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Bolivia: la urgencia de reparar las instituciones

Walter Chavarria Rivera
Bolivia enfrenta hoy una encrucijada que va más allá de disputas partidarias o crisis coyunturales. Lo que está en juego es el tejido mismo de la democracia, deteriorado por décadas de improvisación, privilegios indebidos, débil institucionalidad y un Estado que se ha convertido demasiado a menudo en fuente de disfunción, no de servicio.
De improvisaciones y vacíos estructurales
Cuando Evo Morales asumió la presidencia en 2006, no fue tanto un punto de llegada como el reflejo de un vacío: vacío político, descomposición del sistema de partidos, del aparato institucional, de los mecanismos de representación y que en su gestión y hasta hoy, se profundizo escandalosamente. Se sintió, y aún se siente muchas veces, que los liderazgos aparecen respondiendo a la urgencia, no como resultado de estructuras políticas maduras que hayan anticipado problemas, diseñando rutas de solución.
Esta costumbre de reaccionar después de la crisis, y no de prevenirla, ha permeado nuestra cultura política, hasta el punto de que lo que sorprende ya no es la crisis, sino su cronicidad. Se improvisa, se parchea, mientras lo esencial, el blindaje institucional, el fortalecimiento de partidos con visión, la independencia del judicial, la meritocracia, se deja de lado o se usa a conveniencia.
Las declaraciones más dramáticas que recibimos de un vecino pais, sobre un “Estado fallido” quizás exageran, pero no exageran totalmente cuando se mira la inoperancia, la corrupción, el patrimonialismo, el maltrato que ejercen muchas instituciones sobre el ciudadano, especialmente los más vulnerables. Las causas están claras:
• Injerencia política excesiva: nombramientos por lealtades y no por capacidad
• Burocracia y regulación híper extensa, sin claridad ni responsabilidad, que obstaculiza más que regula.
• Redundancia institucional: múltiples organismos que hacen lo mismo o se estorban mutuamente, sin coordinar.
• Clientelismo: expectativas de recursos, empleos, contratos públicos como premio político más que servicio público.
En salud, educación y servicios básicos se ve con crudeza este panorama. Que más de la mitad de los jóvenes de 18 años no puedan comprender lo que leen ni razonar matemáticamente según pruebas PISA es una señal alarmante de que, aunque haya presupuesto, los procesos educativos fallan. La salud pública, con sus carencias estructurales, con hospitales que no están bien equipados, con sistemas de atención tardía o deficiente, es otro terreno donde la ciudadanía vive a diario las consecuencias de un Estado incapaz de responder dignamente.
Una tendencia frecuente ha sido suponer que, simplemente aumentando impuestos, elevando los presupuestos públicos o ampliando contrataciones estatales se solucionarán los problemas del país. Pero la experiencia demuestra lo contrario: esos recursos muchas veces engrosan estructuras ineficientes, rellenan espacios clientelares, se desvían hacia usos poco transparentes, y raramente llegan a mejorar, de modo perceptible, la vida de los ciudadanos comunes.
Mientras tanto, se crea la ilusión de que lo que hace falta es un líder providencial, alguien que apague incendios. Pero los incendios siguen brotando mientras la estructura sigue siendo combustible seco. Sin reformas institucionales profundas, sin restricciones al abuso, sin filtros de responsabilidad y transparencia, cualquier líder, por más buenas intenciones que tenga, queda atrapado en la lógica del corto plazo, del parche, de la reacción.
¡Ya basta de tongos¡¡

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