Por: Luis Orlando López Ramírez
Vivimos en un tiempo donde la palabra «político» muchas veces se asocia con desconfianza. Y no es casualidad. La corrupción de algunos actores políticos ha convertido lo público, que es de todos, en un negocio privado de unos pocos.
La corrupción no es solo robar dinero. Es mentir en campaña y olvidar después. Es usar un cargo para acomodar a familiares. Es cobrar coimas, inflar costos en obras, comprar con sobreprecio y decir que es por el bien del pueblo. Es, en el fondo, traicionar la confianza que la gente depositó en las urnas.
Frente a eso, existen principios básicos que nos enseñan desde niños en casa y en la escuela y que parecen olvidados en la mayoría de despachos de servidores públicos. Entre ellos tenemos:
La Honestidad: Es decir la verdad y actuar con transparencia. Un político honesto no necesita esconder contratos ni temerle a una auditoría. Muestra en qué gasta y por qué gasta. La honestidad genera algo que el dinero no puede comprar: credibilidad.
La Honradez: Es no tocar lo ajeno. Los bienes del Estado no son del alcalde, del gobernador, del diputado o del ministro. Son del pueblo. Cada escritorio, cada vehículo oficial, cada peso del presupuesto es un bien ajeno que debe ser respetado y cuidado como si fuera propio, porque en realidad, es más sagrado que lo propio.
El Respeto a los Bienes Ajenos: Cuando un político desvía fondos de salud o educación, no está robando al Estado abstracto. Le está robando la medicina a un enfermo, el desayuno a un niño y el camino a un campesino. El respeto a lo ajeno es entender que ese dinero tiene nombre y tiene necesidad.
¿Por qué nos afecta tanto? Porque la corrupción rompe el ejemplo. ¿Cómo le pedimos a un estudiante que practique estos principios o valores, que no copie en el examen, si ve que su autoridad roba a plena luz? ¿Cómo le pedimos que respete lo ajeno, si ve que los grandes se llevan todo y no pasa nada?
La lucha contra la corrupción no es tarea solo de fiscales y jueces. Empieza en el aula, en la casa y en la votación. Necesitamos ciudadanos que no aplaudan al corrupto porque «al menos hace obra», que no justifiquen el robo porque «todos roban». Un poco de corrupción, sigue siendo corrupción.
Recuperar la política no es soñar con políticos perfectos, sino exigir políticos normales, con los valores normales de cualquier vecino trabajador: que sea honesto, que sea honrado y que respete lo que no es suyo.
Sin esos tres principios, no hay desarrollo posible. Solo hay saqueo con discursos que ya nadie los cree.
