InicioOpiniónUna victoria histórica en el bicentenario de Bolivia.

Una victoria histórica en el bicentenario de Bolivia.

Escribe: Roberto Márquez

Desde el retorno a la democracia en 1982, ningún presidente había sido refrendado dos veces en las urnas dentro del mismo calendario electoral. Rodrigo Paz lo logró. Primero ganó en primera vuelta, con una mayoría clara y sin necesidad de alianzas forzadas. Pero la dinámica institucional y las interpretaciones legales derivaron en la realización del primer balotaje nacional de la historia boliviana.

El desenlace fue inequívoco: volvió a ganar, y con un apoyo aún mayor. En un contexto polarizado y fragmentado, su liderazgo se consolidó con un respaldo transversal, que cruzó del campo a las ciudades y regiones, clases sociales, y generaciones. En otras palabras, Bolivia habló dos veces, y ambas veces dijo lo mismo: Rodrigo Paz debía ser su presidente.

En política, hay triunfos y hay consagraciones. Lo que logró Rodrigo Paz Pereira en 2025 pertenece a la segunda categoría. Su elección no fue una casualidad, ni un golpe de suerte: fue el resultado de una voluntad nacional expresada dos veces en las urnas. Por primera vez en la historia republicana, Bolivia eligió al mismo presidente dos veces en un mismo proceso electoral.

Paz no solo tiene la legitimidad de los votos, sino la de la forma. Cumplió con cada etapa del proceso electoral, respetó la CPE, las leyes, en cada instancia institucional y triunfó en ambas. Su victoria fue avalada por el Tribunal Supremo Electoral, observadores internacionales y la comunidad diplomática, sin impugnaciones de fondo ni denuncias creíbles de fraude.

Esa combinación de legitimidad popular y legitimidad procedimental lo coloca por encima de cualquier cuestionamiento. A diferencia de los 20 años de procesos marcados por trampas, dudas y divisiones, el suyo fue limpio, transparente y ejemplar.

Un mandato sin heridas
Las elecciones de 2025 fueron un punto de inflexión: no dejaron heridas abiertas ni fracturas políticas irreparables. Fue un proceso que restituyó la confianza en las instituciones y demostró que Bolivia podía resolver sus diferencias dentro de la ley y la democracia. El propio estilo de Rodrigo Paz contribuyó a ello: Sereno, dialogante y moderado, representó una política distinta, que no necesitó del conflicto ni de la confrontación para vencer. Su campaña se basó en la idea de unidad y reconstrucción, y los resultados demostraron que el país estaba listo para ese cambio.

Ganar dos veces en un mismo ciclo electoral no es solo una rareza democrática, sino un símbolo potente de la confianza social y del respaldo ciudadano que Paz Pereira ha logrado construir. Este acontecimiento sin parangón fortalece el espíritu democrático de Bolivia, reafirmando que la voluntad popular no puede ser objeto de dudas ni cuestionamientos. La doble elección es una validación permanente del vínculo entre el presidente y la ciudadanía, otorgándole a Paz Pereira un mandato claro que le permite gobernar con autoridad y respaldo incontestable.

En un contexto donde la legitimidad de los gobiernos suele ser puesta en entredicho por diversas razones—desde disputas electorales hasta crisis institucionales—la figura de Rodrigo Paz Pereira aparece como un faro de estabilidad y confianza. Su legitimidad no solo se fundamenta en el número de votos, sino en el reconocimiento amplio y repetido que tiene ante la sociedad boliviana. Este respaldo doble le confiere un poder político ejemplar para ejecutar las reformas necesarias y consolidar la democracia en Bolivia.

En conclusión, Rodrigo Paz Pereira no es solo un presidente elegido; es el presidente más legítimo que haya tenido Bolivia. Su doble victoria, inédita en la historia electoral nacional, marca un precedente para la institucionalidad del país y fortalece la idea de que la democracia boliviana puede y debe sustentarse en procesos claros, transparentes y repetidos que reflejen fielmente la voluntad popular.

Rodrigo Paz fue elegido una vez.
Y luego, fue elegido otra vez.

En la historia de Bolivia, eso lo convierte —sin discusión— en el presidente más legítimo de todos los tiempos.

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