
Hoy por hoy, ropa usada ha ido más allá de los locales escondidos o de las ferias de barrio, al ir mejorando la calidad se la comercializa en tiendas o boutiques legalmente establecidas y, dicen algunos, no falta quien la está vendiendo como nueva, lo que de hecho implica una estafa. Es muy difícil distinguir la ropa que ya tiene uso de la que no y eso facilita el actuar de los malos comerciantes que nos venden gato por liebre. Mientras tanto nuestra industria se viene abajo con este embate más, después de lo que ha significado la invasión de productos chinos.
Antes habían lugares sólo de venta de ropa usada, quién iba sabía a qué iba, no había lugar al error porque estaba claramente identificado, el negocio también se daba en ferias itinerantes que se instalaban en ciertos lugares de una urbe y que no dejaban duda de lo que se estaba comprando al visitarlas. La procedencia de estas prendas es sobretodo Estados Unidos, ropa donada por familias de clase media hacia arriba, ya sea por solidaridad o porque perteneció a personas que ya murieron. También se convirtió en una forma de deshacerse de miles de toneladas de prendas que si no fueran «exportadas» a países tercermundistas como el nuestro, el gigante del norte tendría un gran problema en sus manos por no tener donde depositar o guardar o acumular semejantes cantidades y volúmenes. La incineración sería una alternativa pero el lío ambiental que podría generarse sería de proporciones preocupantes.
El negocio de la ropa usada ha roto esquemas y ni siquiera las limitaciones legales en el país han sido capaces de frenar una actividad que le hace mucho daño a la industria nacional. En vez de disminuir ha ido en aumento, creciendo y expandiéndose por todo nuestro territorio, al principio se daba sólo en algunas ciudades, ahora es en todas sin excepción.

