El departamento de Tarija ha sido, durante décadas, uno de los mayores beneficiarios del ciclo hidrocarburífero nacional. Las regalías se convirtieron en el motor de un desarrollo esperado, pero no siempre bien encaminado. Hoy, cuando los ingresos por gas enfrentan una tendencia decreciente y la economía regional muestra señales de agotamiento, se impone una reflexión urgente: ¿estamos orientando estos recursos con visión de futuro o seguimos atrapados en un modelo de gasto cortoplacista y fragmentado?
Las regalías no pueden ser tratadas como un botín político ni como una fuente inagotable para financiar proyectos improvisados, sobrecosteados o de escaso impacto social. Tarija tiene el deber de transformar cada boliviano proveniente de los hidrocarburos en inversión productiva, en generación de empleo sostenible y en diversificación económica. No se puede seguir apostando por obras de dudosa prioridad o “elefantes blancos” que hoy están abandonados y mañana representarán una carga para las arcas públicas.
La urgencia es evidente: los ingresos han disminuido respecto a los años de bonanza, y el margen para el despilfarro se ha reducido drásticamente. El enfoque actual debe girar hacia sectores capaces de sostener la economía a largo plazo: el agro productivo con valor agregado, la industria vitivinícola, la transición hacia energías limpias, el turismo sostenible y la innovación tecnológica. Cada proyecto financiado con regalías debe ser evaluado por su capacidad de impactar en la competitividad del departamento y en la mejora de la calidad de vida de la población.
Asimismo, es indispensable fortalecer los mecanismos de transparencia, planificación y control social. Tarija necesita planes estratégicos de desarrollo que trasciendan los ciclos políticos y sean respetados por autoridades departamentales y municipales, sin importar la sigla que los represente.
El tiempo de la abundancia sin rumbo ha quedado atrás. La nueva etapa exige responsabilidad, estrategia y visión de largo plazo. Las regalías deben ser la base de una transformación estructural y no el último recuerdo de una riqueza mal administrada.
