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Tarija ante la sombra del sicariato

La noche del jueves 8 de enero de 2026 quedará marcada como una de las más dolorosas y alarmantes para la ciudad de Tarija. Un ataque perpetrado con frialdad —desde una motocicleta en movimiento— terminó con la vida de un ciudadano que circulaba en su vehículo, en lo que todo apunta, de manera preliminar, a un ajuste de cuentas. La víctima fue identificada como Mauricio Aramayo, coordinador del Partido Demócrata Cristiano (PDC) en Tarija y una persona vinculada al ámbito político nacional.

Más allá de las investigaciones en curso y de los móviles que aún deben esclarecerse, el hecho en sí mismo estremece a una población que históricamente ha hecho de la tranquilidad y la convivencia pacífica uno de sus principales rasgos identitarios. La modalidad del crimen —propia del sicariato, de asesinos a sueldo— introduce un elemento profundamente perturbador: la posibilidad de que prácticas criminales organizadas, asociadas a otras realidades urbanas del país y la región, comiencen a echar raíces en Tarija.

No se trata solo de un homicidio más que engrose las estadísticas. Se trata de un quiebre simbólico. Cuando la violencia se ejecuta con planificación, rapidez y aparente impunidad, el mensaje que se instala en la sociedad es devastador: nadie está a salvo, la ley puede ser burlada y la vida pierde valor frente a la lógica criminal.

Esta situación debe encender todas las alarmas. A la ciudadanía, por supuesto, pero sobre todo a las autoridades encargadas de garantizar la seguridad y el orden público. No es tolerable que Tarija se encamine por una senda donde el crimen organizado marque territorio y cobre vidas, dejando familias enlutadas y una comunidad sumida en el miedo.

La Policía Boliviana y el Ministerio Público tienen hoy una responsabilidad ineludible: profundizar la investigación hasta identificar y capturar a los autores materiales e intelectuales de este crimen, esclarecer los móviles reales del hecho y aplicar todo el rigor de la ley. La respuesta del Estado no puede ser tibia ni tardía. La impunidad sería el peor de los precedentes.

Tarija no puede, ni debe, acostumbrarse a la violencia. Defender la paz social que caracteriza a esta región es una tarea urgente y colectiva, pero comienza con instituciones firmes, investigaciones serias y justicia efectiva. Solo así se evitará que hechos como el ocurrido este jueves se repitan y sigan tiñendo de luto a una ciudad que merece vivir sin miedo.

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