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Bill Gates tiene razón

Por Stephen Lezak

El martes, tras cobrar fuerza en un océano anormalmente cálido, el huracán Melissa irrumpió con dureza en Jamaica, en donde causó caos y al final cobró al menos 50 vidas en todo el Caribe. Horas antes de que Melissa, un huracán de categoría 5, tocara tierra, Bill Gates, el filántropo multimillonario, publicó un memorándum osado en el que decía que el cambio climático “no conducirá a la desaparición de la humanidad”.

Muchos ecologistas han asegurado por casi dos décadas que la quema de combustibles fósiles es una amenaza existencial para toda la civilización humana. Como resultado, gran parte de la conversación sobre el calentamiento global se ha impregnado del lenguaje de la extinción y la catástrofe planetaria.

Pero estos planteamientos sombríos ignoran un hecho simple: el cambio climático no es un meteorito gigante que está en camino de impactarse contra la Tierra. No todos sufriremos igual.

Las personas cuyas vidas están amenazadas por el desastre climático no son meras víctimas de la mala suerte. Cuando se registran olas de calor, quienes mueren son predominantemente gente sin hogar, personas de mayor edad o que viven solas en viviendas sin buenas condiciones. En todo el mundo, los barrios que se inundan una y otra vez son en donde radican, de manera desproporcionada, familias pobres que carecen de los medios para evacuar, proteger sus casas contra tormentas cada vez más fuertes o trasladarse permanentemente fuera de peligro.

Con más de 100.000 millones de dólares a su nombre, Gates es posiblemente una de las personas menos apropiadas para hablar del lenguaje de la crisis climática, dado que no lidiará con las peores consecuencias. Su memorándum también ignora la posibilidad de un calentamiento fuera de control en el periodo de nuestras vidas y la destrucción de la naturaleza.

Sin embargo, tiene razón en general cuando señala que “aunque el cambio climático tendrá graves consecuencias”, se lee en su comunicado, “no conducirá a la desaparición de la humanidad”.

Cuando los expertos, los periodistas y los científicos hablan de la crisis climática como del amanecer de una nueva era en la historia, se olvidan de las injusticias que desde hace tiempo generan la vulnerabilidad climática: la pobreza, la opresión, los conflictos y la colonización. Ya sea en el Lower Ninth Ward de Nueva Orleans o en Bangladés, el cambio climático amenaza con destruir las vidas de las mismas personas cuyas familias ya han soportado generaciones de penurias.

En Estados Unidos y en todo el mundo, las personas acomodadas suelen poder permitirse huir de una catástrofe y reconstruir una vivienda dañada. Unos ingresos estables y unos ahorros financieros pueden marcar la diferencia entre una tragedia que altera un año y una tragedia que trastorna una vida.
La compasión y la indignación son respuestas adecuadas ante esta injusticia. Pero cuando quienes estamos relativamente a salvo del clima nos dejamos llevar por visiones del apocalipsis planetario, podemos perder de vista nuestra propia complicidad y ensuciarnos en sentimientos de victimismo. Conozco a una pareja acomodada en Connecticut cuya casa se inundaba durante las tormentas, así que se mudaron a una zona montañosa. “Se podría decir que somos refugiados climáticos”, me dijo el marido mientras cenábamos al aire libre una noche de verano.

Aquí es donde el relato catastrofista pasa de ser simplemente erróneo a no ser constructivo. En un estudio de 2024 sobre las actitudes de casi 16.000 jóvenes estadounidenses ante el cambio climático, aproximadamente seis de cada 10 participantes estaban de acuerdo con las afirmaciones “la humanidad está condenada” y “me pregunto si el trabajo que dedico a mi carrera, empleo o vocación tendrá importancia”. Una mayoría de los mismos participantes también admitió: “Dudo en tener hijos”.

Parece que la historia de la catástrofe climática ha autorizado a una parte de toda una generación a tener un fatalismo tóxico. Resulta revelador que algunos estudios revisados por psicólogos medioambientales hayan descubierto que las personas que declaran altos niveles de ansiedad climática no son necesariamente más propensas a emprender acciones motivadas por el medioambiente, como comer menos carne roja.

También es crucial tener en cuenta la perspectiva de algunas de las comunidades más vulnerables al clima en Estados Unidos, como las remotas aldeas nativas en Alaska donde hago mis investigaciones. En algunos casos, pueblos enteros de Alaska tendrán que trasladarse a terrenos más elevados o correrán el riesgo de sufrir el tipo de devastación que asoló el mes pasado a dos pueblos yupik en el extremo suroeste del estado. A los dirigentes indígenas de estas comunidades no les sirven los discursos victimistas —ni los suyos ni los de nadie—, pero su futuro depende en parte de que los votantes y contribuyentes estadounidenses actúen para garantizar que los pueblos tengan los recursos que necesitan para sobrevivir a la crisis climática y mantenerse bien.

Aunque las personas con mayor seguridad ante los estragos del clima se nieguen a identificarse como víctimas, podemos seguir afligiéndonos por nuestras comunidades y los lugares que amamos que están sufriendo daños irreparables. Aunque el cambio climático es una amenaza relativamente pequeña para mi vecindario en Berkeley, California, siento pesar cuando visito mi ciudad natal, Portland, Oregón, en verano y veo el monte Hood en el horizonte. Sus glaciares se están convirtiendo en una sombra de los lugares donde, como aspirante a alpinista adolescente, aprendí por primera vez a utilizar un piolet y unos crampones.
El desafío al que nos enfrentamos muchos de nosotros es canalizar nuestro miedo y dolor por la crisis climática en decisiones que salvaguarden el futuro: cómo damos ayuda a los más vulnerables y cómo calentamos y enfriamos nuestros hogares, viajamos, comemos y, sobre todo, votamos. Cometemos un grave error cuando damos rienda suelta a la fantasía de la vulnerabilidad universal: que de manera generalizada el mundo se está volviendo inhóspito para la vida humana. Porque aunque todos vivimos en un planeta, hay muchos mundos que separan a las verdaderas víctimas del cambio climático de los espectadores.
Publicado en The New York Times

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