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Internet necesita sexo: El impacto de las leyes de verificación de edad en la libertad de expresión

La HB 1181 de Texas, una ley de verificación de la edad en internet, podría no parecer una idea tan terrible. Según sus defensores, está pensada para evitar que quienes son menores de edad vean pornografía. El viernes, la Corte Suprema respaldó la ley, argumentando que utilizar la verificación de la edad “para impedir que los menores accedan a contenidos sexualmente explícitos” es competencia de los estados. Sin embargo, por razonable que pueda parecer esta afirmación, me preocupa que estas leyes puedan significar el principio del fin de algo verdaderamente precioso: internet como lugar sin censura para explorar el deseo humano de manera segura y privada.

Texas no es el único estado que exige que los sitios pornográficos empleen la verificación de la edad en línea. A principios de 2023, Luisiana fue el primer estado en aprobar una ley de este tipo, que obligaba a los consumidores a presentar un documento de identidad oficial antes de poder acceder a contenidos para adultos. Ahora, un tercio de los estados han aprobado leyes tan complejas que PornHub optó por bloquear el tráfico entrante de dichos estados, en vez de recopilar la identificación. La mayoría de las veces, estos proyectos de ley se han aprobado fácilmente, obteniendo un amplio consenso bipartidista. ¿Y por qué no habrían de hacerlo? Internet tiene un lado oscuro, y los niños, en particular, son especialmente vulnerables a lo peor de eso. Con montones de ultrafalsos, pornovenganza y material de abuso sexual infantil a un clic de distancia, todos queremos hacer algo.

Pero el mundo del sexo en línea es mucho más que un depravado pozo negro de los contenidos más abusivos. Unas leyes vagas y radicales para frenar el contenido sexual en línea podrían acabar censurando a quien quiera compartir información sobre el placer y la salud sexual, hablar de temas LGBTQ, celebrar el coqueteo o incluso distribuir erótica consentida y respetuosa con la mujer.

Una aplicación excesivamente entusiasta de estas prohibiciones, impuesta por personas con costumbres y gustos sexuales que podrían ser más censuradores, mojigatos o incluso intolerantes que los tuyos, casi con toda seguridad reducirá las oportunidades de explorar el sexo en línea que deberían preservarse. El fácil acceso a la información sobre anticoncepción, juguetes sexuales y sexo seguro es un componente esencial de una intimidad segura y placentera. Los espacios en línea pueden proporcionar a las personas LGBTQ compañeros queer y trans con los que nunca se encontrarían en la vida real, e información sobre sexo queer, algo que raramente se enseña fuera de los espacios LGBTQ. Incluso los medios sexuales explícitos —a veces, sí, fotos y videos de pornografía dura, pero también historias escritas y contenido de audio— pueden ofrecer a muchas personas una forma de explorar y aprender de manera segura sobre sus excitaciones y deseos.

A pesar de la creencia general de que términos como “pornografía” y “obscenidad” tienen significados fijos, la historia ha demostrado una y otra vez que está lejos de ser cierto. Ha habido varios intentos de trazar líneas duras entre lo que es “aceptable” y lo que es “obsceno”, pocos de los cuales han resistido la prueba del tiempo. La Ley Comstock de la época victoriana se utilizó para presentar cargos contra la fundadora de Planned Parenthood, Margaret Sanger, por utilizar el servicio postal para distribuir su revista feminista “La mujer rebelde”. El Código Hays de Hollywood prohibía a los cineastas representar relaciones homosexuales e interraciales. La actual regla de oro estadounidense, el Test de Miller, se basa en las “normas de la comunidad” para definir lo que es obsceno, pero en la era fractal de internet, a menudo es difícil decir a qué “comunidad” deben darse prioridad sus normas.

Entonces, ¿quién decide qué es obsceno?

Aunque puede resultar tentador suponer que las leyes de verificación de la edad seguirán limitándose a PornHub y similares, hay muchas pruebas que sugieren que es posible que no sea así. En los últimos años, el objetivo declarado de proteger a los jóvenes de material potencialmente nocivo se ha convertido a menudo en un pretexto para los intentos conservadores de censura.

Dependiendo de tus creencias personales, un libro como Let’s Talk About It: The Teen’s Guide to Sex, Relationships, and Being a Human de Erika Moen y Matthew Nolan es o bien un manual de educación sexual para adolescentes bien revisado, o bien un espectáculo de terror pornográfico que está deformando la mente de los niños y adoctrinándoles con la perversión sexual. Una hora de cuentos de drag queen puede ser un acto educativo para los niños, o —como afirmó una vez el provocador de derechas Chris Rufo— una “stripper trans” dando un espectáculo obsceno.

Para muchos de los guerreros de la cultura más ruidosos, cualquier cosa remotamente relacionada con el sexo es intrínsecamente obscena, sobre todo si se aparta de la sexualidad supuestamente “normal” (la que se da exclusivamente entre personas casadas, blancas, heterosexuales y cristianas). Parece casi inevitable que esa misma ideología llegue a internet, si la ley lo permite. En internet, ya es evidente lo que ocurre cuando las voces que se ofenden fácilmente vigilan el contenido de los demás. En aplicaciones como TikTok e Instagram, incluso los desnudos sugerentes pueden hacer que se suspenda una cuenta, probablemente debido al deseo de las empresas matrices de las plataformas de seguir siendo atractivas para los anunciantes. Sin embargo, a pesar de crear una comunidad aparentemente libre de pornografía, la censura va más allá: palabras como “lesbianas”, “sexo” y “porno” son rutinariamente cambiadas, traducidas en videos como “le$beans”, “seggs” y “corn” por usuarios que temen que utilizar las palabras reales que quieren decir hará que su contenido sea pasado por alto o prohibido por la plataforma. Incluso las cuentas que se centran explícitamente en la salud sexual se ven obligadas a menudo a guiñar el ojo y dar un codazo para no ser marcadas como pornográficas, a pesar del amplio acuerdo de la comunidad en que la educación sexual es un recurso bueno e importante.

En los últimos meses, lo que está en juego ha aumentado aún más. En Washington, el senador por Utah Mike Lee está intentando redefinir la “obscenidad” para centrarse más específicamente en el contenido sexual; en Mississippi, una ley aprobada recientemente ha creado una oportunidad para que cualquiera que lo desee demande a los pornógrafos por el simple hecho de distribuir pornografía en línea, incluso cuando su base de clientes esté formada por adultos con derecho a ver el material. Su mensaje es claro: la pornografía en línea, y el sexo en línea en general, deben ser puestos sobre aviso. Ahora que la Corte Suprema ha dado luz verde a las leyes de verificación de la edad, se abre la puerta a más oportunidades de acosar y censurar a quien quiera hablar de sexo en internet.

Es difícil (y, francamente, innecesario) sentir simpatía por empresas como PornHub, que durante años se ha lucrado con videos compartidos sin consentimiento e incluso con grabaciones de violaciones. Y en los rincones más oscuros de internet, hay un sinfín de contenidos sexuales nocivos en línea, desde ultrafalsos hasta material de abuso sexual infantil. Pero a medida que estas amplias leyes surtan más efecto, las personas que teman las recriminaciones del gobierno podrían optar por dejar de crear cualquier contenido en línea relacionado con el sexo, no solo porno, sino también contenido queer, educación sexual y todo tipo de otros medios. Francamente, debería ser algo que todos consideremos como una pesadilla.

Porque el sexo, en toda su desordenada complejidad, es una de las partes más centrales de la experiencia humana. Y un internet sin sexo es una pálida sombra del potencial y las posibilidades humanas.
Publicado en The New York Times

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