Escribe: Roberto MárquezLa política boliviana suele regirse por paradojas difíciles de disimular. Apenas unos meses después de que las urnas decidieran el rumbo institucional del país -consagrando a Rodrigo Paz en la presidencia con un respaldo mayoritario en segunda vuelta-, el tablero nacional asiste a un fenómeno tan previsible como llamativo: la coincidencia operadora de los extremos.Tanto la ultraderecha tradicional, encabezada por figuras como Jorge «Tuto» Quiroga, como la ultraizquierda del ala evista, que dominó el aparato estatal durante casi dos décadas, sufrieron derrotas categóricas en los comicios. Sin embargo, en lugar de procesar el mensaje de las urnas desde la mesura democrática, ambos sectores han encontrado un punto de encuentro táctico en la descalificación sistemática y el desgaste acelerado del actual Ejecutivo.El libreto simétrico del descontentoCuando un gobierno democrático hereda una economía asfixiada por el déficit fiscal, la escasez de divisas y la urgencia de sincerar precios -como el reciente ajuste en la subvención de carburantes-, las opciones institucionales exigen responsabilidad. En cambio, los extremos han optado por desempolvar libretos populistas simétricos.Por un lado, el evismo recurre a la retórica de la catástrofe social, agitando fantasmas ideológicos, apelando a la sombra del Fondo Monetario Internacional (FMI) y advirtiendo sobre un apocalipsis alimentario. Por el otro, sectores de la derecha radical opositora se montan sobre el descontento gremial y del transporte para calificar la gestión económica de «improvisada», olvidando que sus propias recetas históricas o bien promovían la liberación de mercados o bien carecían de viabilidad fiscal consensuada.»La coincidencia entre ambos flancos no radica en una propuesta programática alternativa, sino en la necesidad política de invalidar un mandato popular que los dejó al margen.»La negación de la realidad económicaEl fondo del problema es la resistencia a asumir los costos de la herencia recibida. El país real demanda acuerdos nacionales, planificación transparente y medidas estructurales para evitar que la crisis macroeconómica devore los ingresos de los hogares.Sin embargo, las cúpulas de la ultraizquierda y la ultraderecha prefieren apostar al caos. Para el radicalismo, cualquier intento de ordenar las finanzas públicas es calificado de traición; para el ala conservadora opositora, cualquier error de instrumentación gubernamental se sobredimensiona para intentar fracturar la gobernabilidad.Democracia frente al extremismoLa administración de Rodrigo Paz enfrenta el desafío histórico de timonear el Estado sin caer en la trampa de la polarización estéril. La ciudadanía, que votó mayoritariamente por una salida democrática al ciclo de confrontación, observa con atención quiénes están dispuestos a aportar soluciones y quiénes continúan atrincherados en la nostalgia del poder perdido.La unión de los extremos demuestra que, en la política nacional, los opuestos ideológicos terminan tocándose cuando se trata de hostigar a un gobierno legítimo. La diferencia es que, hoy por hoy, el país aprendió a distinguir entre quienes construyen futuro y quienes solo apostaron -y apostarán- al fracaso ajeno para sobrevivir políticamente.
