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¿DÓNDE QUEDÓ EL CENTRO DE GOBIERNO?










Bolivia necesita pasar de administrar el Estado a conducirlo con resultados

Walter Chavarría Rivera *

En Bolivia hablamos con frecuencia de reformar el Estado. Hablamos de reducir la burocracia, digitalizar los trámites, mejorar el uso de los recursos públicos y exigir resultados a quienes tienen la responsabilidad de gobernar. Sin embargo, entre el discurso de la modernización y la capacidad efectiva para conducir el aparato estatal existe todavía una brecha considerable.

Por eso considero oportuno volver la mirada hacia una iniciativa que merece ser discutida con mayor profundidad: el proyecto del Centro de Gobierno (CENGOB). Su concepción recoge una tendencia de la gestión pública contemporánea que varios países han utilizado para fortalecer la coordinación del Ejecutivo y, sobre todo, para convertir las prioridades gubernamentales en resultados verificables.

Un Centro de Gobierno no debería entenderse como una nueva oficina burocrática ni como otro nivel de mando dentro del Ejecutivo. Su razón de ser es distinta: constituir una instancia de coordinación estratégica capaz de ayudar al Gobierno a definir prioridades, traducirlas en metas, hacer seguimiento de su cumplimiento y promover correcciones cuando los resultados no aparecen. En la experiencia internacional, una de las expresiones más conocidas de este enfoque son las llamadas Delivery Units o Unidades de Cumplimiento.

La diferencia es importante. Una administración pública puede producir numerosos informes, resoluciones, reunions, «cumbres» y procedimientos y, aun así, no conseguir los resultados que espera la ciudadanía. Una gestión pública moderna debe preguntarse permanentemente: ¿qué problema queremos resolver?, ¿cuál es la meta?, ¿cómo mediremos el avance?, ¿quién es responsable? y ¿qué debemos hacer cuando los indicadores muestran que estamos fallando?

Esta forma de pensar la gestión pública no nació con los dashboards. Antes de la actual revolución digital ya existían instrumentos como el Cuadro de Mando Integral, que ayudaron a las organizaciones a vincular estrategia, objetivos, indicadores y metas. Hoy, las tecnologías de información permiten llevar ese principio mucho más lejos mediante tableros de control que muestran, de manera rápida y comprensible, el avance de las prioridades gubernamentales.

La relación es sencilla: el Cuadro de Mando Integral aporta una lógica de gestión estratégica; el dashboard permite visualizar y monitorear los indicadores. Por tanto, no se trata de llenar una pantalla de gráficos. Lo importante es construir primero objetivos claros, indicadores pertinentes, metas verificables y responsables definidos. La tecnología viene después para facilitar el seguimiento y la toma de decisiones.

Desde esa perspectiva, el CENGOB plantea tres componentes particularmente relevantes para Bolivia.

El primero es la transformación digital y la interoperabilidad. La denominada estrategia «Tranca Cero» parte de una premisa sencilla pero poderosa: el ciudadano no debería recorrer múltiples oficinas públicas para que el Estado intercambie información que ya posee. La despapelización, la interoperabilidad de los sistemas y la automatización de trámites pueden reducir tiempos, costos y espacios de discrecionalidad. Digitalizar no significa simplemente convertir un formulario de papel en uno electrónico; significa rediseñar el proceso para hacerlo más simple, integrado y centrado en el ciudadano.

El segundo componente es la reingeniería del aparato estatal. La discusión sobre el número de ministerios, la duplicación de competencias y la situación de las empresas públicas no debería reducirse a una cuestión de cantidad. El verdadero debate es institucional: ¿qué estructuras necesita el Estado para cumplir sus funciones con eficacia y sostenibilidad? Una reducción del gabinete puede ser positiva si responde a una arquitectura funcional del Ejecutivo; pero puede ser contraproducente si se limita a una decisión política sin rediseñar procesos, competencias, presupuesto y responsabilidades.

Lo mismo ocurre con las empresas públicas. Auditar, evaluar y eventualmente liquidar aquellas que presentan déficits crónicos no debería convertirse en una consigna ideológica. Debe ser el resultado de evaluaciones técnicas sobre su función económica y social, sostenibilidad financiera, eficiencia, impacto y necesidad estratégica. La gestión pública moderna no pregunta únicamente si una empresa pertenece al Estado, sino si está cumpliendo eficazmente el propósito público para el cual existe.

El tercer componente, quizá el más importante, es la gestión basada en evidencia. Los indicadores clave de desempeño y los tableros de control permiten que la conducción política tenga información oportuna para decidir. Un ministro no debería ser evaluado solamente por la cantidad de normas que produce su cartera o por la actividad administrativa de su despacho, sino también por el avance de los resultados que tiene bajo su responsabilidad.

Pero aquí conviene hacer una precisión: un Tablero de Control no gobierna. Tampoco un Cuadro de Mando Integral. Ambos son instrumentos. La verdadera capacidad de gobierno aparece cuando la información se convierte en decisión, cuando un retraso tiene un responsable, cuando un obstáculo institucional se remueve y cuando una política que no produce resultados puede ser corregida.

En ese sentido, el eventual apoyo técnico y financiero de organismos como el Banco Interamericano de Desarrollo puede ser valioso, siempre que las herramientas respondan a prioridades nacionales y no se conviertan en un sistema externo de administración del Estado. La cooperación internacional puede aportar metodología, tecnología y experiencia comparada; la conducción política, sin embargo, debe permanecer en manos de las instituciones bolivianas.

Lo que llama la atención, entonces, es el silencio que parece haber rodeado esta iniciativa después de la salida del exministro de la Presidencia José Luis Lupo. Si el CENGOB fue concebido como una pieza estratégica para modernizar la conducción del Ejecutivo, cabe formular una pregunta legítima: ¿qué ocurrió con el proyecto? ¿Fue suspendido, reformulado, absorbido por otra estructura o simplemente dejó de ser una prioridad?

No se trata de defender una propuesta por el solo hecho de haber sido presentada por una autoridad determinada. Tampoco de suponer que un Centro de Gobierno resolverá por sí mismo los problemas estructurales de la administración pública boliviana. La pregunta correcta es si el país necesita una capacidad institucional permanente para coordinar prioridades, impulsar la transformación digital, hacer seguimiento de resultados y exigir responsabilidad por el cumplimiento de las políticas públicas. Mi respuesta es sí.

Bolivia enfrenta una coyuntura que exige algo más que cambios administrativos aislados. La situación fiscal, la necesidad de recuperar la confianza, la presión sobre los servicios públicos, la transformación tecnológica y las demandas ciudadanas obligan a construir un Estado más inteligente, coordinado y eficaz.

El desafío no consiste simplemente en «reducir el Estado». Consiste en lograr que el Estado haga mejor aquello que debe hacer. Eso requiere capacidad de dirección, información oportuna, coordinación interministerial, evaluación de resultados y una cultura institucional que premie el cumplimiento antes que la burocracia del trámite.

Desde las aulas de Administración y Gestión Pública también tenemos una responsabilidad en este debate. Formar buenos gestores públicos no significa enseñar únicamente procedimientos administrativos. Significa formar profesionales capaces de pensar estratégicamente, interpretar evidencia, gestionar recursos escasos, coordinar instituciones y responder por resultados.

El Centro de Gobierno, con las correcciones, controles y salvaguardas que sean necesarios, merece por ello volver a la agenda pública. No como una estructura más del Estado, sino como una posible herramienta para cambiar la lógica con la que se gobierna: de la administración rutinaria al cumplimiento de objetivos; de los papeles a los datos; de las promesas a los indicadores; y de la dispersión institucional a la coordinación estratégica.

Tal vez la pregunta más importante no sea dónde quedó el CENGOB. La pregunta es otra: ¿puede Bolivia darse el lujo de seguir gobernando sin una verdadera capacidad institucional de conducción y seguimiento de resultados?

*Docente de la Carrera de Administración y Gestión Pública – FCE, UAJMS



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