La Exposur, históricamente considerada la vitrina más importante de Tarija para mostrar su producción, atraer inversiones y fortalecer el turismo, ha quedado suspendida por decisión de la Gobernación, bajo el argumento de la crisis financiera departamental y el contexto económico adverso que atraviesa Bolivia. La medida abre un debate necesario: ¿es esta una decisión prudente en tiempos de austeridad, o una renuncia que debilita aún más la economía regional?
Por un lado, la suspensión responde a una realidad innegable. Las arcas de la Gobernación atraviesan una situación crítica y el país entero experimenta un periodo de incertidumbre económica, con una caída en la disponibilidad de divisas, un encarecimiento del crédito y la contracción del consumo. Organizar un evento de la magnitud de la Exposur requiere una inversión considerable, que difícilmente puede justificarse cuando hay hospitales con carencias, carreteras inconclusas y programas sociales al borde del colapso. En este sentido, el argumento de la austeridad parece razonable: gastar millones en un evento cuando falta lo esencial en la gestión pública, sería un acto de irresponsabilidad.
Sin embargo, también es cierto que la Exposur no es solo una feria. Es un espacio de encuentro entre empresarios, productores, emprendedores y consumidores. Es una plataforma que posiciona a Tarija más allá de sus fronteras y que, en su mejor momento, se convirtió en un motor de dinamización económica. Renunciar a ella puede interpretarse como una señal de resignación en tiempos de crisis, una renuncia a buscar alternativas que generen movimiento económico, turismo y oportunidades de negocio.
El problema, entonces, no radica únicamente en la suspensión, sino en la falta de una propuesta alternativa. Si la Gobernación argumenta que no hay recursos para realizar la feria, debería presentar un plan para reemplazarla con iniciativas más austeras pero efectivas: ferias sectoriales de bajo costo, ruedas de negocios en alianza con la Cámara de Industria y Comercio, o eventos digitales que reduzcan gastos y amplíen la participación. Lo que no puede permitirse es la inacción, porque la crisis también exige creatividad y apertura.
La suspensión de la Exposur puede ser entendida como una decisión pragmática en un contexto económico adverso. Pero si queda simplemente en eso, en suspender y no proponer, será recordada como una renuncia al desarrollo y a la capacidad de reinventarse en tiempos difíciles.
