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La inseguridad no puede volverse costumbre

Bolivia, y de manera particular Tarija, enfrenta un desafío que ya no admite postergaciones ni discursos complacientes: mejorar de manera urgente los índices de seguridad ciudadana para evitar que el delito se normalice y se instale como parte de la vida cotidiana. Cuando la población comienza a convivir con robos, asaltos, violencia y miedo como si fueran hechos inevitables, la sociedad empieza a perder algo más que tranquilidad: pierde confianza, cohesión y futuro.

En los últimos años, la percepción de inseguridad ha crecido de forma sostenida. No se trata únicamente de estadísticas, sino de experiencias concretas: vecinos que refuerzan puertas y ventanas, comerciantes que cierran más temprano, padres que temen dejar salir a sus hijos y ciudadanos que desconfían incluso del espacio público. Esa sensación de vulnerabilidad permanente erosiona el tejido social y debilita la convivencia democrática.

Tarija, históricamente reconocida como una ciudad tranquila, no está al margen de esta realidad. El incremento de delitos contra la propiedad, la violencia en determinados barrios y la falta de respuestas oportunas han encendido señales de alerta. Permitir que estos hechos se repitan sin una acción firme equivale a resignarse, y la resignación es el primer paso para que la inseguridad se convierta en rutina.

La seguridad ciudadana no es solo responsabilidad de la Policía. Exige políticas públicas integrales, inversión en prevención, mejor iluminación urbana, recuperación de espacios públicos, fortalecimiento de la justicia y coordinación real entre el nivel central, gobernaciones y municipios. A ello se suma un componente clave: la participación ciudadana organizada, que debe ser aliada del Estado y no un actor aislado que actúa por desesperación.

Asimismo, es imprescindible atacar las causas estructurales del delito: desempleo, consumo problemático de alcohol y drogas, falta de oportunidades para jóvenes y debilidad institucional. Sin una estrategia que combine control, prevención y reinserción, cualquier esfuerzo será apenas un parche temporal.

Normalizar la inseguridad es aceptar la derrota como sociedad. Bolivia y Tarija no pueden darse ese lujo. Garantizar la seguridad ciudadana es garantizar el derecho a vivir sin miedo, a circular libremente y a confiar en que el Estado cumple su rol esencial de proteger a sus ciudadanos.

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