y el ejecutivo, que nunca se han dado, a pesar de la parafernalia del discurso masista en su campaña?

El político, porque es un aglutinador, un mediador, un negociador, un persuasor y un seductor, es poco dado a las rigideces. Puede ser una persona de principios, claro, pero rara vez lo será de ideologías muy claras y delimitadas, salvo en momentos de la historia particularmente rígidos y violentos. “Busca votos”, dicen muchos, como si se tratara de un interés reprochable.

Pero esos votos son el símbolo, el indicador, de la legitimidad. Malos son los políticos que intentan hacer cosas, especialmente grandes cosas, sin la legitimidad necesaria. Y conseguir la legitimidad necesaria requiere manejar, entre otros, el arte de la transacción. Por eso la historia de los grandes políticos democráticos está repleta de revolver la camisa, dar giros y hacer piruetas que se despliegan sobre un horizonte de convicciones generales más o menos estables.

Muy pocas veces la vida de un político en un sistema democrático con buena salud es algo así como el despliegue material en todos sus detalles de tal o cual ideología. Y cuando lo es, son políticos bastante irrelevantes, se vuelven marginales.

La política incluye, entonces, transacciones y negociaciones. Muchas de ellas privadas, porque su publicidad podría dañar demasiado la imagen de quienes se sientan en la mesa a ponderar, ofrecer, rechazar y aceptar acuerdos.

El camino hacia un buen trato puede tener tramos poco decorosos para las partes y lo que ellas representan. Y en el proceso de dichas negociaciones el representante no deja su rol público por el hecho de no ejercerlo con publicidad.

Al contrario, representa a electores que saben que tienen que transar y buscar acuerdos, pero que no quieren ver debilitadas sus causas ni desvalorizados sus anhelos en el camino. La privacidad de los acuerdos es, muchas veces, lo que permite salvar la esperanza, mantener la frente en alto y lograr avances estratégicos de gran valor. Es una especie de pudor de la buena política.

La búsqueda de la “oposición alternativa” de la clase política boliviana en pos de la construcción de frentes, bloque o unidad, no tiene despliegue de energías -tal como se ve hasta hoy- suficientes como para enfrentar la actual coyuntura, copada y manoseada hasta las náuseas, por una falsa disputa entre Morales y Catacora, que en su desesperación pueden inflamar el país, tal cual dijo repetidas veces Morales Ayma, insistiendo.

Un buen ejemplo histórico de esto -que trato de explicar- lo encontramos en la historia norteamericana cuando George Washington le hace ver a Alexander Hamilton que no tiene los votos para que la Unión asuma la deuda de los estados, y que tendrá que negociar con Thomas Jefferson y James Madison. La parte de la negociación se titula “el cuarto donde eso sucede”, refiriéndose a la negociación.

El resultado de la transacción, llamado “Compromiso de 1790”, fijó la capital nacional en el sur a cambio de que la Unión asumiera la deuda de los estados. Lo primero se volvió al poco tiempo irrelevante, pero lo segundo fue clave para la consolidación de los Estados Unidos. Y es altamente improbable que un debate público del asunto hubiera conducido a ese resultado (de hecho, la negociación privada tuvo lugar justamente por eso); entonces, será, que los intentos conocidos a través de los medios de parte de la “oposición”, intentan ir en esa dirección y no lo sabemos los ciudadanos de a pie…? Estarán en “conciliábulos secretos”.? Tendrán su “cuarto de guerra”.?

El sistema político boliviano se encuentra amenazado. Sus operaciones han perdido considerable peso y capacidad aglutinadora. Sus políticos han perdido la capacidad de mediación, como ha quedado claro con el complejo y extraviado proceso de “gestión” en la ALP. La política misma continúa siendo vista con malos ojos. Puras “transacciones a oscuras”, se dice con desprecio.

Incluso la idea de “acuerdos” es vapuleada como algo bajo y ruin, como si llegar a acuerdos -que es la función básica de la política- lo fuera. Se demanda pureza virginal, transparencia total y coherencia ideológica geométrica. Es decir, se exige hacer política sin hacer política. ¡Pero, hasta esto lo hacen mal…!

En esto confluyen, como en todo, factores locales, regionales y globales, bajo la influencia de Cuba, Nicaragua, Venezuela, Rusia, Irán y China (además de los carteles).

Pero es muy preponderante la devaluación de la política nacional producto de ciertos elementos del diseño institucional de la dictadura; pero, qué se ha hecho para proteger al orden democrático del comunismo, cuya excesiva perpetuación en el tiempo tendió a hacer que los políticos jugaran al bloqueo propio, el distanciamiento, la indiferencia, volviendo medio irrelevante la búsqueda de legitimidad representativa y la capacidad de aproximaciones y coincidencias.

A ello se suma, en todo el período del “proceso de cambio”, la influencia del sistema económico en el sistema político, que generó un acoplamiento donde los intereses ciudadanos fueron excluidos, sin dar margen a reclamos y presiones contundentes para su modificación, acciones que no fueron acompañadas por cabezas de partidos políticos de “oposición”.

En estos tiempos aciagos, los empresarios tienen acceso privilegiado al “cuarto donde eso sucede”. Y ellos no representan a nadie más que a sí mismos. El resultado lamentable de este escenario descarta la política por lo nacional y de temas que asfixian a la población, junto con las malas prácticas e instituciones que la devaluaron y alejan soluciones claves y de alta prioridad para corregir la situación actual de un fracaso de modelo de desarrollo. Los males mayores del extravío esquizofrénico del jefazo, se verán tras las decisiones del TSE y TCP, respecto “el referéndum” y los resultados censales: oscuros y explosivos.

Mientras siga entre ceja y ceja, el imaginario del poder permanente, su afán desmedido y demencial puede concluir con poner la paz en vilo, permitiendo ejecutar la vil intención de un colectivo ignaro que asumió un poder más allá de sus capacidades políticas, y del cual ya no quieren prescindir, perversamente.

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