Por: Luis Orlando López Ramírez
Se dice que los jóvenes de hoy ya no tienen valores. Que no respetan, que no saludan, que no agradecen, es fácil culpar a los jóvenes, lo difícil es mirarnos como padres.
Los valores no se perdieron en la calle, se perdieron en nuestras casas. Antes, los valores no se explicaban, se vivían. El respeto se aprendía viendo cómo papá trataba a mamá. La honradez se aprendía viendo cómo mamá devolvía el cambio demás. La responsabilidad se aprendía, porque si no hacías tu tarea, había consecuencias. No había mucho discurso, había ejemplo.
Hoy, ¿qué ejemplo estamos dando? Vivimos apurados. Llegamos cansados del trabajo, y el poco tiempo que tenemos se lo damos al celular, no a nuestros hijos. Les exigimos que no mientan, pero nosotros les decimos «dile que no estoy». Les pedimos que respeten a sus profesores, pero nosotros hablamos mal de ellos delante de ellos. Les pedimos que no sean materialistas, pero medimos el éxito por la ropa o el celular que tienen.
La familia actual no es peor que la de antes, es diferente y está más presionada. El problema no es que los padres no quieran educar con valores. El problema es que creemos que los valores se enseñan con una charla de cinco minutos, y no con una práctica de todos los días. Nos hemos confundido, creemos que poner límites es ser malo. Que decir «no» es traumar y por no querer que nuestros hijos sufran lo que nosotros sufrimos, les estamos quitando lo más importante que nosotros sí tuvimos: el aprender a esperar, a esforzarse y a respetar lo ajeno.
Una familia sin valores es una casa sin cimientos, por fuera puede verse bonita, pero a la primera tormenta, se cae.
No necesitamos cursos caros ni psicólogos todos los días. Necesitamos volver a lo simple y que funciona: Comer juntos sin celulares, cumplir la palabra que damos, pedir perdón cuando nos equivocamos. Enseñar que las cosas se ganan trabajando y que lo ajeno, sea del vecino o del Estado, se respeta.
Si queremos una sociedad más honesta, no esperemos a que cambien los demas, cambiemos nosotros primero en nuestra casa. Porque un niño que aprende honestidad, honradez y respeto en su casa, va demostrarlo en todo momento de su vida.
Los valores no se han ido, están esperando que los volvamos a practicar y el lugar para empezar, sigue siendo la familia.
