
Los moralistas que fundan sus teorías en la premisa de que la Criatura Escogida, el hombre, tiene un propósito supremo, socavan su propia, orgullosa estructura y a fin de cuentas pierden toda la riqueza contenida en sus enseñanzas. Esta pregunta del “porqué”, que eleva al hombre por sobre su sujeción al bruto deseo y ensancha el alcance de su Yo hasta incluir los campos, más vastos, de la responsabilidad comunal y pública -esta misma pregunta está intrínsecamente destinada a elevarlo más allá de los valores comunales y públicos- más allá de los cielos del designio moral; a extender sus dimensiones hasta el infinito y la eternidad.
Ciertos moralistas, sintiéndolo así, nos prohibirían dirigir la vista a la existencia. Dicen: “Es pecado inquirir sobre lo que está fuera de nuestro alcance, buscar el significado de las cosas. Hombre no atisbes. No sigas la ruta del conocimiento hasta el final. No traspases los límites que te fueron fijados. Allí, más allá de los límites, el bien y el mal pierden su significado, lo recto y lo erróneo pierden su fuerza, la ley queda despojada de autoridad. Sigue el camino medio. Transige, si no quieres condenarte.”
Pero ¿puede ese ser libre, el hombre, seguir tan lindo consejo? El conocimiento y la pregunta del “porqué” son las premisas de la moralidad, y deciden su destino, un destino de liberación final del dominio de las pasiones. Ya actualmente son debilitadas y acobardadas las pasiones por la moralidad; las premisas intelectuales de la moralidad las considerarán finalmente y, a la moralidad con ellas. De ahí que la moralidad no debería ligarse al concepto de propósito. Matando la pasión, mata finalmente el soporte en que está suspendida.
¿Quiere decir esto que la moralidad debería más bien ligarse al concepto de la verdad, debería definirse el bien como la fuerza primordial de la existencia (como lo querría la doctrina de Platón) y el mal como una aberración o falsificación del Ser y el Devenir?
“El estrellado cielo que está sobre mí y la ley moral que está en mí”, dice el famoso poema de Kant. Pero, ¿están el estrellado cielo que está sobre mí y la ley moral que está en mí bien ajustados en mi alma en sus dos aspectos posibles? La ley moral no puede tener fuente vital en nuestro ser si no olvidamos por un tiempo el cielo que nos cubre, si no nos cegamos adrede para el mundo grande y concentramos nuestra mirada en el pequeño mundo del hombre con sus propósitos finitos.
La moralidad puede reclamar nuestra fuerte devoción sólo si conseguimos olvidarnos de lo miserable y fútil de nuestra existencia, del desvanecimiento de la vida mientras la probamos, y de la decepción que acompaña la muerte. El reino de lo que debería ser no ejerce dominio si apartamos de nuestra vida el reino de lo que es, el cielo con sus estrellas, las leyes de la necesidad y la eternidad. La contemplación cósmica es siempre asesina de la conciencia moral, con sus principios del deber y el libre albedrío, sus funciones y placeres. La Ley moral sólo puede existir si el hombre mira la espalda de Dios, no su rostro.
Así, pues, la moralidad humana se salva del peligro de la contemplación cósmica y sus enormes dimensiones, haciendo bajar el cielo mismo a su pequeña esfera, cometiendo una falsificación en el Sello de Diosa, la verdad, y afirmando que la ley del macrocosmo depende de la ley del microcosmo: “De no ser por mi pacto, día y noche, no ordenaría Yo las leyes del cielo y la tierra”, dice un pasaje bíblico.
Ahora bien, el objetivo último de la Inteligencia Artificial, IA, lograr que una máquina tenga una inteligencia de tipo general similar a la humana, es uno de los objetivos más ambiciosos que se ha planteado la ciencia. Por su dificultad, es comparable a otros grandes objetivos científicos como explicar el origen de la vida, el origen del universo o conocer la estructura de la materia. A lo largo de los últimos siglos, este afán por construir máquinas inteligentes nos ha conducido a inventar modelos o metáforas del cerebro humano. Por ejemplo, en el siglo XVII, Descartes se preguntó si un complejo sistema mecánico compuesto de engranajes, poleas y tubos podría, en principio, emular el pensamiento. Dos siglos después, la metáfora fueron los sistemas telefónicos ya que parecía que sus conexiones se podían asimilar a una red neuronal. Actualmente el modelo dominante es el modelo computacional basado en el ordenador digital.
En una ponencia, con motivo de la recepción del prestigioso Premio Turing en 1975, Allen Newell y Herbert Simon (Newell y Simon, 1975) formularon la hipótesis del Sistema de Símbolos Físicos SSF según la cual “todo sistema de símbolos físicos posee los medios necesarios y suficientes para llevar a cabo acciones inteligentes”.
Por otra parte, dado que los seres humanos somos capaces de mostrar conductas inteligentes en el sentido general, entonces, de acuerdo con la hipótesis, nosotros somos también sistemas de símbolos físicos. Un SSF consiste en un conjunto de entidades denominadas símbolos que, mediante relaciones, pueden ser combinados formando estructuras más grandes -como los átomos que se combinan formando moléculas- y que pueden ser transformados aplicando un conjunto de procesos. Estos procesos pueden generar nuevos símbolos, crear y modificar relaciones entre símbolos, almacenar símbolos, comparar si dos símbolos son iguales o distintos, etc. Estos símbolos son físicos en tanto que tienen un sustrato físico-electrónico (en el caso de los ordenadores) o físico-biológico (en el caso de los seres humanos). Efectivamente, en el caso de los ordenadores, los símbolos se realizan mediante circuitos electrónicos digitales y en el caso de los seres humanos mediante redes de neuronas.
El diseño y realización de inteligencias artificiales que únicamente muestran comportamiento inteligente en un ámbito muy específico, está relacionado con lo que se conoce por IA débil en contraposición con la IA fuerte a la que, de hecho, se referían Newell y Simon y otros padres fundadores de la IA. Aunque estrictamente la hipótesis SSF se formuló en 1975, ya estaba implícita en las ideas de los pioneros de la IA en los años cincuenta e incluso en las ideas de Alan Turing en sus escritos pioneros (Turing, 1948, 1950) sobre máquinas inteligentes. Quien introdujo esta distinción entre IA débil y fuerte fue el filósofo John Searle en un artículo crítico con la IA publicado en 1980 (Searle, 1980) que provocó, y sigue provocando, mucha polémica.
La IA fuerte implicaría que un ordenador convenientemente diseñado no simula una mente, sino que es una mente y por consiguiente debería ser capaz de tener una inteligencia igual o incluso superior a la humana. Aquí, la creatividad humana, está arribando a una nueva realidad que tiene leyes propias y, sobre lo cual poderosos referentes del mundo tecnológico ya se han pronunciado en sentido de consecuencias inimaginables para la humanidad, de no haber una ley para su control.
El libre albedrío y la inteligencia, ponen a la humanidad ante un dilema existencial que está sujeta a la ley de IA, que proclama ser el nuevo horizonte de la tecnología y la vida, que suprime a Dios, a la esencia del Ser y del alma humana.


