En el escenario preelectoral boliviano, donde los discursos suelen concentrarse en las ciudades capitales y en los grandes centros urbanos, resulta imperativo exigir que los candidatos a la presidencia del país incluyan de manera concreta, seria y prioritaria a las regiones rurales, especialmente a las del departamento de Tarija, que históricamente han sido relegadas a un segundo plano en la planificación nacional.
El área rural tarijeña enfrenta desafíos estructurales profundos que van desde el limitado acceso a servicios básicos como agua potable, salud y educación de calidad, hasta la falta de oportunidades productivas y empleo digno. A pesar de ser territorios ricos en cultura, recursos naturales y con un potencial agrícola y turístico importante, muchas comunidades siguen padeciendo abandono institucional y políticas públicas centralistas que no reflejan su realidad ni sus necesidades.
Por ello, cualquier programa de gobierno que aspire a ser verdaderamente integrador y federal debe contemplar propuestas claras para el fortalecimiento del agro tarijeño, la mejora de la infraestructura vial y digital, la tecnificación de la producción, el acceso a mercados y, sobre todo, el respeto por las formas de vida y organización social propias del área rural. Esto no solo implica inversiones, sino también participación activa de las comunidades en la formulación de políticas que las afecten.
Los candidatos deben salir del libreto urbano y escuchar con atención a las y los campesinos, comunarios, líderes indígenas y productores del departamento. Tarija rural no es solo un paisaje para la campaña electoral; es una realidad viva, que aporta al país desde su trabajo silencioso y sacrificado. Si la próxima presidencia quiere tener legitimidad en todos los rincones de Bolivia, deberá demostrar un compromiso auténtico con estos sectores.
