InicioMundoSudán. Asesinatos indiscriminados, cadáveres diseminados y desplazados fuera del radar de Trump

Sudán. Asesinatos indiscriminados, cadáveres diseminados y desplazados fuera del radar de Trump

Bajo unos 30 grados de calor –que parecen muchos más–, entre las carpas de lona improvisadas de uno de los campos de desplazados en esta ciudad, dos niños cantan mientras caminan. Es una canción alegre, en un dialecto local, y dice algo así como “bienvenidos, esta es mi casa”. Uno de ellos, de unos 8 años, lleva puesta una remera naranja con mangas camufladas, jogging azul y anda descalzo. El otro, que ronda los 6, viste una remera azul estampada con unas letras infantiles que dicen en inglés “monstruo”. De repente, el más pequeño interrumpe la canción, saca un revólver negro de plástico y apunta directo a su amigo. “Pium, pium”, grita. Ambos se ríen a carcajadas.

“La guerra les arrebató la infancia. Los niños ahora juegan con armas. Vivieron cosas terribles. La violencia afectó sus mentes”, definirá más tarde una desplazada sudanesa. “La gente en general se volvió muy mala. La guerra afectó su comportamiento, afectó su alma”, describe.

El martes pasado se cumplieron dos años desde que el país está atrapado en el conflicto más devastador de la actualidad: una guerra invisible, completamente olvidada por el mundo. La brutalidad se multiplica en cada testimonio. Alguien perdió a un ser querido a balazos, otro vio su casa reducirse a escombros con su familia atrapada debajo, o sobrevivió a una herida de bala o a agresiones sexuales. Todos en Sudán fueron víctimas o testigos de violencia.

“Estas imágenes no pasan de largo en la mente de las personas. Es la violencia, el ser testigo de ella, el estar separado de tu familia y, en especial, el no saber qué es lo que va a venir después”, dice a LA NACION Esperanza Santos, enfermera y coordinadora de emergencias local de Médicos Sin Fronteras, quien incluso afirma que su equipo lo vivió en carne propia al huir de la capital, Jartum, cuando se desató la guerra. “Veían cadáveres por las calles mientras escapaban”, relata.

El período poscolonial de Sudán, que se independizó de Egipto y el Reino Unido en 1956, está atravesado por una combinación de divisiones internas, seguidillas de guerras civiles y golpes de Estado. Después de casi tres décadas de la mano de hierro del dictador Omar al-Bashir, en 2018 estalló una oleada de protestas masivas que exigían un sistema de democracia. Abdel Fattah al- Burhan, líder del ejército sudanés, unió fuerzas con el jefe del grupo paramilitar Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés), Mohamed Hamdan “Hemedti” Dagalo, y en abril de 2019 depusieron al régimen despótico de al-Bashir. Las esperanzas de una transición se disolvieron rápidamente en 2021, cuando ambas fuerzas orquestaron un segundo golpe contra un gobierno interino coordinado entre facciones militares y civiles.

Un país devastado, entre muertos y servicios colapsados
El país está paralizado. Si antes de la guerra Sudán ya ocupaba un lugar en la categoría de los países más pobres del mundo, el conflicto llevó a que los ingresos estatales se redujeran un 80%, que colapsen el sistema de salud y los suministros básicos y que se desate lo que la ONU considera la peor crisis humanitaria del mundo. Unas 30,4 millones de personas –más de la mitad de la población del país– dependen de la ayuda externa para sobrevivir.

Los capítulos más oscuros de esta guerra se cuentan en zonas como la región de Darfur, histórico reguero de sangre donde los organismos internacionales alertaron sobre una posible limpieza étnica. Y en Jartum, una ciudad capital en ruinas que fue recuperada recientemente por el ejército sudánes. La Media Luna Roja Sudanesa, el equivalente en los países musulmanes a la Cruz Roja, está llevando adelante la distópica tarea de recolectar los centenares de cadáveres que dejan los enfrentamientos. En un solo día, juntaron 250.

Mientras tanto, Puerto Sudán, a orillas del Mar Rojo, se convirtió en la sede administrativa provisional del gobierno y la principal vía de acceso aéreo al país, ya que es el único aeropuerto operativo al que llegan unos pocos vuelos comerciales por día. Es también el refugio para buena parte de los más de 11 millones de desplazados internos –la mitad son niños– que fueron obligados a huir de sus hogares con lo puesto. Junto con otros 4 millones que lograron migrar a países vecinos como Egipto, Chad y Sudán del Sur, se trata de “la crisis de desplazamiento más dañina del mundo”, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

Puerto Sudán no ha sido escenario de batallas directas hasta ahora, pero la herida de la guerra es evidente en esta ciudad portuaria. En las esquinas de las calles de tierra, donde la basura se amontona, se ven casas espontáneas montadas con chapas, cartón y palos de madera. Por las noches, hay quienes duermen a la intemperie sobre camas hechas con una estructura de ramas y palos con un entretejido cubierto con tela. Hay varias construcciones a medio hacer, paralizadas por la escasez de recursos o por el temor a que la violencia desate un nuevo frente en la zona. Las góndolas en los supermercados están llenas, pero los precios exorbitantes son una barrera que pocos pueden superar. La diaria está marcada por los recorridos de monitoreo y los puestos de control de uniformados, con sus trajes militares, boinas rojas y armas largas.

No hay prueba más clara del horror que los relatos de los desplazados que solo sueñan con escapar. Apoyada sobre un marco de una puerta, en la entrada de una habitación en un campo de desplazados, Fátima Bilal se esfuerza por mantener su sonrisa encantadora, pero se rinde ante el llanto que la desborda al hablar de cuánto desea dejar Sudán. Con 26 años, desde que tiene memoria anhela dedicarse a su profesión: pilota de avión. “La vida sin sueños es como un auto sin motor. Mi sueño era el motor de mi vida. Incluso cuando mi vida no era lo suficientemente buena, yo tenía pasión por cumplirlo”, reflexiona. “Pero cuando comenzó la guerra, perdí la esperanza y me sentí débil por primera vez”, indica.

Fátima huyó sola de Jartum apenas comenzaron los combates. De su padre no sabe nada desde hace dos años, y el resto de su familia migró a otras regiones. Llegó a Puerto Sudán creyendo que era la mejor salida socioeconómica, pero hasta ahora no ha conseguido trabajo. En su odisea por escapar, milicianos rebeldes balearon su auto. Uno de los vidrios de la ventana se le incrustó en su ojo derecho. Pasó por una cirugía que le costó parte de su visión y le dejó un profundo trauma que la llevó a nunca más querer volver a su ciudad natal.

“Por las noches me acuerdo de los tiros, de los bombardeos de los aviones. No me lo voy a poder olvidar nunca. Aunque quisiera, nunca más podría volver a Jartum. Me dejó una herida en el corazón. Volver implicaría revivirlo todo”, asegura. “¡Solo quiero escapar de este lugar ahora mismo. Quiero tener una vida normal donde me pueda sentir segura!”, implora.

A unos pocos metros observa curiosa Rania Sir Asman, de vestido largo floreado y con la cabeza cubierta por un pañuelo amarillo. Es musulmana, como el 90% de la población del país, por lo que en este momento practica el ayuno acorde al mes sagrado de Ramadán. Esta vez le está costando mucho más que en años anteriores, porque aunque ella no coma hasta que se ponga el sol, tiene que rebuscárselas para encontrar alimentos para su hija de 3 años y su esposo, un egipcio que durante la guerra sufrió un ACV y necesita de su cuidado. Ella es una más que escapó de Jartum con casi nada y no consigue trabajo.

“La vida aquí es muy mala, no tenemos dinero, no tenemos nada. En Jartun vivíamos muy bien. Sé que a mi casa allá le robaron todo y está destruida por completo”, lamenta Rania, con su hija en brazos, mientras las moscas le revolotean. La mujer tiene 30 años, pero no lo parece. Ella misma dice que la guerra le sumó 20 más. “A mí me golpeó el cerebro, me afectó psicológicamente. Solo lloramos y rezamos a Alá, nada más”, cuenta.

Ayuda cancelada de Estados Unidos
Este campo de desplazados es similar a muchos otros. Son 75 los instalados en Puerto Sudán y dan refugio a aproximadamente 45.000 familias, según la Media Luna Roja. Viven en carpas rectangulares de lona donadas por algún organismo internacional, reciben bolsas con ropa y alimentos y comparten unos pocos baños entre cientos. La mayoría no tiene nada más que las pocas cosas con las que escaparon. Conseguir trabajo es una odisea. Los más afortunados lograrán mayor acceso a medicamentos y educación. En regiones más aisladas de Sudán, la ayuda directamente no llega.

Para el momento de publicación de esta nota es probable que este campamento se haya quedado sin agua potable y sin asistencia médica. Estos servicios básicos los proveía USAID, la Agencia de Asistencia Extranjera de Estados Unidos que el gobierno de Donald Trump ordenó cerrar repentinamente en febrero. Y a Weshdi, director general del lugar, se le hace imposible encontrar un reemplazo, según contó a este medio.

El Foro de Coordinación y Representación de las ONG en Sudán (INGO) informó en un reciente reporte que la mitad de los organismos internacionales y nacionales en el terreno dependen de la financiación de Estados Unidos, que pasó de destinar al país africano 792 millones de dólares en 2024 a casi 248 millones este año. Mientras la crisis alcanza niveles críticos, las organizaciones humanitarias están solicitando 4160 millones de dólares. Hasta el 9 de marzo, solo se había financiado el 6,3% de este monto, y casi la mitad provenía de compromisos de Estados Unidos, muchos de los cuales hoy han sido cancelados.

Principales destinos de los desplazados
Con el foco puesto en Ucrania y en Medio Oriente, la ayuda a Sudán llega a cuentagotas. Y los drásticos recortes de este año ya están interrumpiendo el acceso a clínicas, programas de nutrición y agua potable, con efectos devastadores inmediatos para toda la población, según alertó Acnur.

“Pasamos todo el día esperando a que venga gente buena a darnos comida y ropa, mientras vivimos en circunstancias muy malas. La vida acá es terrible”, dice Fátima.

La disminución de la ayuda de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional
Miembros de organismos internacionales explicaron a LA NACION que la estrategia para hacer frente a los recortes es priorizar los proyectos más urgentes, como la vacunación ante los recientes brotes de cólera y sarampión. Así, deben suspender otros planes pensados a largo plazo, como los de reconstrucción o desminado, cruciales para el retorno de los desplazados a su ciudad de origen.

“Ahora mismo Jartum tiene el riesgo de no tener infraestructura y que probablemente queden muchos restos de municiones que puedan detonarse. Si la población empieza a regresar…ya hemos visto niños afectados por restos de explosivos”, explica Santos.

Esperanza en medio del espanto
¿Cómo se sigue adelante? Parece imposible, pero Ofgair Sherif y Mehira Al Taybe encontraron la esperanza en medio del espanto. Como el resto de los desplazados, acarrean sus propios traumas, vivencias que se niegan a recordar. Dicen que encuentran consuelo en la religión bajo la creencia de que tanto lo bueno como lo malo es porque Dios así lo quiso. Y, principalmente, en el centro Sobayo -que significa “amigo confiable”- un espacio que crearon juntos en el que enseñan oficios a la comunidad, pero principalmente a las mujeres -el grupo más afectado por la guerra según la ONU- para darles una salida económica. En el último mes, instruyeron a 300 mujeres.

Tal es el caso de Sadia, de 14 años. Hace dos años salió a hacer unas compras en la capital del país y cuando regresó su casa estaba completamente destruida. Debajo quedó su familia. Puedo socorrer a su abuela, que falleció dos días después. “Al principio venía al taller a bordar, pero se quedaba en silencio. Con el tiempo, mientras bordaba, comenzó a expresarse con su llanto. Más tarde, se animó a contarme su historia. Hoy está huérfana, pero se abrió a la comunidad de su campamento y todos la quieren como si fuesen familia”, relata Mehira.

“Acá las mujeres cambian. Llegan tímidas, sin poder hablar, pero van sintiéndose fuertes, seguras y felices. Este es nuestro sueño: ayudar a cambiar a las mujeres”, sostiene Mehira. “Al mismo tiempo, me cambió a mí. Me olvido de mi sufrimiento porque sé que si yo me muestro fuerte, ellas van a volverse fuertes. Este trabajo me devolvió la esperanza”, agrega.

A este rincón del mundo olvidado, entre la tragedia de la guerra y el drama de los desplazados, llegó la fundación Solidaire, de Enrique Piñeyro, el argentino multifacético que además de ser empresario, piloto de avión y cineasta, entre otras cosas, realiza tareas humanitarias. LA NACION fue parte del último viaje de asistencia, que tuvo a Sudán como destino, donde se apilaron 79 toneladas de ayuda. El auxilio era necesario y urgente. Contar lo que está pasando en este país africano, también. FUENTE: LA NACION

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