El Lago San Jacinto, uno de los principales pulmones turísticos y recreativos de Tarija, se ha convertido en un ejemplo preocupante de cómo el crecimiento desordenado y la falta de control pueden transformar un atractivo natural en un espacio de alto riesgo. Hoy, en su entorno inmediato, no existen medidas claras ni normas efectivas de seguridad, pese a la proliferación de locales de venta de comida y juegos acuáticos que operan, en muchos casos, de manera clandestina.
La postal es conocida: visitantes, familias y turistas atraídos por el paisaje y la oferta gastronómica improvisada, además de actividades recreativas sobre el agua que prometen diversión y esparcimiento. Sin embargo, detrás de esa imagen amable se esconde una realidad alarmante. Muchos de estos emprendimientos han ido ganando espacio al propio lago, avanzando sin planificación ni autorización visible, alterando el entorno y exponiendo a los usuarios a riesgos que no están siendo evaluados ni mitigados.
La incorporación de juegos acuáticos —sin fiscalización técnica, sin certificaciones de seguridad y sin protocolos de emergencia— representa un peligro latente. ¿Qué ocurre si una estructura falla, si una persona cae al agua y no sabe nadar, o si un niño queda atrapado en medio de una actividad recreativa? La respuesta es inquietante: no existe personal de socorro permanente, no hay salvavidas debidamente capacitados y tampoco se cuenta con lanchas a motor que permitan una intervención rápida y eficaz ante una emergencia.
En un escenario de este tipo, los minutos son vitales. La ausencia de medios de rescate adecuados convierte cualquier incidente en una potencial tragedia. No se trata de ser alarmistas, sino de reconocer una situación objetiva: San Jacinto recibe a diario a decenas —cuando no cientos— de personas, sin que el Estado, a través de sus instancias municipales o departamentales, haya establecido reglas claras ni controles efectivos para garantizar la seguridad básica.
La informalidad no solo afecta al orden urbano y al medio ambiente, sino que pone en juego vidas humanas. Resulta inadmisible que en un espacio turístico de esta magnitud no exista un plan integral de seguridad, que contemple desde la regularización de los locales hasta la presencia obligatoria de salvavidas, equipos de rescate, señalización adecuada y lanchas de auxilio.
Tarija no puede darse el lujo de reaccionar solo después de una desgracia. La prevención es una responsabilidad ineludible de las autoridades, pero también un llamado a la conciencia colectiva. San Jacinto debe seguir siendo un orgullo turístico, sí, pero jamás a costa de la seguridad de quienes lo visitan.
