La defensa violenta de la blanquitud

Por Kathleen Belew

No es inmediatamente obvio qué relación guarda la teoría del “gran reemplazo”, a menudo enmarcada como doctrina antiinmigración y dirigida a preservar unas sociedades donde predomine la población blanca, con el tiroteo contra clientes y empleados negros en un supermercado de Búfalo el pasado fin de semana. Quienes se encontraban en la tienda, que vivían a más de 160 km del hombre acusado de la matanza, estaban simplemente haciendo su vida (comprando algo de comida, recogiendo una tarta de cumpleaños, llevando a sus hijos a tomar un helado).

Sin embargo, tanto la elección de las víctimas como la brutalidad de un atentado en el que murieron 10 personas se pueden encontrar en la historia de la teoría. En el contexto estadounidense, tiene en la mira a un gran número de objetivos futuros, entre ellos la propia democracia.

El gran reemplazo es la última encarnación de una vieja idea: la creencia de que las élites están intentando destruir la raza blanca abrumándola con grupos no blancos y diluyéndola con la reproducción interracial, hasta que dejen de existir las personas blancas. En su núcleo, esta idea no tiene que ver con una única amenaza concreta, sean los inmigrantes o las personas de color, sino con la raza blanca que pretende proteger. Es importante ser cautelosos y no demasiado crédulos cuando leamos los textos de autores de atentados por motivos raciales, pero sí debemos reparar en un importante patrón: su obsesión con proteger las tasas de natalidad blancas.
Los activistas del poder blanco llevan décadas preocupándose por su estatus como mayoría. Creen que se avecina una crisis demográfica, y hablan del momento en el que su comunidad, su localidad o Estados Unidos dejen de ser mayoritariamente blancos. Este temor no se mitiga ni siquiera cuando decrece el ritmo del cambio demográfico.

Esta creencia transforma las cuestiones sociales en amenazas directas: la inmigración es un problema porque los inmigrantes se reproducirán a un ritmo mayor que la población blanca. El aborto es un problema porque se abortarán bebés blancos. Los derechos LGBTQ y el feminismo sacarán a las mujeres del hogar y descenderá la tasa de natalidad blanca. La integración, el matrimonio interracial e incluso la presencia de personas negras lejos de una comunidad blanca —al parecer, un asunto de especial interés en el ataque de Búfalo— se consideran una amenaza a la tasa de natalidad blanca, a través de la amenaza del mestizaje.
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En Estados Unidos, es evidente que esto nunca tiene que ver solo con la inmigración; cuando los atacantes armados escriben sobre los “reemplazadores”, fácilmente podrían estar refiriéndose a cualquier persona de color, tenga raíces estadounidenses o no. La teoría del reemplazo trata de la defensa violenta de la blanquitud.

La razón por la que a menudo pensamos en la teoría del reemplazo como una ideología específicamente contraria a la inmigración se debe a dos textos: Le Grand Remplacement, de Renaud Camus, y El desembarco, de Jean Raspail. Ambos han adquirido bastante predicamento en los círculos del poder blanco y la derecha militante en la última década. El desembarco, de 1973, es en esencia una precursora distópica y ficticia de Le Grand Remplacement, publicado en 2011 en francés, que sostiene que los blancos europeos están siendo reemplazados en sus países por los inmigrantes no blancos. Que El desembarco fuese recomendado por Stephen Miller, posteriormente arquitecto de las políticas migratorias más crueles del gobierno de Trump, revela que hay miembros del Partido Republicano que conocen esa teoría, si es que no la suscriben. Ambos se basan en el miedo a la inmigración no blanca —incluida la islámica— que llega a Europa, y que represente una gran amenaza de colapso cultural y extinción de la blanquitud.
El extremismo del poder blanco revela que en el núcleo de esta ideología no están las víctimas a las que ataca, sino aquello que intenta preservar, y el mecanismo que transfigura esta ideología en violencia racial. Lo que se imagina es que una conspiración de las élites —normalmente imaginadas a su vez como “globalistas” judíos— están trabajando para erradicar a propósito a la población blanca y la cultura blanca. Por eso el nacionalismo suele ser tan virulentamente antisemita, y por eso también se alimenta de la profunda desconfianza en los medios, la educación, la ciencia y otros árbitros del conocimiento.

En Estados Unidos, los antecedentes patrios de la teoría del reemplazo se remontan a mucho antes de Renaud Camus y Jean Raspail. Henry Ford, entre otros estadounidenses, promovieron “Los protocolos de los sabios de Sion”, que, mediante su relato completamente ficticio de una poderosa conspiración judía que dirigía los acontecimientos mundiales, ha influido en las teorías y creencias racistas desde que fue publicado por primera vez a principios del siglo XX.

Las preocupaciones por el cuerpo político y las amenazas a la composición racial de la nación inspiraron campañas eugenésicas, a los activistas contra la inmigración y a otros progresistas, incluido Theodore Roosevelt. Estas ideas han sido trenzadas con la defensa del medioambiente, y no solo lo hicieron los ecofascistas en el pasado reciente, sino también los ecologistas de finales del siglo XIX y principios del XX, a quienes les preocupaba la carga demográfica y se preguntaban cómo preservar la naturaleza para los blancos.

Cuando los neonazis, el Klan, los milicianos y los cabezas rapadas se unieron en las décadas de 1980 y 1990, les preocupaba el “Gobierno de Ocupación Sionista” o el “Nuevo Orden Mundial”. También aclararon que su nación no era Estados Unidos, sino un cuerpo político transnacional de personas blancas que necesitaban ser defendidas de estos enemigos conspirativos y de las amenazas raciales; defendidas mediante la violencia y la guerra racial. Esa corriente circula todavía por los escritos de aquellos que han sido relacionados con los atentados de Charleston, Christchurch, Oslo, El Paso, Pittsburgh y Búfalo.

Es imposible separar la teoría del reemplazo de sus consecuencias violentas, como nos han demostrado décadas de terrorismo a manos de sus adeptos. La popularización de la teoría del reemplazo, sea mediante el programa de Tucker Carlson o los anuncios de la campaña de Elise Stefanik, seguirá teniendo consecuencias catastróficas.

El objetivo a largo plazo de los activistas del poder blanco no se limita a aterrorizar e intimidar a los no blancos: como muestra El desembarco, estos activistas temen la llegada de una extinción apocalíptica si no toman las armas. Su equivalente estadounidense, Los diarios de Turner, imagina cómo sería instaurar un mundo dominado por los blancos mediante la guerra racial y el genocidio.

¿Cómo es posible que la gente no condene de inmediato una idea como esa?

Las reflexiones y las oraciones nunca son suficientes tras un tiroteo múltiple, pero incluso estos mensajes parecen escasear más de lo habitual. Wendy Rogers, senadora por el estado de Arizona e integrante de la milicia extralegal ultraderechista Oath Keepers, implicada en el asalto al Capitolio, dijo en internet que el tiroteo había sido una operación de bandera falsa perpetrada por un agente federal.
Es evidente que ya no se trata de una idea marginal. Décadas de violencia a manos de extremistas nos dicen que tales ideas conducirán a más violencia; la popularización de la idea significa que empezamos a quedarnos sin margen de acción.

Publicado en The New York Times