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El padre Alessandro… el hombre que cambió lágrimas por esperanza

En las calles de Tarija, entre el murmullo de la gente y el olor a pan recién horneado, hay un nombre que se repite hoy con tristeza: padre Alessandro Fiorina. El sacerdote italiano, que llegó a Bolivia hace décadas y dedicó más de veinte años a rescatar a personas hundidas en el alcohol y las drogas, ha partido. Y con él, se va una parte de la historia más humana de esta ciudad.

“Él no me juzgó, me dio la mano cuando todos me dieron la espalda”, recuerda Roberto, un hombre que hoy trabaja como carpintero gracias al hogar La Colmena de Santa Rita, la obra que Alessandro fundó en la comunidad de San Mateo. Allí, con paciencia y disciplina, enseñaba que la vida en comunidad era el primer paso para sanar. No se trataba solo de dejar la adicción, sino de aprender a cocinar, amasar pan, reparar una silla o soldar una reja… porque para él, la dignidad también se recuperaba con trabajo.

Los que lo conocieron saben que su misión iba más allá de las paredes de La Colmena. Alessandro caminaba por los rincones más duros de la ciudad, buscaba a “los invisibles” y les ofrecía un plato caliente o una manta. En Navidad, se ponía el traje rojo de Papá Noel y salía a repartir comida y sonrisas a quienes ni siquiera tenían una mesa para sentarse a cenar.

Era terco para ayudar. “No aceptaba un no por respuesta cuando pedía colaboración para los chicos del hogar”, cuenta María, voluntaria desde hace 15 años. “Decía que si no tocábamos puertas, ellos seguirían encerrados en un infierno del que no podían salir solos”.

Su acento italiano nunca se le fue, pero su corazón se volvió tarijeño. Se reía fuerte, abrazaba con fuerza, y cuando regañaba, lo hacía como un padre que sabe que a veces la firmeza también salva.

La noticia de su fallecimiento corrió rápido y golpeó hondo. Vecinos, feligreses y, sobre todo, aquellos que alguna vez fueron rescatados por él, han llegado hasta La Colmena con flores y lágrimas. En las paredes del hogar se sienten todavía sus pasos, su voz llamando por nombre a cada residente, su mirada que decía sin palabras: “tú puedes”.

En una pequeña libreta que siempre llevaba en el bolsillo, anotaba nombres y pequeñas historias: quién necesitaba medicinas, quién buscaba trabajo, quién quería reencontrarse con su familia. Esa libreta quedó en su escritorio.

El padre Alessandro se fue, pero dejó en Tarija un legado que no se mide en años ni en ladrillos, sino en vidas recuperadas y familias reunidas. La Colmena seguirá en pie, pero para quienes lo conocieron, será imposible no imaginarlo entrando por la puerta con una bolsa de pan y esa sonrisa que hacía creer que todo, incluso lo imposible, podía cambiar.

Hoy, Tarija lo despide como a un hijo propio. Y en el eco de sus pasos, la ciudad recuerda que hay personas que no vienen al mundo para acumular, sino para entregarse por completo. El padre Alessandro Fiorina fue uno de ellos.

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